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Madrid.- Tras declarar durante seis horas en el juzgado frente al retrato vigilante de su padre, el Rey, la infanta Cristina voló a Madrid y fue directa a La Zarzuela para examinarse frente a frente ante el Monarca. En el vuelo a la capital, donde viajaba una periodista de Telecinco con cámara oculta, conservaba la sonrisa con la que se había vestido para acudir a declarar como imputada. Doña Cristina cenó con los Reyes, quienes durante toda la jornada, como los Príncipes, habían estado muy pendientes de su cita con el juez. Durmió en palacio y ayer por la mañana regresó a Ginebra para reencontrarse con su marido y sus cuatro hijos.

Esa cena en La Zarzuela habla de un un punto de inflexión entre la Infanta, la familia real y la Corona. A doña Cristina le costó entenderlo. Durante meses, al igual que su marido, ha vivido las imputaciones —las suyas y las de Iñaki Urdangarin— y la investigación del juez José Castro casi como una conspiración, según fuentes de su entorno. La Infanta no parecía consciente de la gravedad de la situación y sobre todo, del daño que el caso Nóos estaba haciendo a la Corona, que ya tenía sus propios problemas: la cacería de Botsuana, las entradas y salidas del quirófano del Rey…

Esa actitud explica torpezas como imponer la presencia de su marido en la habitación en la que estaba ingresado el jefe del Estado o insistir en presentarse en el hospital acompañada del imputado Carlos García Revenga, su secretario. Gestos como aquellos, o el de la Reina, que antepuso su condición de madre al dejarse fotografiar en Washington en apoyo de su hija y su yerno cuando estalló el escándalo, provocaron una permanente tensión entre la institución y la familia y el distanciamento total de los Príncipes, que no estaban dispuestos a dejarse arrastrar, como doña Cristina, por Urdangarin.

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