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AGENCIA

EEUU.- El presidente Donald Trump sorprendió al anunciar un giro en su política comercial: Imponer aranceles de hasta 200 por ciento (%) a los medicamentos importados a Estados Unidos (EU), un sector que hasta ahora había permanecido fuera de la guerra comercial. La medida busca incentivar la producción nacional y traer de vuelta empleos y fábricas al país, pero podría tener un impacto directo en la vida de los pacientes.

Los analistas advierten que los medicamentos genéricos, que representan el 92% de las recetas en EU, serían los más afectados. Se estima que los precios podrían subir entre 10% y 14%, encareciendo tratamientos vitales y poniendo en riesgo la disponibilidad de fármacos esenciales, como antibióticos, antivirales y tratamientos oncológicos.

El plan de Trump se sustenta en la experiencia de la pandemia de Covid-19, que evidenció la dependencia de China e India para la producción de medicamentos críticos, un riesgo considerado por el gobierno como amenaza a la seguridad nacional. Bajo la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial, el expresidente tiene autoridad para imponer aranceles por motivos de seguridad nacional, situando a la industria farmacéutica en el centro de la discusión política.

En respuesta, grandes farmacéuticas planean inversiones millonarias en EU: Roche destinará 50 mil millones de dólares y Johnson & Johnson prevé 55 mil millones en cuatro años. Sin embargo, expertos señalan que la construcción de fábricas lleva años y que gran parte de los ingredientes activos -el 97% de los antibióticos, 92% de los antivirales y 83% de los genéricos- seguirán dependiendo de proveedores extranjeros.

El riesgo más inmediato recae sobre los fabricantes de genéricos, que operan con márgenes reducidos y podrían abandonar el mercado estadounidense antes que asumir los nuevos costos. Esto generaría escasez de medicamentos económicos, afectando a millones de pacientes y provocando posibles crisis sanitarias.

El dilema que enfrenta Estados Unidos es cuánto está dispuesto a pagar para recuperar la producción nacional. Fabricar todo en el país garantizaría independencia y seguridad, pero encarecería el sistema de salud. Como señala la analista Marta Wosińska: “Hemos deslocalizado para tener medicamentos económicos. Si queremos revertirlo, debemos rediseñar el sistema completo. ¿Hasta dónde llegaremos?”.

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