El refrigerador de una oficina de un órgano autónomo, de esos a los que el gobierno federal quiere cortarles recursos por los dispendios que les caracterizan, estaba repleto de filetes, costillas, T-Bone, kilos y kilos de queso, pescado, chongos zamoranos, verduras. Aquello parecía un restaurante de postín y no la oficina de la Comisión de Derechos Humanos.
Dicha oficina fue tomada por grupos de inconformes que apoyaban el reclamo de Marcela Alemán, cuya hija fue violada en 2017 en San Luis Potosí, y quien alega que no ha tenido justicia. La mujer acudió hace cuatro días a la oficina de la CNDH y consideró insuficiente la atención que recibió de parte de Rosario Piedra, la titular de la CNDH, y de otros funcionarios de esa dependencia quienes, según su versión, la mandaron de regreso a Matehuala. En respuesta, la señora Alemán amarró sus pies a una de las sillas del salón de juntas y advirtió que se desataría hasta que tuviera una satisfacción de su reclamo.
Grupos feministas, anarquistas y antigobiernistas simpatizaron con la causa de doña Marcela y tomaron el edificio de la CNDH. En su incursión y con enojo, destrozaron muebles, papelería y documentos oficiales. Y dieron con la cocina y el refrigerador. Encontraron los ingredientes de un banquete y hasta un procesador de alimentos por si había que hacer puré.
La insensibilidad y carencia de oficio de los nuevos funcionarios de la CNDH enervaron a una mujer que acudía quizás atraída por el discurso de privilegio a los desposeídos que tan en boga está en el país. Los burócratas de la CNDH, arrepentidos, podrían pensar ahora que si hubieran atendido adecuadamente a la señora Alemán nadie se hubiera enterado de la gran vida que se dan allá adentro. Sensibles pero tragones, qué más da. En realidad han terminado de degradar al organismo.
Sería injusto achacarle a la señora Piedra haber convertido a la CNDH en una oficina inservible. Ya llevaba rato en esa situación. Era plataforma de un grupo político-académico que, con notables excepciones, la transfirió a distintas manos durante cinco sexenios y su peso en la reivindicación y defensa de los derechos humanos era cada vez menor. En un país donde la narcoviolencia y la estrategia armada para combatirla han llevado a las peores violaciones humanitarias, el papel de la CNDH era triste y deplorable.
Convertido ahora en la despensa de los exigentes (y no colonizados) paladares del radical chic de la 4T, y en una ventanilla inútil para los ciudadanos, la CNDH claramente no tiene ninguna razón de ser.
Los grupos que han tomado el local del Centro Histórico han declarado su expropiación para sus causas y difícilmente saldrán de ahí. La señora Alemán sigue sin su problema resuelto y la señora Piedra debiera estar redactando su renuncia.
Es imprescindible que el Senado que tanto empeño puso en imponer a la señora Piedra, intervenga para reparar su error. No solo por el indebido nombramiento pues ella no reunía los requisitos de imparcialidad para encabezar dicha Comisión sino porque fue incapaz de hacer una evaluación crítica del funcionamiento de la CNDH.
Como está ahora, es una entidad completamente inútil. Desaparecerla abonará en un ahorro deseado para las finanzas públicas, aunque probablemente afecte a los intereses de los supermercados de la zona que se veían beneficiados con las jugosas compras de esa oficina.
El Senado debe promover la desaparición de la CNDH y de paso estimular una auditoría y si hay desfalcos que los sancione porque sería vergonzoso que el escaso presupuesto que se le otorga se vaya en carbón y filetes para las asadas.
De la casa que se olviden. Que la donen para que se convierta en un auténtico refugio de mujeres maltratadas y perseguidas, administrada por ellas mismas. Que no se preocupen, difícilmente pedirán T-Bone o filete. Lo que quieren es justicia y eso no lo venden en la carnicería de la 4T.