Por Andrés Timoteo / columnista

ADIÓS A LA FERRAL 

Se fue María Elena Ferral, no sobrevivió al atentado del lunes. Es la segunda periodista caída en el sexenio cuitlahuista y seguramente su crimen quedará impune como el de los otros colegas veracruzanos asesinados en los últimos diez años. El caso de la compañera papanteca se atenderá únicamente si le sirve a los que hoy ostentan el poder para sus venganzas partidistas como el caso del compañero Celestino Ruiz Vázquez en Actopan.

 A María Elena la conocí en 1999 -con la disculpa por narrar en primera persona- durante las inundaciones en el norte de Veracruz pues coincidimos en un grupo de reporteros que estableció en Papantla una especie de ‘bunker’ para reportear la tragedia en la sierra del Totonacapan. Con parafernalia le decían “La Ferral” porque si bien era de talla menuda su arrojo la hacía imponerse sobre los demás. Ferral, entendíamos, venía de fierro, de dureza. Desde entonces ya era corresponsal del “Diario de Jalapa” y reporteaba la serranía de arriba abajo sin amilanarse.

 Nunca fue una periodista blandengue ni mucho menos. No le sacaba a nada, a quienes la hostigaban y amenazaban los enfrentaba y evidenciaba. Desafortunadamente La Ferral no era de fierro y sucumbió cuando alguien envió sicarios para acabar con su vida, aunque no sin pelear. Luchadora, como era, resistió por varias horas en el hospital donde la internaron inicialmente y luego en un traslado terrestre a otro nosocomio Murió la noche del lunes.

 No sé si sea un privilegio concedido, pero María Elena no falleció en la calle, tirada en el suelo para que fuera ‘pasto’ de las inevitables fotografías de prensa. Falleció asistida por médicos y con su familia al pendiente. Habrá que agradecer -a eso hemos llegado- que no la ‘desaparecieron’ ni mutilaron su cuerpo, aunque sea un consuelo diminuto. La compañera se suma a la lista negra de Veracruz, tierra mortífera para los periodistas.

 Periodistas de la zona norte y del puerto de Veracruz desafiaron la pandemia del Coronavirus para manifestarse exigiendo justicia para la colega. Era necesario, lo mínimo: hablar por ella que ya no puede hacerlo. Gracias por ser solidarios. Un adiós afectuoso a La Ferral quien ya está lejos de la maldad, gozando de lo divino.

DÍA 19: LA VERGÜENZA MÉDICA

 No hay plazo que no se cumpla, aún a destiempo por las ineptitudes e indolencias oficiales. En México ya fue declarada la emergencia sanitaria por el Coronavirus. Los funcionarios lo hicieron casi a regañadientes y con un opositor magnífico: el propio presidente Andrés Manuel López Obrador quien desobedece las medidas y pone el mal ejemplo. No guarda distancias, no omite saludos de contacto físico, no se resguarda, no se desinfecta, no suspende eventos tumultuarios y bromea con la epidemia.  

 Pero ya llegaron los tiempos y ahora se verán las consecuencias de lo que no se hizo con antelación. La curva de infectados y fallecidos va en ascenso exponencial, se calcula que cada 72 horas se dupliquen las cifra y que en un par de semanas el sistema hospitalario comience a colapsar con todos esos que bromeaban en días anteriores y que se convertirán en pacientes. El panorama es negro, pero habrá que enfrentarlo.

 Y no solo el tabasqueño López Obrador fue propiciador de las secuelas negativas que se avecinan sino también el propio vocero de la emergencia y subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell quien durante semanas ignoró las advertencias mundiales y se asumió como un negacionista de las experiencias en otros países que ya padecían los estragos de la pandemia. Alargó el tiempo y minimizó el riesgo para acomodarse al discurso de López Obrador.

 Lo más execrable fueron sus expresiones serviles, contrarías a la ciencia, cuando le preguntaron sobre el riesgo epidémico porque el mandatario no suspendía ni los besos ni los abrazos ni las concentraciones masivas de gente: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”, respondió ignorando adrede lo científico y ético. Después,  cuando lo cuestionaron si se aplicaría el examen clínico a López Obrador para detectar el Covid-19, el subsecretario lo rechazó porque “no presenta síntomas”.

Esto a pesar de que la eficacia para atender a tiempo la enfermedad y detener la cadena de contagio es exactamente lo contrario, aplicar test al por mayor y sobre todo si se trata de alguien que tuvo contacto con personas infectadas, que ha estado en medio de multitudes y ¡porque es el jefe de Estado! Por nada varió su discurso irresponsable.

 Más grave es que la Secretaría de Salud ordenó a todo que no se reportaran muertes por el Coronavirus, sino que se clasificaran como “neumonías atípicas” en un afán de maquillar estadística. Cualquier médico con ética se hubiera opuesto a eso y lo hubiera denunciado públicamente. López-Gatell guardó silencio. Cuando ya fue inevitable seguir mintiendo y minimizando, un dramático López Gatell salió a la prensa a decretar la emergencia.  En su alocución del lunes pidió, lloriqueando, que la gente se quedara en casa porque “es la última oportunidad para contener la pandemia”. Vaya tipo. López-Gatell es una vergüenza para la comunidad médica y científica, un despropósito en medio de la tragedia que se cierne sobre el país, y un desastre como servidor público. Ya lo dijo alguien: México está en el peor momento y en las peores manos.

EL SÚPER-CONTAGIADOR

Se lo preguntaron al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, durante el decreto de emergencia y la respuesta fue que se castigaría incluso con prisión a quien arriesgue la vida de otras personas exponiéndolas al contagio del Covid-19 por obligarlos a ir a trabajar o estar en lugares donde haya multitudes. Entonces, que se preparen las denuncias penales contra el delegado del Bienestar, Manuel Huerta Ladrón de Guevara.

A pesar de la pandemia, el funcionario está empecinado en reunir a cientos de adultos mayores para entregarles las ayudas federales. No quiere suspender la clientela electoral pese a que esas reuniones significan un contagio casi seguro y con riesgo inminente de para los ancianos por ser el sector poblacional que más devasta esa gripe. ¿Cuántos abuelos morirán por su culpa? .