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Amar la Tierra

Superiberia

Por Catón  / columnista

Pepito le preguntó a su tía, que llevaba tres años de casada: “¿Por qué no has tenido hijos?”. Respondió ella: “Porque no me han llegado de París, ni me los ha traído la cigüeña, ni los he hallado en una col”. Pepito bajó la voz: “Si me das 100 pesos te diré otro método más efectivo para tenerlos”… Doña Macalota se puso un vestido de ésos que por arriba se ve hasta abajo y por abajo se ve hasta arriba. Le preguntó a don Chinguetas, su marido: “¿Se me ve el fondo?”. “Sí –contestó él–. De todo”…

Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Cierto día hizo acto de presencia en su domicilio en horas de la madrugada después de haberse pasado toda la noche en una ramería, burdel o lupanar. Llevaba marcas de lápiz labial no sólo en el cuello de la camisa sino también en los cachetes y hasta en los dientes incisivos. Con la mayor desfachatez el tal Capronio le ordenó a su esposa: “Hazme unos chilaquiles bien picosos”.

El cinismo de su consorte sacó de quicio a la señora. Le contestó, furiosa: “¡Que te los hagan esas viejas con las que estuviste anoche!”. “Calla, mujer –le impuso silencio Capronio con mayestático ademán–. Ésas a las que sin respeto llamas ‘viejas’ no son cocineras: son artistas”…

Permítanme mis cuatro lectores evocar un recuerdo de mi vida. Tres meses de nacido tenía mi primer hijo cuando una noche lo saqué de la cuna donde dormía y, con él en los brazos, me puse frente al televisor. En ese momento la pantalla mostraba el mágico momento en que Neil Armstrong ponía pie en la Luna, y quise que mi hijo estuviera presente de ese modo en el histórico acontecimiento. Ahora se cumplen 50 años de eso.

El fin de la llamada Guerra Fría clausuró aquella épica época, la de la carrera del espacio. Permanece aún en el hombre; sin embargo, el ansia de conocer el universo, del cual nuestro planeta es sólo una parte infinitesimal. Las naves espaciales rompieron la delgadísima capa de la atmósfera, escafandra que nos permite respirar; salvador filtro que nos protege del enemigo-amigo Sol; precaria vestidura contra la cual atentamos cada día sin pensar que sólo gracias a ella podemos vivir en la infinita soledad del cosmos.

Los astronautas sintieron una emoción reverencial al ver a la Tierra desde lo alto como una esfera azul que mostraba sus mares, sus desiertos y sus selvas, sus casquetes polares y sus ríos, pero en la cual no se veían fronteras, ni un color diferente para cada País. En el medio siglo transcurrido desde la hazaña lunar no hemos aprendido a amar y proteger a nuestra común morada. Consideramos eterna su existencia, siendo que nuestro planeta es tan pequeño como un grano de polvo y tan frágil como la más débil criatura que lo habita. Somos pésimos inquilinos de esta casa. La estamos destruyendo tanto por ignorancia como por ambición.

Rememoremos hoy el prodigio sucedido el 20 de julio de 1969 y, al ver lo mismo una brizna de hierba que una estrella, aprendamos a respetar y a amar la Tierra, esta maravilla en que vivimos en esta infinitud donde –hasta donde sabemos– no vive nadie más… Astatrasio Garrajarra y Empédocles Etílez, briagos de profesión, se corrían su enésima parranda. Declaró Garrajarra, preocupado: “Ahora que llegue a la casa, mi mujer me va a mostrar el reloj”. “Eres afortunado –suspiró Empédocles–. A mí me va a mostrar el calendario”… Noche de bodas. El recién casado dejó caer la bata de popelina verde que su mamá le había confeccionado para la ocasión y se mostró por primera vez al natural ante su mujercita. Ella lo vio y exclamó alegremente: “¡Mira! ¡Ahora ya no sentiré vergüenza por tener las bubis tan pequeñas!”… FIN.

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