Por Andrés Timoteo  /  columnista

Hasta ayer se tenía un saldo de 124 personas fallecidas a causa de la explosión en un ducto de Petróleos Mexicanos (Pemex) en el poblado Tlahuelilpan, Hidalgo, ocurrida el 18 de enero. Era gente que se había acercado a la fuga de gasolina, provocada por la perforación ilegal del tubo, para llenar bidones y vender el combustible. De esa cifra, 68 murieron quemados en el lugar, algunos incinerados hasta el desmembramiento de sus cuerpos.

 Las otras 56 personas fallecieron después en hospitales. Desafortunadamente el conteo fúnebre no termina aún pues hay otras 26 personas que convalecen por quemaduras graves y entonces el saldo mortal podría elevarse. La historia de las tragedias -y masacres- en México, han enseñado que las víctimas son, en la mayoría de los casos, gente pobre.

 Es cierto, los que acudieron a beneficiarse del ‘huachicoleo’ de ese ducto roto no lo hicieron por hambre sino por avaricia, pero eso no les resta la condición de habitantes de un lugar marginal, que pertenecían a un estrato social desprotegido. En pocas palabras, fueron pocos los verdaderos capos y operadores del ‘huachicol’ los que se quemaron en Tlahuelilpan y el pueblo llano terminó poniendo a las víctimas.

 Lo sucedido ese 18 de enero es digno de una crónica literaria, reúne todas las condiciones para un cuento de ficción o más bien del “realismo mágico” como el que plasmó el colombiano Gabriel García Márquez en su obra. La gente jugaba alrededor del chorro de gasolina, se bañaba con el combustible como si se tratara de una fuente en verano. Todos reían, parecían narcotizados por los vapores del hidrocarburo, contaron en sus crónicas los reporteros presentes.

 Y de pronto el infierno: se incendió el chorro de gasolina y todos se quemaron. De los juegos y las risas se pasó en un santiamén a los gritos y los cuerpos incendiados corriendo de lugar, claro los que pudieron hacerlo. Ahora el rosario de decesos va creciendo, cuenta tras cuenta, enlutando hogares a puñados. Lo peor es que la dolorosa enseñanza no queda grabada por mucho tiempo en el imaginario colectivo ni se aprende la advertencia. La perforación de ductos y el robo de combustible no se ha detenido, ni se detendrá, no al menos a mediano plazo.

Lo anterior porque el ‘huachicol’ tiene tres patas que son la corrupción de autoridades y sindicatos, el crimen organizado que lo ha convertido en una fuente de ingresos tan redituable como la venta de estupefacientes y el relajamiento de los valores morales en la sociedad pues para muchos robar ya no causa pena ni hay preocupación por desafiar la muerte a cambio de allegarse dinero extra.