• Por CATÓN / columnista

Llegó un sujeto al Bar Ahúnda y ocupó un asiento de la barra. En seguida sacó una cajita como de cerillos, la abrió y extrajo de ella a un hombrecillo diminuto que no alcanzaba ni siquiera el tamaño de su pulgar. El tipo le pidió al cantinero: “Me das un tequila doble, y a mi amigo unas gotitas de mezcal”. El de la taberna no pudo contener su asombro. Le dijo al individuo: “Jamás había visto un hombrecito tan pequeño. ¿Habla?”. “Claro que habla –replicó el tipo-. A ver, Meñiquito: cuéntale al señor de la vez que le mentaste la madre al brujo”… En una fiesta el ranchero texano le presumió a uno de los invitados: “Soy dueño de una hacienda ganadera de 100 mil hectáreas. Se llama King Ranch. Tú ¿cuántas hectáreas tienes?”. Contestó el otro: “Cien”. “¿Cien nada más? –se burló el ranchero-. Y ¿cómo se llama tu propiedad?”. Respondió el educado señor: “La última vez que la visité le decían el centro comercial de Houston”… Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Cierto día su suegra le preguntó: “Dime, yerno: ¿cuántos años me calculas?”. “Tendrá que disculparme, suegrita –respondió el majadero-. No traje mi calculadora”… El abuelo entró en el cuarto de sus nietos, gemelos de 10 años, y vio que uno de los dos tenía en las manos un libro de aviación. Le preguntó: “¿Qué quieres ser cuando estés grande?”. “Piloto de jet” –respondió el chamaco. El otro estaba leyendo –viendo, más bien- una revista con muchachas  ligerísimas de ropa. Le preguntó: “Y tú, ¿qué quieres ser?”. “Después lo pensaré, abuelo –respondió el muchachillo-. Por ahora lo único que quiero es crecer”… Este año fue muy malo. Pero si podemos decir “Este año fue muy malo” –o sea si estamos con vida- eso quiere decir que entonces no fue absolutamente malo. Dice una sabia sentencia popular: “Mientras hay vida hay esperanza”. Hemos pasado días de sombra. Para los que perdieron por la pandemia un ser querido esos días fueron de dolor. Tendrán unos el consuelo de su fe, otros el de sus filosofías, pero para todos vendrá el paso del tiempo. Dos cosas sabe hacer bien ese señor: transcurrir y aliviar penas. No traerá el olvido –lo que se amó jamás se olvida-, pero con él, con el tiempo, vendrá la paz del alma. El recuerdo será entonces bálsamo y confortación. No se van aún las horas difíciles. Otras seguramente nos esperan. El nefasto virus cambia de forma y se convierte en amenaza nueva. Pero el hombre tiene la capacidad de remediar los males que el mismo hombre causa. Llegará el día en que recordaremos esto sólo como una amarga pesadilla que vino y se fue. Regresarán el abrazo, el encuentro amoroso con nuestra familia, la cordial reunión con los amigos, la mesa y la copa de vino, el gozo y la alegría de vivir. La rutina de antes volverá a abrazarnos y nos dirá: “¿Verdad que me extrañaste?”. Esperemos, pues, en el sentido de aguardar y esperemos en el sentido de tener esperanza, de confiar y de creer que al final todo saldrá bien. Ojalá estos días últimos del año nos encuentren dispuestos a poner luz en la sombra y fortaleza ante la adversidad… Aquel joven pueblerino se llamaba Tirilo, pero todos le decían Tiros. Se fue a estudiar a la ciudad. Poco después su padre, orgulloso, les mostró a sus amigos del café la noticia principal del periódico capitalino: “Tiros en la Universidad”. Transcurrió un par de meses y nuevamente les enseñó lleno de ufanía el diario: “Tiros en el Congreso”. Una mañana el señor llegó mohíno y cabizbajo a la mesa del café. Le preguntó uno de los contertulios: “¿Qué te pasa?”. Sin decir palabra el señor les mostró el titular del periódico: “Maleantes se Cogen a Tiros en un Callejón”… FIN.