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De política y cosas peores

Superiberia

Por CATÓN / Columnista

“Tu sobrina trabaja en un congal”. Esa noticia le dio un oficioso amigo al duque Sopanela. “¡Qué deshonra! –exclamó consternado el caballero-. ¡Jamás nadie en la familia había trabajado!”… El cliente del restorán le dijo con enojo al camarero: “Hay una mosca en mi sopa”. Inquirió el mesero cortésmente: “¿Y cuántas pidió el señor?”… Don Chinguetas es un marido tarambana. Su esposa, doña Macalota, regresó de un viaje antes de lo esperado y lo sorprendió en el lecho en compañía de la joven mucama de la casa. “¿Qué significa esto?” –clamó hecha una furia. Don Chinguetas se volvió hacia su pareja y le dijo, severo: “Contéstale, muchacha. La señora quiere saber qué significa esto”. (Bribón desvergonzado. A él le tocaba responder)… “¿Ya sacaste tu credencial del Instituto de la Senectud?”. Esa pregunta me hizo un día mi madre. “¡Mamá! –le dije entre divertido y amoscado-. ¡Tengo 40 años!”. “Ay –se justificó ella-. Como estás tan canoso”. En efecto, desde muy joven soy de pelo blanco, herencia quizá de algún ancestro cano. Eso me hacía ver mayor de lo que en verdad era. Hace unos años –entonces tenía yo 65- mi esposa y yo fuimos a Perú y visitamos, claro, Machu-Picchu. Al comenzar el ascenso hacia las ruinas el guía me preguntó, solícito: “¿Quiere que le consiga un bastoncito?”. Otra vez respondí entre amoscado y divertido: “No creo necesitarlo, gracias”. En el grupo iban puros jóvenes. Fui el primero en llegar a la cumbre. Me preguntó el guía, sorprendido: “¿Qué hace para tener tan buena condición?”. “No hago nada –repliqué-. Lo único que puedo decirle es que nunca he fumado”. Concluyó: “Ésa es la explicación”. Efectivamente, no he fumado nunca. Y sin embargo he fumado mucho. Tuve que aspirar el humo que despedían quienes fumaban a mi alrededor. No había las limitaciones que hay ahora y la gente fumaba en el cine, en el restorán, en los aviones. Yo, sin fumar, llegaba a mi casa con la ropa apestando a humo de tabaco. Hay que decirlo: la mayoría de los fumadores son desconsiderados. No se conforman con hacerse daño a sí mismos: lo causan también a los demás. Por eso encuentro plausible la iniciativa del senador Monreal, que a algunos parecerá extremada, de prohibir que los conductores fumen en el interior de sus vehículos. Al hacerlo atentan contra la salud de quienes van con ellos, sobre todo de los niños. Tengo un amigo, ciertamente de opiniones radicales, que dice que cuando ve fumar a alguien no puede dejar de pensar que es un tonto. Desde luego él emplea otra palabra de más peso. Se sabe sin lugar a dudas que el cigarro es cancerígeno, que provoca males de todo orden y aun así quienes fuman insisten en llenarse los pulmones de sustancias peligrosas. Mi amigo no se explica semejante sinrazón, y opina que ya que no se puede evitar que los fumadores se pongan en riesgo de morir, por lo menos hay que impedirles que dañen a su prójimo. A eso tiende la iniciativa de Monreal. Yo aplaudo su propuesta, y con ambas manos para mayor efecto… El novio y la novia pertenecían a un club nudista. Un día ella le dijo a él: “Creo que deberíamos abrir un paréntesis en nuestra relación, Corito. Nos estamos viendo demasiado”… El turista le comentó a Babalucas: “Vengo de Buffalo”. Replicó el badulaque: “Se nota el parecido”… Don Algón, salaz ejecutivo, le contó a su socio que la noche anterior había invitado a cenar a una linda chica. “Ella pidió los platillos y vinos más caros de la carta –relató-. Fue una cena ovípara”. El otro lo corrigió: “Querrás decir ‘opípara’”. “No –reafirmó don Algón-. Ovípara. Me costó un huevo y la mitad del otro”…FIN.

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