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Catón
Columnista

Nadie debería leer el cuento con que empieza hoy esta columna. De muy dudoso gusto, es además inverosímil y tiene un final realmente absurdo. Si a alguno de mis cuatro lectores le disgusta el chascarrillo entenderé su mortificación. En una fiesta un joven invitado entabló conversación con una chica. De pronto ella se agachó a recoger algo y entonces sucedió algo en extremo penoso. La muchacha tenía un ojo de vidrio y cuando se inclinó se le salió de la órbita y fue dando botes por el suelo. El tipo se apresuró a recoger el ojo, lo limpió con su pañuelo y volvió a ponerlo en su lugar, o sea donde la chica lo traía puesto. La joven mujer no dijo nada. Tomó de la mano al invitado, lo condujo a una alcoba y ahí le hizo el amor cumplidamente. Al terminar aquel gratísimo deliquio, el galán le preguntó a la chica: “¿Haces esto con todos los hombres?”. “No -respondió ella-. Nada más con los que me llenan el ojo”. Doña Semit Onada se creía una Tebaldi o una Callas. Cuando cantaba parecía que un gato estaba miando. (“Miar: maullar el gato”. Diccionario de la Academia). En cierta ocasión la invitaron a cantar dos piezas en la velada de aniversario del Club de Jardinería Gimnosperma. Ella escogió el aria “Casta diva” y el bolero “Amor perdido”. Quería satisfacer a los del culto y exigente público. Le comentó a su marido: “Voy a cantar en el Teatro Pelía. ¿Quién me sugieres que me acompañe?” Sin vacilar respondió el señor: “Un guardaespaldas”. De nueva cuenta nos topamos con Jactancio, sujeto vanidoso y presumido. En un antro se le acercó una dama y le propuso: “¿Bailamos?” Con displicencia respondió Jactancio: “No soy precisamente un bailarín, pero está bien: bailemos”. En seguida la mujer le dijo: “¿Tomamos una copa?” Con el mismo tono replicó Jactancio: “No soy precisamente un bebedor, pero está bien: bebamos”. Sugirió ella: “¿Vamos a un motel?” Sin dejar su actitud desdeñosa contestó Jactancio: “No soy precisamente un lujurioso, pero está bien: vamos”. Fueron al Motel Kamawa; ocuparon la habitación 210 e hicieron lo que se acostumbra hacer en tales establecimientos. Al término de las acciones, Jactancio se dispuso a retirarse. Le preguntó la mujer, cuyo oficio ya se adivina: “¿Y el dinero?” Le dijo, apático, Jactancio: “No soy precisamente un gigoló, pero está bien: venga el dinero”. FIN.

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