El cuento que sirve de prefación o exordio a la columna de hoy no es de color subido: es de subidísimo color. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y rodó al suelo poseída por un espasmo de los que la ciencia médica conoce como “cínicos” o “caninos”, movimientos convulsivos acompañados por una risa sardónica. Las personas que no quieran arriesgarse a sufrir tan penoso insulto deben evitar poner los ojos en esta impudente badomía… Afrodisio Pitongo, hombre dado a menesteres de libídine, yacía en decúbito prono –bocabajo, de panza, para decirlo en términos más gráficos- en una cama de hospital. Tenía tremendas laceraciones y equimosis en la región llamada glútea, que es aquélla donde la espalda pierde su muy honesto nombre. Lo visitó un amigo, y Pitongo le dijo: “Ayer tuve el accidente que me trajo aquí. Fue mi día de suerte”. El visitante se asombró: “¿Cómo puedes decir que fue de suerte el día en que sufriste el accidente que te hizo puré las nalgas?”. “Te contaré –narró Afrodisio-. Estaba yo haciendo el amor con una dama cuando se desprendió el enorme candelabro que colgaba del techo, y me cayó ahí donde tú dices. Fue mi día de suerte. Un minuto antes y me habría caído en la cabeza”. (No le entendí)… Los académicos e intelectuales que firmaron la carta titulada “Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia” ejemplifican la expresión “la voz que clama en el desierto”. Su mensaje, reflexivo y ponderado, tuvo como respuesta la diatriba burlona de López Obrador, que no oye más voces que la suya propia. La palabra “deriva” se usa en marinería para aludir a la nave que ha perdido el rumbo y navega sin más dirección que la impuesta por las corrientes o los vientos. Es innegable la forma errática en que AMLO actúa, sus continuadas ocurrencias, su falta de aptitud para gobernar de manera ordenada y coherente para buscar el bien común de todos los gobernados. En igual modo el Presidente ha mostrado una voluntad unipersonal, autoritaria, que se aleja de lo democrático y se acerca a lo dictatorial. A tal tendencia, supongo, obedece también el empleo del vocablo “deriva”.  Los firmantes de la misiva cumplen con solvencia y oportunidad su deber de alertar a la sociedad sobre los riesgos que conlleva el ejercicio del poder sin contrapesos que lo limiten y lo frenen. A López Obrador, sin embargo, las palabras de esos buenos ciudadanos le entraron por un oído y le salieron por la boca, no en la forma de una respuesta mesurada y coherente, sino de una bravata callejera. Con su actitud el Presidente suprime el debate ideológico y en su lugar pone el encono, la polarización. Tal es el tono, igualmente, de sus incondicionales, que no buscan convencer, sino vencer, si me es permitido el uso de la manida frase. En lugar del diálogo razonable y razonado el grito que al primero que no deja oír es al que lo lanza. Ojalá que por el bien de México los firmantes de aquella carta sigan clamando en el desierto. Ésa es tarea que dignifica… Bragueto cortejaba a Dulcilí, muchacha de familia rica y costumbres puritanas. Un amigo le advirtió: “Si te casas con ella tendrás que quitarte de fumar, de beber, de andar con mujeres”. “Es cierto –reconoció Bragueto-. Pero si no me caso con ella tendré que quitarme de comer”… Don Languidio comentó en tono pesaroso: “Los años tratan mejor al sexo llamado equivocadamente ‘débil’ que al sexo nombrado ‘fuerte’ con equivocación mayor. Yo perdí mis impulsos de erotismo, y al mismo tiempo a mi esposa se le quitaron aquellos dolores de cabeza que le daban todas las noches”… FIN.