ads

CATÓN
Columnista

En un ameno prado tuvo sitio aquel trance de amor. Terminado el erótico deliquio el galán le reclamó a su dulcinea: “Me dijiste que no sabías nada de estas cosas, y sin embargo tus movimientos no fueron los de una chica inexperta”. “No –replicó la muchacha con enojo. Fueron los de una chica que estuvo donde el pendejo de su acompañante no vio que había un hormiguero”
 Don Chinguetas y doña Macalota fueron a la consulta del doctor Ken Hosanna. La señora iba llena de contusiones. Pensó el facultativo, indignado: “¡Un caso más de violencia familiar!”. Al parecer doña Macalota le adivinó el pensamiento, porque se apresuró a aclarar: “No es lo que usted cree, doctor. Lo que sucede es que mi esposo es fanático del futbol. Todas las noches sueña que está en el estadio viendo un juego. Con la emoción del partido suelta manotazos y patadas que me dan en la cara y en el cuerpo. De ahí estas tumefacciones”. El médico dijo con alivio: “En ese caso le recetaré al señor un sedativo. Déselo esta misma noche y dormirá tranquilo sin que su sueño sea turbado por sus sueños”. “¡Esta noche no, doctor!” –pidió lleno de angustia don Chinguetas. ¡Hoy voy a soñar el clásico América-Guadalajara!”
 Tormentoso poeta fue Salvador Díaz Mirón. Hombre de pasiones, su aspecto leonino y amenazante traza imponían respeto, y aun temor. En cierta ocasión un muchacho se le quedó mirando fijamente al ir por una calle. El poeta, irritado, sacó la pistola: “¿Qué me ves?”. Con una frase feliz salvó la vida el joven: “No lo veo a usted. Veo al genio”. Lo abrazó Díaz Mirón en vez de dispararle. Sus violencias llevaron al veracruzano a la cárcel de San Juan de Ulúa. Ahí compuso uno de los más bellos poemas de la lírica hispanoamericana: “El fantasma”. En él describe una visión en la cual se le apareció Jesús. Sus tercetos son tan hermosos y sentidos que a veces, en la duermevela, los digo de memoria a modo de oración. Rarezas que tiene uno. Hoy me valgo de que ese poeta arrebatado ya no vive, y por lo tanto ya no trae pistola, para incurrir en la osadía de enmendarle una de sus altílocuas tiradas, aquélla donde dice: “Sabedlo, soberanos y vasallos, próceres y mendigos: nadie tendrá derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto”. (“A lo supérfulo”, decía un declamador local). Yo pienso que nadie carecería de lo estricto si muchos se dedicaran a gastar dinero a fin de procurarse lo superfluo. Con eso acudo a la defensa de algo generalmente objeto de condenación: el consumismo. En su doméstico decálogo el presidente López Obrador nos exhortó a no incurrir en ese supuesto mal. Creo, contrariamente, que el consumismo, afán desmesurado de algunos por adquirir cosas que no necesitan, es fuente de bienestar social, pues producir los bienes que los consumistas compran hace que se creen empleos para muchos, activa el mercado, pone el dinero a circular y fortalece así la economía. Axioma perogrullesco: si nadie comprara nadie podría comprar. Bienaventurados los consumidores: de ellos dependen los trabajadores
 La esposa de Babalucas dio a luz su tercer hijo. “Será el último que tendremos” –declaró el badulaque. “¿Por qué?” –preguntó la señora. Explicó Babalucas: “Leí que uno de cada cuatro niños que nacen en el mundo es chino, y yo quiero puros mexicanos”
 El muchacho y su novia iban en un velero y perdieron el rumbo en alta mar. Atribulado, el inexperto nauta deprecó: “¡Dios mío! ¡Si nos salvas de ésta te prometo que ya no fumaré, ya no beberé, ya no
!”. “Deja de prometer –lo interrumpió la chica. Acabo de divisar la orilla”
 FIN.

ads