Nada más merecido ni más alentador: el premio Daniel Cosío Villegas de El Colegio de México para don Pablo González Casanova. Otorgarlo fue un acierto de Javier García Diego. Recibirlo, de don Pablo. Fue como decir “aquí, en esta gran institución nacional caben desde lo mejor del pensamiento liberal (moderado) hasta lo mejor del pensamiento de la izquierda (radical)”. En un acto simbólico se mostró el gran abanico de nuestro pluralismo y, quiero creerlo, de las posibilidades de una verdadera reconciliación nacional. 

Soy uno más de los que tienen una deuda con El Colegio y con don Pablo. En otro momento habrá la oportunidad de explicar por qué. Hoy hay una pregunta que a mí me inquieta y que a muchos habrá de inquietar: ¿por qué un hombre que ya llegó a sus 90 años, aparte del extraordinario don de la lucidez, tiene la capacidad de entusiasmar a los jóvenes más conscientes, despiertos e inteligentes? ¿Por qué le creen y por qué los convence? 

Tengo la siguiente explicación. Influye en ellos por lo que dice, por cómo lo dice y por la congruencia que existe entre su pensamiento y su acción. Lo que dice. En don Pablo siempre está presente la curiosidad intelectual. Busca, busca y busca. Descubre. Investiga. Formula preguntas críticas. Mira a sus objetos desde diversas perspectivas metodológicas y con enfoques multidisciplinarios. Siempre mirando a lo nuevo. 

Si hoy uno revisa La democracia en México (1965), el libro sigue siendo muy atractivo. Refleja la época y la acuciosidad de un investigador que quería mirar a México desde todos los ángulos para lograr su mejor comprensión. No aplica un solo enfoque, sino que, como el ingeniero topógrafo, fija puntos y traza ángulos para descubrir con extrema precisión el territorio que mide y descubre. 

Cómo lo dice es también parte de la explicación. Lo dice con la sutileza del maestro que invita a sus discípulos a pensar, pero también, en ocasiones, con la contundencia del agitador que llama a los excluidos a que se movilicen. Despierta a quienes inquieren y apasiona a quienes buscan guías para la acción. 

Don Pablo impacta por la congruencia entre su pensamiento y su acción. Su pensamiento ha cambiado, se ha radicalizado, pero antes y ahora don Pablo defiende y sostiene lo que cree. Usa todos los argumentos a su alcance para fortalecer su posición y convencer. Mira lo que pasa en el mundo, se mantiene actualizado en el campo de las ideas. Defiende con inteligencia y pasión las causas en las que cree, desde la necesidad de la democratización de la sociedad y del Estado, hasta la autonomía indígena, los derechos de los trabajadores, las luchas de los excluidos contra la globalización y los nuevos movimientos sociales como #YoSoy132. 

Don Pablo tiene la fortaleza interna y la audacia política para no dejar de innovar, imaginar y sobre todo de comprometerse con lo que él cree. Es profundamente juvenil; lo es también por su estado jovial de ánimo. 

Cuando don Pablo habla —por su figura, su expresión no verbal, el orden de su discurso, su vida, su compromiso social y su pasión política— la gente lo escucha. Lo más difícil de todo: le escuchan y creen los jóvenes, a quienes difícilmente puede entusiasmar la manipulación mediática, el discurso tecnocrático o el discurso radical hueco. 

Al recordar a don Pablo abrí su Democracia en México, que guardo como un tesoro porque hace más de cuatro décadas, cuando lo leí en la UNAM, despertó mi pasión por la política y el pensamiento político. Fue mi primera lectura de ese género. Al final del libro, a los 20 años, motivado por su contenido, escribí: “hay que luchar por un Estado fuerte, progresista, democrático, con una mejor distribución del ingreso; democratizar sin caer en la anarquía”. Fue todo un descubrimiento que me conmovió. Por eso no me extraña que los jóvenes lo escuchen con entusiasmo.

 

 Senador por el PRD