Superiberia

 por: CATÓN  /  columnista

“Estoy follando con mujer casada –le dijo el penitente al joven sacerdote–. Es una señora de esculturales formas, ávida de sexo, ardiente y lúbrica; una fiera en la cama”. “Vaya, vaya –habló el joven sacerdote–. Dime: ¿dónde vive esa señora?”. “¡Ya se cambió!” –respondió con premura el penitente. (Nota: No era tan penitente)…

La esposa y el esposo decidieron divorciarse. Acordaron dividirse los bienes por partes iguales. Surgió un problema: tenían un sólo hijo. ¿Quién se quedaría con él? “Tengamos otro –sugirió el marido–. Así cada uno de nosotros se quedará con uno”. “Ay sí –se burló la señora–. Tengamos otro. Si me hubiera atenido solamente a ti ni siquiera éste tendríamos”… Soy obra de mis padres, claro. En buena –muy buena– parte soy lo que doña Carmen y don Mariano fueron.

Me precio de tener la sensibilidad de ella y el sentido de la dignidad de él. Pero soy también fruto de mis maestros, desde la señorita Petrita, la angelical criatura que en el primer año de primaria me enseñó a conocer la o por lo redondo, hasta los sabios catedráticos –García Cárdenas, Burgoa, Recasens– que me mostraron el camino del Derecho. O don Fermín González, hermano lasallista, quien lloraba como un niño cuando nos relataba la Pasión de Cristo y que me dejó en herencia –la guardo con inmenso afecto– la resortera con que ahuyentaba a las urracas que pintaban de blanco las hojas de los árboles en el patio del insigne Colegio Zaragoza de mi ciudad, Saltillo. O el profesor César, maestro como el de “Corazón, diario de un niño”, con quien aprendí en sexto de primaria, entre otras muchas cosas, la lista de los ríos de Europa, que aún recuerdo: Guadalquivir, Guadiana, Tajo, Duero, Ebro, Garona, Loira, Sena, Rhin, Elba, Vístula, Niemen, Oder…

O doña Juanita Flores viuda de Teissier, que en la Escuela Normal me enseñó a procurar que mi vida fuera como un cuaderno en limpio. O Julia Martínez, que tenía casi la misma edad de nosotros sus alumnos en la Preparatoria Nocturna para Trabajadores, y que me reveló a Góngora y a San Juan de la Cruz. O Memo Meléndez, boxeador, agente de seguros, vendedor de libros, reportero de periódicos y buscador de minas antes de ser mi maestro de Literatura en el bachillerato del glorioso Ateneo Fuente, donde nos hizo aprender de memoria la Suave Patria, de Ramón López Velarde, que en este mismo momento puedo recitar sin omitir un sólo verso. Todos ellos eran maestros verdaderos, no ganapanes de esos que van al aula por dos razones solas: el día 15 y el día último.

Trasmitían conocimientos, sí, pero trasmitían también valores: la belleza, la verdad, el bien. Nos enseñaban el amor: a la familia, a la Patria, a la naturaleza, al prójimo. La educación es liberadora, pues forma seres capaces de distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo cierto y lo falso, entre un buen gobernante y un demagogo, entre un hombre de Dios y un farsante. No es la añoranza lo que me lleva a decir que la educación en México ha venido a menos.Desde luego en todos los niveles hay ahora, igual que ayer, maestras y maestros excelentes, pero la mediocridad y la politiquería acechan, como en el caso de las “universidades” proyectadas por el régimen actual, muestra evidente –una más– de simulación e improvisación. Educar bien es formar. Educar mal es deformar. Hagamos un sincero examen de conciencia y preguntémonos si estamos educando bien o mal…

Los recién casados pasaron la noche de bodas en un hotel de su ciudad. En el tálamo nupcial empezaron a hacer el amor. “¡Carajo! –exclamó ella con disgusto–. ¡No hay una sola cama en todo este desgraciado hotel que no rechine!”… FIN.

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