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El minutero

Superiberia

REGINA

Eran casi las siete de la tarde de aquel 28 de abril cuando sonó el teléfono portable. En la línea una mujer lloraba a gritos y apenas podía articular algunas palabras: ¡ Mataron… Regina.. la mataron…! El llanto cortaba la frase. ¿A quién mataron, no te entiendo, qué sucedió?, respondí. La voz en el auricular trató de atenuarse y repitió la frase: ¡Mataron a Regina… la mataron en su casa, ahí la encontraron! Era una reportera xalapeña, amiga de ambos, de Regina y mía. Logró localizarme tras varios intentos marcando sin éxito hasta que el teléfono captó la señal en la zona de Córdoba y así pudo dar la dolorosa noticia. 

“No puede ser, a Regina no la pueden matar”, se escapó la frase casi mecánicamente. “¿Está confirmado, quién lo dice?, Hay que llamar a su teléfono (de Regina) porque no es cierto”, le dije. “La Policía dice que encontraron una mujer muerta en el domicilio donde ella vive, dicen que es una periodista. ¡Es Regina!”, repitió la compañera sin poder contener el llanto que volvió a ahogar sus palabras. 

Después llegaron, en cascada, las llamadas de amigos y compañeros del gremio. ¿Ya le llamaste a su celular?, no creo que sea ella, háblale y veras que no le pasó nada, es una confusión, debe estar en casa de sus papás, allá en el norte”, aseguraba uno de ellos. “Yo le marque a su número de celular y no entra la llamada. Esta fuera del aire o apagado”, decía otro. “La policía dice que sí es Regina pero hasta en la noche darán conferencia de prensa pero dicen que sí se confirmó que es ella”, informó otro más. “¡Vámonos para Xalapa a ver qué pasó con La Chaparrita, vamos con ella”, pidió un compañero que también se encontraba en la zona Centro pues comenzaba el puente de asueto por el Primero de Mayo y visitaba a sus familiares.

 A Regina no la veía desde la primera semana de abril. Nos encontramos en la reporteada diaria y después nos fuimos a tomar un café. Ella tenía un problema con una muela y se quejaba de que no había podido acudir a su dentista. También estaba agobiada por reportajes que tenía que entregar a la revista Proceso y a eso se adicionaba los trabajos en su casa para cambiar cerraduras y reforzar barrotes en las ventanas. El miedo se había acrecentado en ella desde principios de año cuando alguien se introdujo a su casa sin violar las chapas – “fue un experto en burlar cerraduras, no un ladrón común”, según le dijo el cerrajero-.

 No la volví a ver más. La tarde de 17 de abril fue el último día que oí su voz. Me habló al teléfono celular para decirme que había comenzado el mitin de Andrés Manuel López Obrador, entonces candidato presidencial de la izquierda, en la plaza Sebastián Lerdo de Tejada y yo no había llegado al lugar. Quedé de alcanzarla pero entre la multitud no pudimos encontrarnos. Ya nunca más. Una semana después me enteré de su muerte.

Y los buitres se cebaron sobre su memoria. No esperaron ni siquiera que fuera sepultada para, desde el poder, comenzar a lanzar injurias. En las horas siguientes de que fue localizada sin vida, cuando su cuerpo estaba en el anfiteatro y no podían localizar a sus familiares para que lo reclamaran legalmente, muchos compañeros insensibles siguieron las órdenes emitidas desde la Coordinación de Comunicación Social y comenzaron a burlarse de la víctima y de su entorno.

 “¿No que Regina tenía tantos amigos que la apreciaban? Ahora se nota que no lo eran porque ella está ahí sola, como perra, en la plancha y no hay nadie que la reclame”, comentó a muchos una reportera porteña. “Quién sabe qué le pasó pero todo es muy raro porque ella siempre fue extraña, muy cerrada, con sus secretos”, decía otro compañero de Xalapa. Luego hubo más lodo. Desde la Procuraduría de Justicia se filtró que el “asesino” era un compañero reportero con el que sostenía relaciones sentimentales. Hablaron de una supuesta mordida en el cuello que nunca existió, era la marca de los golpes cuando la torturaron sus agresores pero el dato fue distorsionado para agregarle un contexto sexual a su fallecimiento. La porqueriza culminó con la impúdica versión de que su asesinato fue por cuestiones personales y que ella misma dejó entrar a su casa a sus victimarios.

 No es cierto. Los mismos investigadores de la Procuraduría General de la República (PGR) han confiado que el señor que está preso en el penal de Pacho Viejo no es el homicida. A ellos no se les permitió coadyuvar con la indagatoria como era el compromiso pero tuvieron acceso a muchas pruebas periciales. En ninguna de ellas, salvo la declaración con la cual se auto-inculpó y la cual fue sacada bajo tortura, hay sustento para culpar a esa persona detenida – y enferma- a la cual lo acaban de condenar a 38 años de cárcel. El expediente abierto por la procuraduría veracruzana nunca tuvo como objetivo acercar justicia sino garantizar impunidad en el caso. También hace unas semanas cuando se oficializó la condena contra el único detenido, se ordenó otra ola de notas y comentarios periodísticos pidiendo que “se le dejara descansar en paz a Regina”, que el caso estaba resuelto y que no había más que exigir.

 Y algunos compañeros de gremio tomaron las palas y echaron más tierra sobre la tumba de Regina, tratando de sepultarla en lo más hondo, en el olvido para que no incomode más a los poderosos tan apurados en extender un manto de impunidad. Es comprensible que muchos reporteros, columnistas, fotógrafos y directivos de medios no hayan compartido amistad con ella. También se entiende que algunos no la quisieran –muchos la difamaron en vida, en sus medios o la agredieron verbalmente, como la misma Regina nos confió a muchos amigos- se entiende que hayan aceptado no hablar a su favor para cuidar intereses propios.

 Lo que es imperdonable es que se hayan sumado a la campaña de desprestigio, infamias, mentiras obscenas y hasta comentarios humillantes hacia alguien que ya no puede defenderse porque no está en nuestro plano físico. ¿Lo hicieron – y lo hacen- a cambio de algunas monedas o por qué en realidad nunca la apreciaron? Ellos lo sabrán. Aunque sí hubo colegas que no pudieron sumarse a la exigencia pública de justicia a gritos pero honraron a Regina con su silencio. No siguieron las instrucciones oficiales para difamarla y decidieron callar, no ser transmisores de las vejaciones. Con eso hicieron mucho y se les agradece su silencio solidario, la decencia de no humillar a la compañera y prestar su voz y sus plumas para abogar por un sepulcro de ignominia. Gracias también a todos los que ayer domingo dieron parte de su tiempo para salir a las calles y plazas públicas a recordarla, a los que dedicaron algunos párrafos a ella, a los que permitieron que en sus medios se difundiera la nota y a quienes, en silencio, elevaron una oración.

 El asesinato de la querida Regina apunta a un crimen político, de Estado, según deducciones de organizaciones civiles. No hay certeza de que se llegue a esclarecer porque tampoco hay voluntad a nivel local para hacerlo. Sin embargo, encendió un enorme faro de alerta: todos estamos en riesgo y los que mandaron a lastimar a la compañera son capaces de hacerlo con cualquiera. Nadie está seguro ni mucho menos protegido. También, como ya se ha dicho, el crimen marcó el quehacer periodístico en la entidad, allanó el camino al silencio, a la autocensura por cuestiones de seguridad personal y al doloroso exilio en muchos. Además del miedo que es el convidado en todas las redacciones y hogares de los comunicadores.

Hay una oración brasileña, Pai Nosso Revolucionário (Padre Nuestro Revolucionario), que abrazaron los movimientos populares de América Latina cuando sus integrantes comenzaron a ser exterminados por los sicarios enviados de los gobiernos dictatoriales. En una de sus estrofas dice: “Padre Nuestro. Tu nombre es santificado cuando la justicia es nuestra medida. Perdónanos cuando por miedo quedamos callados delante de la muerte. Perdona y protégenos de la maldad, de los escuadrones de la muerte, de los asesinos”. Con el crimen de Regina, y de los otros compañeros que murieron antes y después que ella, se cumplió lo dicho en esa estrofa.

 Frente a la muerte quedamos paralizados, sin lograr pronunciar una sola palabra. Viene el pánico y todos alzamos la mirada al cielo pidiendo que se nos proteja para no ser los siguientes. No hay reportero en Veracruz que en los últimos dos años no haya sido invadido por el temor, tanto los que compartieron amistad con los compañeros caídos como los que nunca los trataron. El miedo es la constante desde entonces en el gremio y en algunos colegas llega a convertirse en pavor, en mutismo, en deserción y hasta en paranoia. Ese es el Veracruz de hoy. El de la zozobra, un lugar agreste para el periodismo y donde el oficio se ejerce con rasgos de heroísmo. Hoy también Veracruz es más triste sin Reginilla, a quien seguimos llorando.

 

PD. Ofrezco una disculpa a los lectores por escribir en primera persona pero no podía ser de otra forma. 

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