Por Andrés Timoteo / columnista

Con la llegada del Coronavirus todos corrieron a resguardarse a sus viviendas para no contagiarse, pero ¿y los que no tienen casa o los que pisan suelo ajeno y no puede alquilar una para confinarse? Los indigentes y los migrantes indocumentados son el eslabón más desamparado en esta tragedia, las presas más fáciles de la peste y una realidad que tratamos de olvidar, pero que ha saltado a la cara de todos.

 Los indigentes son tan invisibles que no se tiene siquiera estadísticas de cuántos han muerto de pulmonía provocada por el Covid-19. A ellos les falta todo: casa, comida, medicinas, ropa y en el caso de Francia, la certificación por escrito y juramentada para poder circular en la calle como lo exigen las autoridades. ¿Cómo van a descargar ‘on line’ ese documento, imprimirlo y llenarlo si no tienen ordenadores ni impresoras y muchos ni siquiera saben o pueden escribir?

 El censo más reciente indica que en la capital francesa hay 5 mil 600 ‘clochards’ (vagabundos) o “SDF” -San domicile fixe- (Sin domicilio fijo) o “Sans-abri” (Sin techo), como se les llama coloquial y casi peyorativamente mientras que en toda Francia se estiman unos 130 mil. Y ellos, ¿cómo van a respetar la orden de permanecer en casa si su casa es la calle? En Paris, 300 de ellos duermen dentro de las estaciones del metro, muchos hacinados y conviviendo con ratas y cucarachas. Ya no se diga el Covid-19

 La alcaldía de Barcelona, España, tiene censadas 1 mil 200 personas en “situación de calle”, pero apenas 200 han sido llevadas a albergues y el resto continua en la vía pública expuesto a contagiarse y contagiar.  En algunas ciudades españolas, entre ellas Valencia, las organizaciones no gubernamentales junto con la municipalidad han propuesto rentar habitaciones de hotel a fin de confinar a los indigentes.

 Sin embargo, se han topado con la resistencia de los propietarios de esos inmuebles pues ¿quién quiere tener a vagabundos como huéspedes? En Italia, la estadística de los “Sin techo” es un ‘hoyo negro’ pues nadie sabe cuántos había y a cuántos ha matado la gripe. Y a todos ellos, de cualquier parte del mundo, confinarlos en albergues junto a otros es colocarlos en un foco de contagio casi seguro.

 De acuerdo con la organización “Nuit de la Solidarité” (Noche de la Solidaridad) el 40 por ciento de los indigentes en París son mejores de 40 años -el 8 por ciento no llegan a 24 años- y el resto son adultos mayores y concretamente el 20 por ciento tienen más de 60 años, claro, están en primera línea de riesgo.

 A esto hay que sumarle su condición patológica pues muchos portan el VIH, son farmacodependiente o tiene enfermedades que comprometen su sistema inmunológico, principalmente la anemia a causa de no tener la ingesta óptima de proteínas.

 Es cierto, hay organizaciones civiles que abogan por ellos, les suministran lo básico y exigen a los gobiernos que atiendan  a este sector poblacional al que no se quiere ver pues son la parte vergonzante del rostro social – o como diría el gran Víctor Hugo en “Los Miserables”, ellos están dentro de “la misère qu’on cache” (la miseria que escondemos”-aunque eso es insuficiente en la plaga vigente y en cuyo contexto ellos son una suerte de condenados a muerte.

 Y si eso sucede en Europa, ¿qué sucederá en América Latina donde los gobiernos ni escuchan a las agrupaciones altruistas ni están dispuestos a destinar presupuesto para socorrer a los que viven en la calle? Entonces, si no hay solidaridad social, si la gente no se moviliza, ellos pasarán a ser los olvidados en vida y en muerte.

LA MISERIA Y LOS ‘DEMONIOS’

 Los segundos en esta línea de desprotección frente a la pandemia son los migrantes indocumentados, los que viajan o se albergan en multitudes, que tampoco tienen acceso a los servicios médicos ni una alimentación correcta y que, obviamente, no hacen el confinamiento exigido. No pueden permanecer en casa porque su casa quedó lejos, en la tierra de la que huyeron por la guerra, el hambre, la represión y el crimen.

En Europa y Medio Oriente hay puntos rojos que la misma Organización de las Naciones Unidas (ONU) señala como sitios de posible contagio masivo pues con el cierre de fronteras por el Covid-19 millones han quedado varados en campos de refugiados y garitas. Las fronteras de Rumanía, Grecia, Pakistán, Afganistán e Irán son los más preocupantes y se estima que 19 millones están expuestos a un contagio seguro.

 La situación en América pinta peor para cuando la pandemia invada al continente y los tres puntos más peligrosos son la frontera México-Estados Unidos con miles de personas varadas en albergues formales -sitios de infección casi segura- o deambulando en los cinturones de miseria de ciudades -mexicanas- fronterizas. El segundo es la frontera sur de México y los países vecinos pues son miles los que recorren Centroamérica para ingresar a suelo mexicano y muchos están retenidos en los límites. 

 El tercero son los puntos de éxodo en Venezuela de donde miles huyen de la crisis económica y especialmente la frontera con Colombia, la más grande y porosa. En los países sudamericanos donde se han dispersado los venezolanos hay campamentos improvisados con decenas o estos se convirtieron en “habitantes de calle” con todos los riesgos epidemiológicos que eso implicará para cuando se extienda la plaga.

Es cierto, la mayoría de los migrantes en todo el mundo son jóvenes, por si bien no están dentro de rango de edad atacado con mayor intensidad por el Coronavirus, muchos padecen enfermedades o anemia lo que los pone un nivel de riesgo similar. El otro peligro extremo, como lo han advertido la ONU y las organizaciones civiles, no es patológico sino social y hasta político: la demonización del migrante.

 Desde siempre se ha culpado a los migrantes extranjeros de ser portadores de enfermedades -el dengue, el zika, la malaria – y ahora son los villanos idóneos para descargar la irritación social por el Covid-19. No faltará quien les atribuya la dispersión del virus cuando en realidad ellos están entre los más desamparados frente al mismo.

 ¿Quién cuida o cuidará de ellos y los defiende o defenderá en estos días de calamidad? No es una pregunta filosófica sino un cuestionamiento que debe hacernos reflexionar y que sirve para medir nuestro grado de miseria humana y social.