Andrés Timoteo
Columnista

DÍA 38: ¿QUÉ PASÓ ALLÍ?
Un geriatra milanés describe así la situación: “el Ángel de la Muerte pasó por aquí y sigue dando rondas”. A la par de la tragedia que se contabiliza a diario en cifras de infectados y fallecidos por la pandemia de gripe Covid-19, la otra hecatombe eslabonada que es la ola de decesos en residencias de retiro para adultos mayores en Italia, Francia y España por citar a las naciones europeas más golpeadas por la peste, aunque ahora se ha sumado un cuarto país, Inglaterra.
Tan solo en los tres primeros se habla de unos 22 mil ancianos fallecidos en asilos que se convirtieron en verdaderos pabellones de la muerte. Hasta el pasado fin de semana, el gobierno italiano reportaba, tímidamente, 7 mil adultos mayores fenecidos en 700 asilos. Sin excepción, todas las residencias de la península fueron visitadas por ese ‘Ángel de la Muerte’. En España sumaban 6 mil 500 adultos fallecidos en las 710 residencias, aunque al menos 5 de ellas lograron hermetizarse a tiempo para evitar el contagio masivo al interior de sus muros.
Francia también tiene un reporte que hiela la sangre: 6 mil 500 ancianos fallecidos en los Establecimientos de albergue para personas adultas dependientes (Ehpads por sus siglas en francés). Al hacer los cálculos aritméticos, la evaluación se oscurece más ya que la tercera parte de las muertes oficiales -las reportadas en documentos gubernamentales- por la gripe se dio en esos asilos de ancianos.
Y se pone peor ante la percepción de que hay un subregistro en los fallecimientos de adultos mayores porque en muchos casos no se contabilizan los que murieron en sus domicilios sin atención médica y sin saber si el deceso fue provocado o acelerado por el Coronavirus. De entrada, los demógrafos hacen un pronóstico por demás sombrío: el 3 por ciento de la población adulta mayor perecería por la gripe en Europa. Imagínense lo denso pues la estadística general estima una mortalidad de entre 0.05 y 0.07 por ciento.
Es una catástrofe cuya numeralia no debe quedar como mera anécdota. No, hay que escudriñarla y castigar las omisiones y negligencias. Las abuelas y abuelos fallecidos, muchos de ellos en la soledad, sin servicio médico y a veces completamente abandonados, merecen que la justicia investigue cada caso. Ya en Francia a través de la plataforma Change.org más de 50 mil personas -en el acumulado hasta el fin de semana- exigían que se iniciaran procesos judiciales contra los encargados de los Ehpads.
En España, la Fiscalía General del Estado abrió pesquisas en 38 residencias de retiro y lo que se ha conocido en esas son verdaderas historias de terror. De acuerdo con los expedientes que trascendieron a la prensa, la pandemia del Coronavirus agravó situaciones de maltrato y abandono en muchos ancianatos, al grado de que se convirtieron en ‘mataderos’.
“(Los) mayores se están muriendo por falta de atención. En algunos casos se les está dejando morir”, declaró al ministerio público un empleado de una de las residencias madrileñas. Otro describe: “he visto a la mayoría de los ancianos con las bocas completamente sucias, escaras, varias llagas en la lengua del tamaño de la uña del dedo gordo, enfermos en Covid en colchones en el suelo y a usuarios entrando con nosotros en habitaciones y manipulando pañales sucios”.
Hace tres semanas, en Francia el ejército tuvo que ingresar y hacerse cargo de varias residencias de retiro que en París administraba la Fundación Rothschild -de una de las familias más ricas del mundo- porque la situación había rebasado todo lo imaginario: cadáveres que llevaban días en sus camas, cuartos y pabellones cerrados con llave para tratar de detener los contagios sin importar que en los mismos todavía hubiera ancianos vivos, y decenas de bolsas negras que sacaban a diario, con cadáveres claro.
Los asesores que conforman el Comité Técnico sobre la crisis del Coronavirus en el Instituto Superior de Sanidad (ISS) de Italia, resumieron lo sucedido en las residencias de retiro con una frase breve pero desoladora: “Ahí ocurrió fue una masacre”. ¿Qué sucedió allí adentro?, ¿qué vivieron los abuelos en estos días de horror?, ¿cómo murieron?, ¿cuántos en total? Son preguntas obligadas exigidas a gobiernos europeos.
Lo sucedido en los asilos de ancianos no debe quedar en meras cifras, sino que se debe indagar a los responsables de los centros, el presupuesto destinado a ellos -algunos son privados y cobran sumas estratosféricas por la residencia y otros reciben donativos millonarios de fundaciones nacionales y extranjeras-. La sociedad debe conocer qué hicieron y qué no hicieron para resguardar a los residentes o allegarles auxilio médico.
Es imperiosa una investigación criminal para saber los saldos que dejó ese ‘Ángel de la Muerte’ en las residencias de adultos mayores. Y, por supuesto, la hecatombe en la población de la tercera edad en Europa es una advertencia para México y América Latina, un aviso puntual de que debemos cuidar a nuestros abuelos, sobre todo los que están en casas de retiro -muchos de ellos sobreviviendo de la caridad pública-. Lo que les pase a ellos será un karma para el resto de la población porque la vida se los cobrará tarde o temprano.
 
LA LECCIÓN DE ALATORRE
Más allá de que tenga o no credibilidad y de las intenciones aviesas de su jefe, Ricardo Salinas, el dueño de Televisión Azteca, el alboroto desatado por un comentario del conductor estrella de los noticieros en esa televisora, Javier Alatorre sobre el desempeño del subsecretario Hugo López-Gatell en el manejo de la información oficial sobre la pandemia de Coronavirus, es una lección en el ámbito periodístico: la prensa tradicional sigue siendo más influyente que la alternativa, la emergente, esa que el presidente Andrés Manuel López Obrador llama “las benditas redes sociales”.
Un comentario corto -y hasta timorato- de Alatorre provocó la reacción de todo el aparato oficial y del mismo López Obrador quien emitió un mensaje al respecto. Los blogueros, youtuberos, feisbukeros y demás aplaudidores del lopezobradorismo que hoy se erigen como “periodistas” e “influencers” no fueron suficientes para contrarrestar el impacto de ese comentario. Moraleja: ellos no tienen el peso que se les atribuye ni la credibilidad que pregonan. Están inflados.
Y sí, el dicho de Alatorre fue corto, pero cierto: no hay que creerle a López Gatell quien engaña con cifras y maquilla la realidad. Y no se trata de las recomendaciones de cuidado sanitario como han querido enderezar sus defensores, sino de los datos reales la magnitud de la pandemia, infectados y muertos. Al tipo se le da bien la mentira y el retorcimiento de las explicaciones científicas, y eso no les sirve a los mexicanos.