Andrés Timoteo
Columnista

YA 31, YA 31
 Por su denuncia por la “violencia escandalosa” nadie puede tachar de mentirosos a los religiosos ya que respecto al caso que citaron del sur de Veracruz -la masacre en el bar “Caballo Blanco”, la cifra de víctimas mortales ya se elevó a 31.  El fin de semana falleció uno de los heridos, Ulises Contreras, quien laboraba como barman en el centro nocturno.
 Es la masacre más numerosa en lo que va de la “Cuarta Transformación” y no parece que haya una reacción eficaz del Gobierno, ni el Federal ni el estatal. Este mismo fin de semana fue rojo en Veracruz con una decena de ‘ejecutados’, entre ellos dos mujeres. Pese a eso, en el contexto nacional se han oído declaraciones del propio presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador respecto al crimen organizado que desatan más asombro que certeza.
 En Tamaulipas donde los carteles de la droga tienen amenazados a los empresarios gasolineros para que no vendan combustible a las patrullas de la policía y el Ejército, el tabasqueño pidió a los delincuentes que no hagan eso, “que piensen en sus mamacitas” a las que hacen sufrir. Y ayer mandó “al carajo” a la delincuencia, porque “ya fuchi” con ellas y a los criminales les pidió “que ya le bajen”. Las frases sirven para la guasa, pero no resuelven el problema.
 Ya antes, cuando la masacre en Coatzacoalcos los había llamado a “portarse bien”, pero los maleantes no dejarán de delinquir por decreto presidencial. Ahí encaja lo que dice el comunicado diocesano de que no por mucho repetir una cosa ésta se hace realidad. Grave es que el discurso presidencial hacia los grupos criminales no solo es suave sino hasta pudiera decirse que en ocasiones es complaciente.
 En el tema de salud tampoco están bien las cosas y los jerarcas católicos no se equivocan al considerar el rubro como una de las deudas sociales que ha dejado de atender el Gobierno estatal. El brote de dengue en el Estado da cuenta de eso porque ya cobró tres vidas – de tres niños-.
El último fallecimiento, el de un bebé de ocho meses, fue el hospital de Río Blanco Era originario de Nogales y fue llevado al nosocomio con fiebre y hemorragia. Antes, el lunes 26 de agosto, un niño de 2 meses y medio originario de San Rafael murió en el hospital “Manuel Ávila Camacho” de Martínez de la Torre también por dengue hemorrágico. El alcalde sanrafaelino, Daniel Lagunes dio a conocer la muerte del pequeño.
 Dos días más tarde, el jueves 28 de agosto otro pequeño de siete años pereció en el hospital de Tlapacoyan al norte del estado. Sus padres lo habían llevado hasta allí con fiebre y los médicos le recetaron paracetamol para luego regresarlo a su casa, aunque horas después lo volvieron a ingresar porque perdió el conocimiento y entró en coma. Como tardaron atenderlo, el menor falleció en los pasillos del hospital.
 Los dos últimos casos, los del lunes y jueves de la semana pasada, fueron desmentidos insistentemente por el secretario de Salud, Roberto Ramos Alor en un intento para hacer creer que no hay saldo mortal por la negligencia en combatir al vector que transmite el virus y minimizar la magnitud del brote epidémico. Lo hace desparpajo, negándolo todo.
 Ya se dijo, la indolencia e irresponsabilidad de los funcionarios del sector salud tiene como consecuencia la muerte de personas y en este caso son niños. Deben sonar las sirenas de alerta ya que la situación sanitaria podría terminar en una mortandad infantil dada la indiferencia de las autoridades.
 
COMO EN EL CINE
 En el tema de la salud, va una historia de hospital que sacudió a la opinión pública francesa y que parece haber salido de un guión cinematográfico.  Un anciano, Jean Ligonnet, de 73 años que sufría Alzheimer se perdió desde el 19 de agosto cuando esperaba su turno para una sesión de quimioterapia en Hospital de la Concepción en Marsella, al sur del país.
 Todos dedujeron que había salido del nosocomio y durante veinte días lo buscaron por la ciudad y sus alrededores pensando que andaba errante por su padecimiento. Los grupos de rastreo de la Gendarmería junto con familiares peinaron la región sin éxito. El miércoles pasado el cuerpo del anciano se localizó en el séptimo piso de ese mismo hospital que no está ocupado. El mal olor del cadáver delató su ubicación.
 El anciano murió allí de frío y hambre según los primeros indicios. Nunca salió del hospital, se extravió frente a médicos y enfermeras. Nadie lo vio -dicen- pese a que caminaba muy lentamente por su condición física. A ese grado de invisibilidad llegan los ancianos enfermos en el mismo lugar donde se supone deben ser cuidados. Tan invisibles son que pocos reparan en su caminar o en su rumbo aun en países del ‘primer mundo’. Los familiares ya demandaron al hospital por varios millones de euros. “Lo dejaron morir como un perro”, acusan.