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El primer dedazo de Peña

Superiberia

Hace unas horas, el PRI designó a César Camacho Quiroz como su nuevo presidente, acompañado en la fórmula por Ivonne Ortega, quien ocupa el cargo de secretaria general.

Se trata, sin duda, del primer “dedazo” de Enrique Peña Nieto, ya que el mexiquense Camacho y la yucateca Ortega son dos potentes alfiles políticos del presidente. Y es tal su peso en el ánimo presidencial que, incluso, antes del 1 de diciembre se especuló en torno a la posibilidad de que el ex gobernador del Estado de México y la ex gobernadora yucateca formaran parte del gabinete de Peña Nieto.

Sin embargo, Peña Nieto decidió que César Camacho y la señora Ortega ocuparan sendas posiciones estratégicas, pero no en el gabinete formal y mucho menos en el ampliado. ¿Y entonces por qué son posiciones estratégicas? Porque se desempeñarán en el gabinete político, es decir, en el PRI. Concretamente en la presidencia y la secretaría general.

Y sin duda que se trata del primer “dedazo” de Peña Nieto en su partido. Acaso por eso escandalizó a las “buenas conciencias” de la clase política mexicana. Y con toda la razón, no pocos hablaron del regreso de viejas prácticas del PRI, como el dedazo, en el caso de la designación vertical de César Camacho e Ivonne Ortega.

Sin embargo, “las buenas conciencias” olvidan que el “dedazo” ejercido por Peña Nieto en el PRI no es —y no debiera ser— novedad en otros partidos mexicanos, sea el PAN, sea el PRD. Y los ejemplos abundan.

En el primer gobierno de la alternancia, el de Vicente Fox, el guanajuatense se despachó con la cuchara grande. Antes de asumir la presidencia impuso a Luis Felipe Bravo Mena, para luego forzar la llegada, vertical y autoritaria, de Manuel Espino. De hecho, Fox presionó la salida de Felipe Calderón, quien debió buscar el exilio incluso fuera del país.

En el caso del gobierno de Felipe Calderón, todos vieron y muchos censuraron —aquí lo cuestionamos severamente— el hecho de que el segundo presidente surgido del PAN impuso de manera grosera a Germán Martínez como presidente del PAN —un presidente azul que fracasó—, para luego imponer, de la misma forma, a César Nava.

En el PRD también se cuecen habas. Basta recordar la forma grosera, vertical y autoritaria en la que el entonces jefe de gobierno Andrés Manuel López Obrador impuso a dirigentes del partido amarillo. El caso estándar es el de Leonel Cota Montaño, un ex priista de poca monta, sin militancia en la izquierda y sin experiencia en la dirigencia de un partido. Su único mérito: ser amigo de AMLO y maleable hasta la abyección. De esa manera, sólo sirvió de “pelele” para los afanes políticos de López Obrador.

Pero no es todo. Mucho antes Cuauhtémoc Cárdenas hizo lo propio. Es decir, impuso dirigentes de partido a su antojo. Y un dato parece relevante.

Resulta que en 1989, cuando se eligió la primera presidencia del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas propuso como jefe del partido a Andrés Manuel López Obrador quien, en ese tiempo, sólo obtuvo un voto para el cargo, el del propio Cárdenas.

Pero además, el “dedazo” a nivel de partido tampoco es exclusivo de la clase política mexicana. En realidad es una práctica común en el mundo, y tiene mucho más importancia que una mera cultura antidemocrática. Dicho de otro modo, que todo gobierno que se respete requiere el control del partido que lo llevó al poder. ¿Por qué? Porque de esa manera, el gobierno en cuestión no sólo mantiene el control político de los grupos que aglutinan al partido, sino de sus legisladores y, por consecuencia, asegura el respaldo de sus programas y sus políticas.

Pero en el caso de la designación de César Camacho al frente del PRI, el mensaje tiene elementos adicionales a considerar. Resulta que en los próximos meses, el gobierno de Enrique Peña Nieto enviará al Congreso reformas fundamentales que tendrán una repercusión directa en la vida del PRI. Y un caso emblemático es el de la reforma fiscal, que enviará Peña Nieto al Congreso. ¿Por qué?

Porque hace unos cuantos años, cuando el PRI le negó a Vicente Fox la reforma al IVA en medicinas y alimentos —lo que confrontó a Elba Esther Gordillo con Emilio Chuayffet y Manlio Fabio Beltrones—, el partido tricolor incluyó en sus estatutos la obligación partidista de no “transitar” en dirección a esa carga impositiva. Pero, además, para la reforma energética el PRI también tendrá que reformar sus estatutos.

Es decir, que Peña Nieto recurre al “librito” en cuanto a la relación de su gobierno con el PRI. O, si se quiere, apela al refranero popular: “para que la acuña apriete, el PRI tiene que ser mexiquense”.

Vicente Guerrero

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