Apesar de los rasgos arcaicos del sistema electoral norteamericano, no deja de ser envidiable la forma en que los resultados electorales se mostraron en tiempo real, conforme se fueron contando los votos en todo el país, a la par de las encuestas de salida, proporcionando una rica información sobre el perfil de los electores, sin que nunca se planteara la necesidad ni de controlar la información, ni de tener un órgano centralizado oficial que diera el resultado final.

Uno de los aspectos más interesantes para entender la estabilidad del sistema electoral y al mismo tiempo sus limitaciones es la combinación peculiar del voto secreto y directo, principio central de las democracias contemporáneas, con el voto indirecto, por Colegio Electoral. Cada uno de los 50 estados que componen la unión norteamericana, cuenta con un número de votos electorales que dependen del tamaño de la población. Pero el candidato que obtiene mayoría relativa en cada estado, sea por un margen muy alto o por un porcentaje pequeño, se lleva todos los votos electorales del estado.

Es por ello que quien gana estados como California, Nueva York o Texas obtiene más votos en el Colegio Electoral que quien gana muchos estados pequeños. Quien llega a 270 votos de 538 gana la Presidencia, sin que sea necesario agotar el cómputo de los votos individuales.

La votación por estado ha sido muy estable, tanto así que meses antes ya se tiene conocimiento de preferencias electorales que permiten pronosticar los votos electorales que “tiene asegurados” cada candidato, mientras que había cuatro estados: Colorado, Virginia, North Carolina y Florida, donde el martes el triunfo de uno o de otro candidato era incierto. Por este sistema de votación indirecta se “pierden” gran cantidad de votos individuales, lo que desde la proporcionalidad de la representación es negativo, pero se amplifica la diferencia entre el primero y el segundo candidato.

Además el sistema funciona muy bien en un esquema bipartidista, donde los electores sólo tienen dos opciones; y como ya he comentado, esas opciones acaban siendo muy similares, porque pueden prometer políticas distintas, pero en la práctica nadie pretende cambios de fondo en el sistema político, a la larga, ni Obama podría eliminar la influencia de las empresas productoras de armamento o de las petroleras, ni Romney podría desconocer totalmente a los sectores sociales que constituyen las bases electorales en expansión como los latinos. De hecho en gran parte el debilitamiento del partido Republicano, que ganó gran parte de las contiendas electorales el siglo pasado, se debe precisamente a cambios socio-demográficos, como la concentración de la población en zonas urbanas, de la creciente población latina, que ya rebasa los doce millones de personas (65% votaron por Obama), y el rechazo de las mujeres por temas cruciales para sus derechos, como el aborto (55% votaron por Obama). El candidato demócrata también recibió el voto de los jóvenes, los universitarios y desde luego que el 93% de la población de color. Esto indica que el partido demócrata, y en este caso en especial el candidato Barack Obama, representan lo nuevo en la política norteamericana y tiene el apoyo de los sectores emergentes.

Al comentar los resultados de estas elecciones algunos comentaristas jóvenes en los Estados Unidos han resaltado la necesidad de que apareciera un partido a la izquierda de los demócratas, pero para esto serían necesarias profundas reformas electorales, que permitieran una representación proporcional y no territorial, de los votantes.

Sin mayoría en el Congreso será difícil para Obama cumplir todas las expectativas de los votantes norteamericanos, y sobre todo, de los ciudadanos de otros países del mundo que han expresado su preferencia por el demócrata, dado que primero deberá enfrentar la crisis fiscal de Estados Unidos, que él heredó, pero que no ha podido resolver, reactivar la economía de su país, generar empleos y evitar las repercusiones negativas de la crisis de la Unión Europea.

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Investigadora del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México