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HISTORIAS DE DESAPARECIDOS II

Superiberia

Por Andrés Timoteo  / columnista

En una columna anterior se citó el libro “Memoria del miedo” del periodista anglo-argentino, Andrew Graham-Yooll, quien llevó una lista de personas desaparecidas y asesinadas en buena parte de la última dictadura militar en Argentina, de 1976 a 1983, una de las más sangrientas en el cono Sur del continente.

La obra también habla del papel de la Iglesia Católica que fue cómplice de la Junta Militar gobernante y tuvo un comportamiento deplorable frente a las personas desaparecidas. El clero tuvo el Vicariato Castrense para dar apoyo espiritual a soldados y jefes de la milicia, pero ese organismo eclesiástico también fungió como instrumento para reprimir a la población.

Es más, otro periodista argentino, Horacio Verbitsky llamó a la Iglesia Católica “la mano derecha de Dios”, ya que los obispos y curas eran una especie de agentes delatores de la milicia. La mano izquierda no, por sus ideas progresistas sino por la distorsión pastoral de sus representantes. 

Uno de ellos fue el sacerdote Emilio Grasselli, secretario del Vicariato Castrense y quien recibía en sus oficinas a familiares de desaparecidos que pedían ayuda para localizar a sus parientes detenidos por las fuerzas militares o policiacas, pero en realidad recopilaba datos que luego transfería a los cuarteles para que fueran por el resto de la familia por “subversivos”.

Grasselli fue llevado a juicio más de treinta años después, en 2014 acusado de delitos de Lesa Humanidad, aunque sigue libre. Ese sacerdote también llevó una lista de desaparecidos que fue nombrada después como “los archivos bajo la sotana” y parte de la misma fue incautada por la policía tras caer la dictadura, aunque otra parte la quemó el mismo religioso antes de que cayera en manos de la autoridad.

Vaya, tanta fue la complicidad entre el clero y la dictadura que hubo un predio conocido como “El Silencio” en los alrededores de Buenos Aires, propiedad de la iglesia argentina donde se dio el único caso en el mundo de que un campo de concentración y exterminio de personas operara en terrenos eclesiásticos.

Pues bien, Graham-Yooll describe algunas de las actitudes de esos capellanes castrenses que acudían a los cuarteles para ver a los detenidos-desaparecidos. “Muchos sacerdotes visitaron las cárceles argentinas, pero no todos eran buenos sacerdotes. Uno (de esos curas) al escuchar el lamento de un prisionero en Córdoba, que había sido torturado durante todo el día, exclamó: ‘¡Que terrible!, habíamos acordado en que solo lo harían (lo torturarían) tres horas por día’.

En la Rioja, el capellán le dijo a un detenido que se quejaba bajo los efectos de una paliza: ‘Si no quieres que te golpeen, habla’. En el establecimiento penal de Coronda, el capellán no se atrevía a entrar a las celdas para evitar mirar el estado lamentable de los presos tras la tortura. Eso sí, los aconsejaba por la mirilla de la puerta ‘que no se masturbaran, que era pecado.

En Rawson, el sermón del domingo (para los presos de las cárceles militares) empezaba: “Amados asesinos…”. Había sacerdotes decentes, aunque se mantenían en silencio, lo cual, de cierta manera, los convertiría en indecentes. Unos cuantos habían muerto y también estaban en silencio. Otros estaban en las cárceles como presos. Apenas un puñado habló a pesar del peligro. No contaban con el apoyo de los jefes de la Iglesia”.

Luego de oír confesiones de muchos perseguidos, un sacerdote le contó al periodista que durante una de sus siestas soñó que la policía le apuntaba con un arma y disparaba. “No pedí ayuda a Dios, no me acordé de rezar, yo gritaba: ‘la pu… madre, me hirieron’. Pasé el resto de la tarde rezando el Padre Nuestro, tenía que hacerlo -por las palabrotas que había dicho en lugar de orar en el sueño-”.

Fue el pastor errado que nunca entendió que ese sueño pudo haber sido la voz de Dios que le ordenaba ponerse del lado de los perseguidos.  El periodista dedujo: “Malos sacerdotes…tal vez el error era esperar que los sacerdotes fueran hombres mejores”. ¿Algún parecido con el clero mexicano y el veracruzano?

No hay que olvidar la denuncia del padre Alejandro Solalinde contra obispos y sacerdotes de Veracruz, los cuales, durante los gobiernos del innombrable y Javier Duarte sabían de las personas desaparecidas, de las policías que operaban para el crimen organizado e incluso de los lugares -fosas clandestinas- donde terminaron los desaparecidos y guardaron silencio. ¿Qué los hace diferentes de aquellos religiosos argentinos?

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