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La biblioteca será transmitida por la televisión

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La palabra “libro” fue uno de los términos más estables del castellano desde su nacimiento: el surgimiento de los códices empastados y cosidos en la Alta Edad Media es anterior en varios siglos al nacimiento de la lengua. Hace una década, el concepto de libro, que fue monolítico durante lo que Antonio Alatorre llamaba los “mil y un años de la lengua española” se desestabilizó por la invención de lo que hoy todavía no sabemos si llamar “lectores” o “libros electrónicos”.

La aparición de los dispositivos de lectura que cubren la función de los libros no fue la primera revolución que sufrió ese formato ni la palabra “electrónico” el primer adjetivo que amplió el campo significante del concepto. En 1935 la editorial británica Bodley Head inventó un dispositivo de lectura que actualizaba las maneras de leer en un mundo cuyas interconexiones demandaban un soporte más liviano para los lectores en movimiento.

Los primeros libros “de bolsillo” -se llamaron, con mucho sentido del humor, “Penguin Books” por ser chaparros, gordos y dúctiles- supusieron una flexibilización de la tecnología que reconocemos bajo la palabra “libro” y una primera descarga contra la noción de la eternidad del conocimiento que se obtiene a través de la lectura: eran descartables, cubrían un nicho de mercado distinto, fueron diseñados para hacerle la vida más fácil a los profesionistas que iban a trabajar en tren de los suburbios a la ciudad. Los libros de bolsillo son el diseño intermedio entre el lector electrónico y el libro tradicional: son feos; no son heredables -están hechos con celulosa tan corriente que se deshacen con el paso de los años-, tienen el acento puesto sobre el contenido y no sobre su soporte: suponen que lo que importa es leer, no conservar lo leído.

En un contexto global en el que todo conspira contra la palabra “libro”, entendida como un objeto robusto, bello, resistente y aromático, es apenas natural que la noción de biblioteca también se transforme: la José Vasconcelos de México nació muerta y no ha habido manera de insuflarle vida, la Biblioteca Pública de Nueva York está en proceso de transformarse en un centro de información que prescinda de la orgía de pastas duras que eran sus maravillosos ocho pisos de anaqueles de acero -tuve la fortuna de pertenecer a la última generación que visitó esos sótanos cuando sólo había millones y millones de libros en ellos-; el sistema de bibliotecas públicas de Colombia, que ha resultado una maravillosa herramienta de reconstrucción del tejido social, está compuesto por edificios que se llaman “bibliotecas” en los que hay pocos libros y menos lectores: son más parques cubiertos que espacios de acumulación de bibliografía; la formidable Ciudad de las Letras de La Ciudadela, al respetar las colecciones y disposiciones de los libros de grandes sabios del siglo XX mexicano, se plantea a si misma más como un museo que como un espacio de investigación: el tesoro que sostiene al reino.

Todos esos proyectos le están apostando a un futuro que es posible, pero no está garantizado porque depende de un sistema cuya única regla es que no haya reglas: el de la innovación en negocios tecnológicos. Hasta ahora los formatos electrónicos han resultado más frágiles incluso que el libro de bolsillo, por no decir que un chasco: los discos compactos de primera generación ya son inaudibles, los disquetes ilegibles; en el iPhone que compré hace sólo 18 meses ya no corren ciertas apps que sí corrían la semana pasada, ¿cuándo van a dejar de correr las lecturas que alguien compró para su iPad?

A pesar de lo anterior, el tránsito de los libros y bibliotecas a formatos móviles me entusiasma, porque tiene algo de propiciatorio. Dos de las bibliotecas históricas cuya existencia me conmueve y admira más fueron portátiles: la de Julio César, que andaba por las Galias en tres carros de papiros por si se le ofrecían al general, y la de Benito Juárez, que viajaba detrás de él haciendo república: durante unos años, México era la cueva en la que los libros y archivos del presidente pasaran la noche. En los momentos de parto de la civilización latina y la mexicana, los materiales de lectura eran objetos vivos que se iban moviendo por todos lados. Es lo que son los libros: el sistema nervioso autónomo de La Tierra. Nosotros sólo los desplazamos.

Superiberia Vicente Guerrero

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