Ángel Verdugo
Columnista

Hoy, el Presidente y Morena y sus cuadros y dirigencia junto con los operadores cercanos al Presidente, lo que hacen, dicen y deciden está marcado por el proceso electoral del año próximo y por los temores ante los posibles resultados.
A medida que nos vamos acercando al principio de las precampañas, la desesperación empieza a cundir en las filas del partido en el gobierno; también, más que evidente en los tiempos actuales, esa desesperación está presente en las decisiones del Presidente y su gabinete.
Su prioridad, todo así lo deja ver, es acabar políticamente con todo adversario identificado o advertido como tal, y con aquellos que lo parezcan. Nada de analizar qué fuerzas están de su lado y cuáles se le oponen; nada de eso. Hoy, el Presidente y Morena y sus cuadros y dirigencia junto con los operadores cercanos al Presidente, lo que hacen, dicen y deciden está marcado por el proceso electoral del año próximo, y por los temores ante los posibles resultados.
Las pifias —no pocas ni superficiales sino muchas y profundas—, han empezado a ser reconocidas y aceptado que generarán consecuencias negativas el día de la votación; si bien no en público, pero sí en reuniones privadas de prospectiva electoral, las conclusiones son muy diferentes del triunfalismo de Ramírez Cuéllar y el de Delgado: se ven derrotas en el horizonte.
Nadie habla hoy de carro completo, el cual partía de ganar las gubernaturas en juego, controlar la Cámara de Diputados con más de 251 de Morena y terminaba con la obtención de un triunfo arrollador en los estados donde habrá elecciones legislativas y municipales. Los números que arrojan los primeros estudios de intención de voto, pintan un panorama muy diferente al triunfalismo que todavía hace unos meses marcaba el discurso de quienes han hecho del autoritarismo y la soberbia, el centro de su gobernación.
Un elemento que prueba lo que afirmo en párrafos anteriores es, no otro que la ofensiva emprendida por el gobierno actual y quien lo encabeza en contra de los adversarios conocidos; otra vez han aparecido los apellidos que dan para todo: Peña, Videgaray, Calderón, Anaya, González, De Hoyos y muchos más. Todos han sido puestos en el centro de la agenda del Presidente.
Para aderezar los nuevos ataques, el Presidente y los suyos agregan los viejos y desgastados recursos: entregas en efectivo, maletas llenas del mismo, casas de seguridad para guardar dichos recursos y por supuesto, están ahí siempre presentes las empresas cómplices.
¿Qué esperar de esta nueva ofensiva? ¿Carpetas de Investigación debidamente sustentadas y pruebas que lleven a la Fiscalía a consignar con miras a demostrar que todos ellos son los peores corruptos que este país ha conocido? De ninguna manera; lo que busca el Presidente es algo diferente. Sus señalamientos son una densa cortina de humo que busca confundir a los ingenuos y hacer creer a sus clientelas que los únicos políticos honrados e impolutos son él y sus cercanos y, obviamente, los candidatos de Morena a los puestos de elección popular que estarán en juego.
Sin embargo, todo así lo deja ver, las cosas no serán tan fáciles como las piensa el Presidente y sus operadores y cercanos; tampoco se dará automáticamente lo que muy pocos dan todavía como un hecho: el carro completo. Las pifias y el maltrato a actores políticos y el desprecio a los reclamos y demandas en materia presupuestal de grupos diversos, han empezado a cobrar facturas. Por si hiciere falta, habría que agregar el desprecio y la soberbia presidencial exhibidos estos días en Tabasco.
Personas cercanas a los acontecimientos con información proveniente de las áreas de inteligencia, me han hecho saber que las cosas son más graves de lo mostrado en los espacios mediáticos. Hay molestia por el uso perverso de servidores públicos que deben mentir, burdamente, para intentar maquillar la conducta del Presidente y sus cercanos.
Ante lo anterior, dados los efectos negativos que en materia de imagen presidencial son ya evidentes en la medición diaria que se lleva a cabo, una pregunta ha surgido en el círculo cercano y de más confianza del Presidente: ¿alcanzará el poco tiempo que queda de aquí a la designación de candidatos, para contrarrestar lo arriba señalado?
El consenso es: no hay tiempo, no alcanzará. En consecuencia, hay derrotas que hoy se ven inevitables. Al parejo de éstas, la orden es clara e inapelable: intensificar la campaña de desprestigio y amenazas a los adversarios para, así, reducir al máximo el número de victorias de la oposición. Ante esto, ¿qué piensa usted? ¿Logrará el Presidente su objetivo electoral?