Por: Catón  / columnista

“Ah chingao. Ah chingao”. Con voz muy queda el hombre repetía una y otra vez tales palabras en la penumbra de la iglesia. Acertó a pasar cerca el padre Arsilio y escuchó eso. “Hijo mío –amonestó con paternal benevolencia al individuo-. Estás en la casa de Dios. No debes decir aquí vocablos de los que se oyen en tabernas, lupanares y otros sitios plebeos. Vuelve la vista en tu alrededor y mirarás imágenes de santos: San Vito, protector de bailarines; San Gabriel, mensajero del Señor, arcángel al que se encomiendan los carteros; San Lorenzo, invocado por quienes asan carne; Nuestra Señora de la Luz, que ilumina a los electricistas; Santa Verónica, patrona de los fotógrafos; San Mamerto, de las nodrizas; Santa Clara, de los vidrieros; San Narciso, que protege contra el asedio de las moscas…

¿Y ante esa venerable cohorte de santas y de santos osas decir voquibles del vulgacho? ¿A qué viene eso de: ‘Ah chingao. Ah chingao’?”. “Perdone, padre –se apenó el sujeto-, pero mire usted: yo soy rubio, como puede ver. Mi esposa es también rubia. Y sin embargo acaba de dar a luz un niño negro”. Dijo entonces el buen padre Arsilio: “Ah chingao. Ah chingao”… Babalucas fue a robar elotes una oscura noche en compañía de dos amigos. El dueño del maizal llegó de pronto con uno de sus hijos, y los rateros subieron apresuradamente a un árbol para ocultarse entre sus ramas. “¿Quién anda ahí?” –preguntó el campesino en tono amenazante. Uno de los amigos de Babalucas hizo: “¡Miau!”. “Es un gato” –dijo el ranchero a su hijo.

En eso el otro amigo se agitó. “¿Quién anda ahí?” –volvió a inquirir el hombre. “¡Chirp chirp!” –hizo el sujeto. “Es una ardilla” –se tranquilizó el de la milpa. Ya se iban cuando Babalucas se movió. “¿Quién anda ahí?” –preguntó el milpero por tercera vez. Y Babalucas hizo: “¡Mú!”… Pirulina tenía tres amigas casadas. Un día la invitaron a tomar una copa en cierto bar de moda. Irían también sus maridos. Ya estando todos ahí Pirulina declaró en el curso de la conversación que tenía la rara habilidad de adivinar sin equivocarse el peso de los hombres. “¿De veras? –dudó uno de los esposos-. A ver: ¿cuánto peso yo?”. Sin vacilar respondió Pirulina: “70 kilos 900 gramos”.

“¡Asombroso” -exclamó el marido-. ¡Eso es exactamente lo que pesé esta mañana!”. Preguntó el segundo: “Y yo ¿cuánto peso?”. Con la misma seguridad dijo Pirulina: “80 kilos justos”. “Es cierto” –reconoció el que había preguntado. Pidió el tercero: “Ahora dime cuánto peso yo”. “65 kilos con 300 gramos” –contestó Pirulina. “Así es, en efecto” –manifestó el esposo. Una de las amigas intervino: “Ahora dinos cuánto pesa aquel piano”. “Eso no lo puedo calcular –confesó con franqueza Pirulina-. Nunca he tenido un piano encima”… Afrodisio, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, les hizo una pregunta a sus amigos: “¿En qué se parecen los predicadores religiosos a unas piernas de mujer?”.

Él mismo dio al punto la respuesta: “Unos y otras prometen la gloria allá arriba”…El anciano campesino estaba a la orilla de la carretera como esperando algo. Pasó un viajero en su coche y se detuvo. Le preguntó: “¿Puedo ayudarlo en algo?”. “Voy al pueblo vecino” –dijo el provecto señor. “Suba –lo invitó el viajero-. Yo lo llevo”. En el trayecto le preguntó: “Si no es indiscreción ¿qué edad tiene usted?”. Respondió el viejecito: “90 años”. El conductor lo felicitó: “Pues se ve muy bien”. Dijo el aldeano: “Mi papá está mejor que yo. Ayer cumplió105 años y hoy va a casarse por tercera vez después de haber tenido dos esposas”. El viajero quedó estupefacto: “¿105 años tiene su papá y quiere casarse?”. Contestó el anciano: “No es que quiera. Tiene qué”… FIN.