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De la Redacción

El Buen Tono

Orizaba.- La reserva del río Orizaba vuelve a estar en el ojo del huracán, pero esta vez no por falta de presupuesto o abandono gubernamental, sino por una denuncia que apunta directamente a su dirección. Tras la muerte del tigre de Bengala conocido como “Toño”, fuentes internas del manejo de la Unidad de Manejo Ambiental (UMA) señalaron que la coordinadora Brenda Abaroa Ortiz habría sido la última persona en atender al felino… y quien, le aplicó una dosis que resultó letal.

De acuerdo con los testimonios recabados, la mañana del jueves Toño se encontraba en aparente estabilidad. Sin embargo, fue después de que Abaroa Ortiz lo medicara que el animal presentó un colapso fulminante, lo que apunta que la coordinadora se excedió en la dosis, y que el fármaco administrado, del cual aún no se ha revelado el nombre, terminó por provocar la muerte del ejemplar.

Pero el caso de Toño no es un hecho aislado, sino la punta de un iceberg de negligencia. En el mismo predio, la tigresa llamada “Tímida” se encuentra en la jaula de mayor tamaño, pero en un estado que conmueve, ya que visitantes que se han percatado del ejemplar señalan que la tigresa se encuentra extremadamente delgada, con dificultades para mantenerse en pie y casi sin capacidad para caminar. Su figura esquelética contrasta con la de un depredador que debería ser símbolo de fortaleza.

En otra jaula contigua, permanece la hembra conocida como “Enojona”, o “Colita Mocha”, cuyo nombre refleja más el estrés del cautiverio que una identidad biológica. Su comportamiento errático y su condición física también preocupa a los visitantes, sin que hasta ahora alguna autoridad federal haya girado una inspección extraordinaria.

Los visitantes de la reserva cuestionaron sobre cuántos animales más tendrán que morir en esta reserva antes de que se investigue a fondo la gestión del ayuntamiento de Orizaba y de la encargada Brenda Abaroa Ortiz, pues destacaron que no es la primera vez que se señala a la UMA por falta de cuidados y transparencia.

Destacaron que, mientras la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) no actúe de oficio, lo que queda es el olor a muerte en la reserva y la imagen de una tigresa que ya no puede ni levantarse. 

La ley de vida silvestre es clara: medicar a un animal en cautiverio sin registro ni supervisión es una falta grave. Si además se confirma el exceso de dosis, el caso podría pasar de negligencia a homicidio animal.

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