Ing. Fernando Padilla Farfán
Columnista

En una ocasión llegaron a México tres ingenieros franceses cuya especialidad era la construcción de autopistas de altas especificaciones, cuyas obras las hacían no tan solo en Francia, sino en cualquier nación que requiriera sus servicios. Era la primera vez que visitaban un país de América Latina. Su presencia obedecía a una invitación del Gobierno mexicano para participar en el diseño de un proyecto carretero sobre las montañas del noroeste del país.

Cuando del Aeropuerto de la Ciudad de México se dirigían a Cuernavaca, sede de Capufe (Caminos y Puentes Federales de Ingreso y Servicios Conexos), al aproximarse a la curva conocida como “La Pera”, cuyo trazo tiene la forma de la fruta, lugar de muchos accidentes; preguntaron a sus interlocutores mexicanos, también ingenieros, que cual era el sentido de la inusual cantidad de letreros anunciando peligro, semáforos con luces rojas, vialetas reflejantes y luces que encendían y apagaban. Los mexicanos, comedidamente trataron de explicar que eso obedecía a que, por el trazo tan forzado de la carretera, muchos vehículos tenían accidentes fatales.

Con cara de asombro e incredulidad y casi al unísono, en claro español exclamaron que cómo era posible que en México se construyeran carreteras para que la gente se accidentara, que eso era atentar contra la vida de los usuarios que pagan el peaje a cambio de seguridad y comodidad. Agregaron que la tecnología moderna era capaz de hacer las carreteras casi rectas, utilizando puentes altos y túneles largos, pero jamás hacer algo como lo que acababan de presenciar.

Si estos u otros especialistas extranjeros se enteraran que a pesar de las vidas que ha costado, desde hace 20 años no nos hemos podido poner de acuerdo si el libramiento de las ciudades deba construirse por la izquierda o por la derecha, seguramente repetirían lo que dijeron cuando estaban a punto de regresar a su país: “El surrealismo es la única explicación a muchas cosas extrañas que pasan en México”.