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De la redacción
El Buen Tono

Durante décadas, el petróleo marcó el pulso del poder económico y político mundial. Hoy, ese lugar lo ocupan los llamados minerales críticos, recursos como litio, cobalto, níquel, grafito y tierras raras, indispensables para fabricar teléfonos inteligentes, baterías, autos eléctricos, paneles solares, semiconductores y sistemas de defensa.

En medio de esta transformación, Estados Unidos ha intensificado su estrategia para asegurar el acceso a estos insumos y reducir su dependencia de Asia, especialmente de China, que domina gran parte del mercado global de extracción y, sobre todo, de procesamiento.

Durante el segundo mandato del presidente Donald Trump, los minerales críticos se han convertido en una prioridad de política exterior. La administración republicana ha promovido acuerdos con países aliados mediante el llamado friendshoring, un modelo que busca establecer cadenas de suministro entre naciones consideradas estratégicas y confiables.

Hasta ahora, Washington ha firmado entendimientos bilaterales con Ucrania, Arabia Saudita, Japón, Tailandia, República Democrática del Congo, Malasia y, recientemente, México.

El objetivo es contrarrestar la influencia de China, que controla cerca del 60 por ciento de la producción mundial de tierras raras y más del 85 por ciento de la capacidad de refinación, una ventaja que le ha permitido consolidar un papel central en la industria tecnológica global.

En contraste, Estados Unidos externalizó durante años gran parte de su cadena de suministro. Aunque cuenta con reservas minerales, depende de importaciones o de materiales refinados en territorio chino. Esta vulnerabilidad quedó expuesta durante la pandemia, cuando las interrupciones logísticas afectaron sectores estratégicos.

Como respuesta, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva para acelerar acuerdos comerciales que fortalezcan la seguridad nacional y permitan incluso imponer precios mínimos o restricciones a las importaciones de ciertos minerales.

En este contexto surgió un Plan de Acción bilateral con México, anunciado en Washington por el representante comercial Jamieson Greer y el secretario de Economía, Marcelo Ebrard. El acuerdo busca reforzar la resiliencia de las cadenas de suministro ante riesgos geopolíticos y distorsiones del mercado.

Durante los próximos 60 días, ambos gobiernos evaluarán políticas comerciales coordinadas, posibles precios mínimos ajustados en frontera, cooperación técnica, incentivos a la inversión y mecanismos de respuesta rápida ante interrupciones.

También se prevé identificar proyectos estratégicos de minería, procesamiento y manufactura, así como compartir información geológica para facilitar nuevos desarrollos.

México ocupa una posición clave en esta estrategia. Aunque no lidera la producción de litio como Chile o Argentina, posee yacimientos relevantes, como el de Sonora, y cuenta con una sólida infraestructura industrial integrada a Estados Unidos gracias al T-MEC. Además, es uno de los principales centros de manufactura automotriz, sector que avanza hacia la electrificación.

Para Washington, asegurar minerales en territorio mexicano significa garantizar que baterías y vehículos eléctricos producidos en Norteamérica cumplan con reglas de contenido regional y reduzcan la dependencia de proveedores chinos.

En el plano regional, América Latina se consolida como un eje estratégico. El llamado triángulo del litio —Argentina, Bolivia y Chile— concentra más de la mitad de las reservas mundiales. Brasil, Perú, Colombia y México también aportan recursos clave como cobre, níquel y grafito.

Especialistas señalan que la competencia no se limita a extraer minerales, sino a construir cadenas completas que incluyan procesamiento, manufactura y reciclaje, con el fin de disminuir costos y fortalecer alianzas.

El Departamento de Energía de Estados Unidos considera críticos a aquellos minerales esenciales para la economía y la seguridad nacional cuya disponibilidad es vulnerable. Estos materiales son la base de la transición energética y de las tecnologías del futuro.

Así, la carrera por los minerales críticos se perfila como la nueva batalla estratégica del siglo XXI, con América Latina —y México en particular— convertidos en piezas centrales de un tablero donde se definirá el liderazgo económico y tecnológico global.

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