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Comenzó a consumir alcohol a los 17 años y después pasó a otras sustancias; tras dos años y medio de consumo, lleva casi tres meses en rehabilitación en un centro gratuito de Córdoba.

CÓRDOBA, VER.- A los 19 años, Brayan Alexander enfrenta un proceso para dejar atrás el consumo de cristal y reconstruir su vida. Lo que comenzó como una invitación de sus amigos a probar alcohol, cuando tenía 17 años, terminó en una dependencia que lo llevó a ingresar a un centro de rehabilitación.

El joven relató que el consumo fue aumentando hasta llegar al cristal, una sustancia que marcó los últimos dos años y medio de su vida. Al principio le costó aceptar que necesitaba ayuda, pero la insistencia de sus familiares lo llevó a buscar una oportunidad para cambiar.

“Estoy en un proceso de rehabilitación de tres meses, ingresé por consumo de cristal y mis familiares me convencieron de que entrara para cambiar mi vida. Al principio era difícil aceptar”, compartió.

Actualmente acumula dos meses y 25 días dentro de un centro de ayuda en Córdoba, donde recibe atención gratuita. De acuerdo con su testimonio, el lugar ofrece acompañamiento sin maltrato y permite que los jóvenes participen en actividades para apoyar su funcionamiento.

Entre ellas está la elaboración y venta de galletas. Los productos llegaron incluso a una iglesia de su comunidad en Xalapa, donde se dio a conocer el trabajo que realizan y el proceso de recuperación de quienes permanecen en el centro.

Brayan reconoció que todavía no sabe cuánto tiempo necesitará para consolidar su recuperación, aunque tiene claro que quiere mantener una mejor calidad de vida y alejarse de las sustancias.

Desde su experiencia, advirtió sobre el riesgo que representa el consumo de drogas entre los jóvenes y el bajo costo con el que, en ocasiones, pueden acceder a ellas. Aseguró que una dosis de cristal puede conseguirse por alrededor de 50 pesos, pero sus consecuencias pueden poner en riesgo la vida.

Ahora busca que su historia sirva como mensaje para otros jóvenes: pedir ayuda y mantenerse sobrio representa una oportunidad para cambiar el rumbo antes de que el consumo tenga consecuencias irreversibles.

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