“Mi marido se hizo la vasectomía”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, le comentó eso a Tirolina, la linda mucama de la casa. “Ay, señito –replicó ella-. Dicen que esa operación a veces falla. No sé usted, pero yo voy a seguir tomándome la píldora”… Don Lonelio era un solterón empedernido. Rondaba ya la cincuentena y se había mantenido célibe. Solía repetir un antiguo proverbio castellano: “El buey solo bien se lame”, y citaba la frase del filósofo a quien alguien le preguntó a qué edad el hombre se debía casar. Respondió: “Los jóvenes todavía no. Los viejo ya no”.  También decía: “La mujer se casa pensando que su marido cambiará. El hombre se casa pensando que su esposa no cambiará. Ambos se equivocan”. A los amigos de don Lonelio les extrañaba su soltería. Uno de ellos le preguntó después de que los dos se habían tomado algunas copas: “Dime aquí entre nos, Lonelio: ¿te gustan las mujeres?”. “¡Claro que me gustan! –exclamó él, vehemente-. ¡Si no me gustaran ya me habría casado con una sola!”… El buen padre Arsilio oyó la confesión de Pirulina, joven mujer de su parroquia. La pizpireta chica se acusó de tener tratos de colchón con Pedro, Juan y varios. Y esos varios eran muchos. “Pero, hija –la amonestó paternalmente don Arsilio-. ¿Qué ganas con eso?”. “Padre –se molestó la muchacha-. ¿Es confesión o auditoría?”. (La angustiada madre reprendió a su hijo, ebrio consuetudinario: “¿Qué ganas con emborracharte?”. Replicó el beodo: “No lo hago por negocio”)… Don Cárcamonio, señor de edad muy avanzada, contrajo matrimonio con Liriola, mujer pimpante, exuberante y rozagante. El añoso galán procedió a la consumación del matrimonio en los términos de lo prescrito por la legislación civil y la canónica. Al acabar de cumplir con ese débito quedó tan agotado por el ingente esfuerzo que por poco se le acabó ahí el aliento de la vida. De espaldas en el lecho, inerte el cuerpo, pálido el semblante, la mirada extraviada en el vacío, perdidas las tres potencias del alma (memoria, entendimiento y voluntad), Liriola lo vio tan mal que solicitó con urgencia los servicios del médico del hotel, a quien le relató lo sucedido. Seguidamente le preguntó llena de inquietud: “¿Qué le doy, doctor?”. Respondió el facultativo: “En adelante, señora, al ir a la cama con su marido dele nada más las buenas noches”… Sonó el teléfono en la oficina parroquial y contestó el sacristán: “Parroquia de San Ildefonso”. Ninguna voz se oyó. Un minuto después el teléfono volvió a sonar. Contestó otra vez: “Parroquia de San Ildefonso”. Silencio al otro lado. Luego de un rato el teléfono sonó de nuevo. Repitió el sacristán: “Parroquia de San Ildefonso”. Ahora sí se escuchó una voz de mujer: “Ay, perdone, señor. Es que encontré este número telefónico en la cartera de mi esposo y no podía creer que fuera el de una iglesia”… Don Feblicio le comentó a su esposa: “El médico me dijo que debo renunciar al 50 por ciento de mi vida sexual”. Preguntó la señora: “¿Y a cuál 50 por ciento vas a renunciar? ¿A la mitad en que sueñas o a la mitad de que hablas?”… Himenia Camafría, soltera que andaba alrededor de los 40 (no decía cuántas vueltas les había dado), conservaba la peligrosa costumbre de fumar. Sus amigas le decían que ese feo hábito había pasado ya de moda y que ahora se veía muy mal a quien fumaba, pero ella seguía tragando humo con riesgo para su salud. Cierto día una amiga le preguntó porqué fumaba. “No me casé –explicó la señorita Himenia-, y para mí el cigarro es como un marido”. “Pues eres una pendeja –le dijo la amiga-. En ese caso debías fumar puro, que es de mayor tamaño”… FIN.