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De política y cosas peores

Superiberia

CATÓN
Columnista

Don Chinguetas le comentó a su esposa doña Macalota: “Leí que el cuerpo humano está hecho en un 90 por ciento de agua. ¡Cómo me gustaría beberme a la guapa vecina del 14!”. “¿Con qué? –replicó doña Macalota-. Ya no tienes popote”. (Palabra muy mexicana ésta, “popote”, que equivale a pajilla para sorber líquidos. Viene del náhuatl “popotl”, que significa tallo hueco y delgado. Del hombre enflaquecido se dice que está hecho un popote y del flojo o perezoso que no levanta ni un popote)… En medio de la noche empezaron a sonar los tambores de los pieles rojas que habían rodeado a la caravana de pioneros. El guía de la expedición le dijo, preocupado, al jefe del grupo: “No me gusta nada el sonido de esos tambores”. Se oyó la voz de un piel roja: “Es que nuestro percusionista titular está de vacaciones”… Dulcilí se inscribió en un club nudista. Días después le comentó a una amiga: “Lo primero que aprendí ahí fue que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre está equivocada”. “¿Por qué?” –preguntó la amiga. Explicó Dulcilí: “No todos los hombres han sido creados iguales”… San Camilo es un amable santo. Hombre de estatura gigantesca –medía 2.10 metros-, sus pies eran desmesuradamente grandes. En un templo de Florencia se conserva una de sus sandalias y quien la mira no puedo contener una sonrisa, por el tamaño enorme del calzado. Aventurero, jugador, borracho, se convirtió de pronto a la vida religiosa movido por el sufrimiento de los soldados que morían de sus heridas en el campo de batalla sin atención alguna. Se hizo médico este San Camilo y así, cuidando a los que padecían soledades y dolores, ganó la santidad. Fundó la orden de los camilos, dedicados a la atención de enfermos, que en estos tiempos de pandemia ha realizado una ejemplar labor en algunos países europeos, particularmente Italia. Todo esto viene a cuento porque sucede que la señorita Peripalda, catequista, le regaló al padre Arsilio una medalla de San Camilo. Cometió el buen sacerdote la imprudencia de mostrársela a su sacristán, un tal Ciriano y le gustó tanto la medalla al hombre que se la pidió al señor cura. Éste la negó al principio, pero el raspavelas porfió y porfió, obstinado. Ni a sol ni a sombra dejaba en paz al párroco con su insistente demanda de que le obsequiara la medallita. Cuando don Arsilio estaba oficiando misa el sacristán le hacía con las manos, desde la puerta de la sacristía, una seña indicativa del tamaño del pie de San Camilo, lo cual llamaba la atención de los fieles y perturbaba al oficiante. Tanto insistió el pertinaz sujeto que finalmente el sacerdote cedió a sus instancias y mal de su grado le entregó la medalla. Esa misma tarde la señorita Peripalda fue a confesarse con el padre Arsilio. Le contó: “Señor cura: el sacristán Ciriano ha empezado a cortejarme con  intención libidinosa”. “Hija mía –suspiró pesarosamente el sacerdote-, desde ahora date por cogida”… Un señor le dijo a otro: “El Viagra tiene un efecto colateral”. Preguntó el otro: “¿Qué efecto colateral es ése?”. Respondió el señor: “Desde que empecé a tomarlo, a mi esposa le volvieron aquellos dolores de cabeza que le daban por la noche y que se le habían desaparecido ya”… Don Florito y doña Pasita cumplieron 50 años de casados. La noche del aniversario ella le dijo evocadoramente a su marido, ya en la cama: “Recuerdo que en nuestra noche de bodas tú empezaste a mordisquearme la orejita en forma muy erótica”. Al oír eso don Florito se levantó del lecho. “¿A dónde vas?” –le preguntó doña Pasita. Respondió con voz feble el añoso caballero: “A ponerme la dentadura postiza”… FIN.

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