Superiberia

CATÓN
Columnista

De la Reina Victoria se dice que cuando su real consorte, el Príncipe Alberto, le hacía el amor, ella cerraba los ojos y se ponía a pensar en Inglaterra. Igual talante, o parecido, tenía doña Macalota, que en lo atinente a la cuestión del sexo se mostraba más bien fría. Si su esposo, don Chinguetas, la abordaba en el lecho conyugal solamente dejaba hacer, dejaba pasar, al modo de los fisiócratas del liberalismo económico. Alguna vez un médico le preguntó: “¿Es usted activa sexualmente?”. “No –respondió ella-. Yo nada más me pongo”. Por eso se sorprendió el marido cuando una noche llegó a su domicilio y fue recibido por su mujer en forma por completo inusitada. Doña Macalota se había soltado el pelo. Maquillada como mujer galante vestía prendas en extremo exóticas: brassiére de media copa en piel de color negro; brevísima tanga del mismo material e igual color; medias de malla con liguero; zapatos de tacón aguja. Llevaba en las manos, además, un pequeño maletín. Estupefacto, don Chinguetas le iba a preguntar la causa de aquella insólita conducta, pero ella le impuso silencio llevándose a los labios el dedo índice de la mano derecha. Seguidamente lo condujo a la segunda planta de la casa y lo hizo entrar en la recámara. Ahí, sin decir palabra, procedió a desnudarlo enteramente y a tenderlo de espaldas en el lecho. A continuación abrió el maletincito que llevaba y sacó de él cuatro cuerdas con las cuales ató de pies y manos a su esposo a los postes de la cama. Para entonces don Chinguetas estaba ya excitado. Supuso que su esposa iba a poner en práctica con él alguna fantasía sexual largamente contenida, alguna acción erótica de las que se ven en los filmes pornográficos. Algo se inquietó cuando doña Macalota sacó un esparadrapo y con él le tapó la boca. Eso no se veía en las películas citadas. Aun así esperó los lúbricos acontecimientos que de seguro iban a seguir. Ninguno sucedió. Ya con su marido impedido de todo movimiento y silenciado por el esparadrapo, la señora le hizo un frío ademán de despedida y se fue a disfrutar el último episodio de la serie que estaba viendo, en la seguridad de que don Chinguetas, contrariamente a lo que hacía siempre, no la iba a interrumpir con sus necedades… Muchos y muy variados nombres hay para ponerle a un perro. Firuláis es uno de ellos, emblemático. Solovino es otro, icónico también. En mis tiempos de infancia los gozques que acompañaban a las solteronas se llamaban casi siempre con un nombre que actualmente se ha puesto muy de moda: Fifí. En aquellos años los perros eran solamente eso, perros; no había la variedad de razas que hay ahora. Se llamaban Káiser, Nerón o Barrabás. Don Abundio el del Potrero tenía un caniche de pelaje extraño, con manchas blancas, negras, grises y cafés. Lo llamó Almirante, pues todos, explicaba, se “almiraban” al verlo. Pues bien: cierto señor le puso a su perro un nombre peregrino: Sexo. Fue a la oficina correspondiente de la municipalidad y le pidió al encargado: “Quiero una licencia para Sexo”. Replicó el funcionario: “A mí también me gustaría tener una, pero si mi mujer se entera de que la tramité me mata”. Inquieto era el perro y ladraba con el menor motivo. El señor le comentó a un amigo, hombre que no se había casado: “El Sexo me despierta por las noches”. Dijo el otro: “Con frecuencia me sucede lo mismo, pero me las arreglo”. En cierta ocasión el perro se salió de la  casa a media noche y su dueño fue a buscarlo. Lo detuvo una patrulla de la policía. “¿Qué hace usted en la calle a esta hora?”. Respondió el señor: “Ando en busca de Sexo”. Fue llevado a la comisaría acusado de conducta inmoral… FIN.

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