Superiberia

En la barra de la cantina una guapa mujer estaba bebiendo, sola, su martini dulce. Tomó por el cabito la cereza que acompañaba a la bebida y empezó a pasar su lengua por ella suavemente. Un tipo que estaba cerca vio eso y fijó la mirada en la acción de la atractiva dama. Siguió ella dando morosas lamiditas a  la cereza. El individuo, concentrado, la seguía viendo. De pronto la mujer mordió con fuerza la cereza. El sujeto se llevó ambas manos a la entrepierna y gritó con un gesto de dolor: “¡Ay!”. (¿Qué  estaría pensando?)… Un señor le dijo a otro: “Soy hombre de pocas palabras”. Respondió el otro: “Yo también soy casado”… Doña Macalota estaba viendo en la tele el programa de un famoso chef. Le espetó su marido, don Chinguetas: “¿Para qué ves esos programas? Sólo entras a la cocina una o dos veces en el año”. Ripostó doña Macalota: “¿Entonces para qué ves tú películas pornográficas?”… La realidad es una señora terca y de carácter firme. Cuando alguien la contradice alza la voz, lo desmiente y lo deja mal parado por haberse atrevido a negarla. López Obrador y su vocero, el mixtificador López-Gatell, han desvirtuado sistemáticamente la verdad en lo que hace a la pandemia. En varias ocasiones proclamaron que la plaga estaba dominada, que la curva de mortalidad se había aplanado, que lo peor había pasado ya. La realidad se ha encargado de darles un mentís rotundo. Las cifras de los contagiados y los fallecidos crecen; el manejo de las vacunas es caótico; no se observa un plan de acción coherente y bien llevado a fin de enfrentar con eficacia el gravísimo problema. Más que con hechos al virus se le está combatiendo con palabras, muy alejadas además de lo que en verdad sucede. Para colmo el Presidente se empeñó en un principio en que el gobierno fuera la única instancia en la lucha contra la pandemia y sus efectos. Debió saber, como jugador de béisbol que es, que nadie puede ser al mismo tiempo pitcher, cátcher, primera base, short stop y jardinero izquierdo. (Y ampáyer además). Nunca es tarde. Abra todas las puertas a la libre actuación de los particulares, como lo hizo ayer al autorizar -¡autorizar, háganme ustedes el refabrón cavor!- la compra y aplicación de las vacunas por parte de empresas privadas. La pandemia no sólo no ha cedido, sino que quizá falta todavía lo peor. A pesar de eso AMLO sigue sin usar cubreboca en sus comparecencias, con lo cual muestra al mismo tiempo soberbia e irresponsabilidad. Mal anda un barco cuyo capitán no es el primero en dar ejemplo de disciplina y orden. Así andamos… En la soledad del paraje campirano el galán le pidió a su prometida que realizaran ahí el más completo e íntimo de los amorosos actos. Al fin y al cabo, le dijo para convencerla, faltaba poco tiempo ya para su boda. Ella accedió a la petición, pero a su vez le hizo a su novio una solicitud. “Soy virgen, doncella, señorita –le manifestó-. Ésta será la primera vez que lo haga. Te ruego entonces que procedas con delicadeza”. Delicadamente, en efecto, procedió él. Grande fue su sorpresa, por lo tanto, cuando a poco de iniciado aquel connubio la novia empezó a moverse en forma que habría envidiado la más lasciva odalisca de serrallo o la más lúbrica meretriz de lupanar. Tales fueron sus movimientos que prontamente llevaron al anheloso joven al culmen y sucesivo término de la coición. Acabado que fue el trance el muchacho, suspicaz, se dirigió con recelo a su dulcinea. “Me dijiste que eras señorita –le recriminó-, pero tus movimientos no fueron los de una doncella virginal”. “No –replicó la muchacha, exasperada-. Fueron los de una doncella a la que el pendejo de su novio acostó sobre un hormiguero”… FIN.

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