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De política y cosas peores

Se les llamaba “enfermedades secretas”. En estos tiempos de la 4T habrían sido declaradas asunto de seguridad nacional a fin de mantenerlas ocultas. Se adquirían por contagio sexual. Algunas eran de alta mortalidad, o causaban daños irreparables, como la sífilis; otras, menos letales, se curaban con una o varias aplicaciones de la pomada llamada “del soldado”, que los enfermos pedían en modo vergonzante en las boticas.

La venturosa llegada de la penicilina trajo consigo un cambio radical en el tratamiento de esos temibles males. Loado sea Sir Alexander Fleming, cuyo gran descubrimiento permitió a la humanidad doliente follar con mayor tranquilidad, eso hasta que el sida volvió a poner temor y sobresaltos en los ejercicios de colchón. Lo que voy a contar sucedió cuando no había ninguno de los remedios que hay ahora para curar aquellas enfermedades secretas tan públicas.

Un desdichado individuo llegó con un doctor y le dijo que había contraído un mal venéreo tan grave que temía que su atributo varonil tuviera que serle amputado. El facultativo le revisó la mencionada parte y luego le anunció: “No será necesario amputársela”. “¿De veras, doctor?” -preguntó lleno de ilusión el hombre. “De veras” -confirmó el facultativo. Y le ordenó seguidamente: “Súbase a esa silla”. Obedeció el paciente. “Ahora salte”. Saltó el sujeto, y con el salto el atributo antes mencionado se le desprendió. “¿Lo ve? -declaró con notorio orgullo profesional el médico-.- La amputación no era necesaria”.

El cuento viene a cuenta por lo que con notable visión del futuro manifestó López Obrador en el sentido de que no habrá nadie que pueda echar abajo sus reformas. Quizás, como en el relato, no será necesario echarlas abajo. Lo más probable es que se caerán solas. Grande fue la sorpresa del señor Cucoldo cuando al volver a casa al término de un viaje halló a su esposa en el lecho con un desconocido. “¡Ah! -exclamó en paroxismo de iracundia-. ¡Esto me lo va usted a pagar!”.

Alegó calmosamente el individuo: “Ya le pagué a ella”. Don Rugadito, señor de edad más que madura, le hizo un favor muy grande a Lorilí, vecina suya hermosa y joven. Le dijo ella, emocionada: “¡Caray, don Ru! ¡No tengo con qué pagarle!”. “Tú sí tienes con qué pagarme, linda -suspiró el añoso caballero-. El que ya no tiene con qué cobrarte soy yo”. Indejia se llamaba aquel país. El gentilicio de sus habitantes era indejo. Los indejos se caracterizaban por ser cortos de entendederas.

Uno de ellos, necesitado de dinero, secuestró a un niño y escribió un mensaje dirigido al papá de la criatura: “Soy de Indejia y he secuestrado a su hijo. Si no me entrega usted 20 mil pesos no respondo de las consecuencias”. Seguidamente le prendió el mensaje con un alfiler al niño en la blusita y lo envió a su casa. Horas después recibió una bolsa con los 20 mil pesos y un mensaje del padre del pequeño: “Yo también soy de Indejia, y jamás pensé que un indejo pudiera secuestrar al hijo de otro indejo”.

Lorenzo Rafail, joven y robusto campesino, le dijo a María Candelaria, la flor más bella del ejido: “Vamos atrás de la nopalera. Le juro que no le haré nada”. “Uh no -rechazó con desdén la invitación la garrida moza-. Si no me va a hacer nada entonces a qué vamos”.
Dos amigos estaban en un bar. Llegó una rubia de opulentas formas y ocupó uno de los bancos de la barra. “¡Qué mujer!” -exclamó lleno de admiración uno de los tipos-. Voy a pedirle su teléfono”. Se dirigió a donde estaba la atractiva fémina y regresó al punto. Le dijo a su amigo: “Ya tengo su número”. “¿De veras? -preguntó el otro-. ¿Cuál es?”. Respondió su compañero, mohíno: “Cinco mil pesos”. FIN.

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