CATÓN
Columnista

“¿Cómo es el matrimonio?”. Esa pregunta le hizo Dulcilisa, joven soltera, a su amiga Gloribel, recién casada. “Te diré –respondió ella–. Al principio es muy bonito. Todo es amor, alegría, armonía y felicidad. Pero luego termina la fiesta de bodas y…”… Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Tenía una pequeña milpa en la cual sembraba maíz. Linda palabra es ésa, milpa. Viene del náhuatl “milli”, que significa sementera. “Le llovió en su milpita”, decimos de aquél que ha tenido buena suerte en sus negocios, o en la política, que para algunos es el mejor de los negocios. Don Abundio suele decir que en Ábrego somos milperos. Le preguntan: “¿Siembran maíz?”. “No –responde–. Tenemos manzanos, ciruelos y duraznos. Pero cae la helada… Pero nos granizó… Pero la fruta no tuvo precio… Somos mil-peros”. Advierto, sin embargo, que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. Un vecino de Capronio le contó que había tenido problemas graves con los cuervos, que se comían los elotes. “Pero puse un espantapájaros en el maizal–le dijo el vecino-, y los cuervos se alejaron”. “Eso no es nada –replicó Capronio–. Yo puse en la milpa un retrato de mi suegra, y los cuervos no sólo se alejaron: me devolvieron los elotes que se habían robado el año anterior”… El niñito lloraba desconsoladamente. Su mamá le preguntó, alarmada: “¿Por qué lloras?”. El pequeño contestó entre lágrimas: “Es que mi papi va a matar a la sirvienta”. La señora se sorprendió: “¿Por qué piensas tal cosa?”. “Explicó el niño: “Oí que le dijo a la muchacha: ‘De esta noche no pasas, mamacita’”… El piloto del avión informó por el sistema de sonido a quienes iban en el vuelo: “Hemos perdido los dos motores de la nave, y entramos en picada. Es mi deber informarles que pereceremos todos”. Un grito de espanto surgió entre los pasajeros. Un sacerdote que viajaba entre ellos trató de consolarlos: “No os aflijáis, hijos míos –les dijo con emotiva voz–. Llegaremos al Cielo”. Acotó el piloto de la nave: “Sólo que sea en el rebote, padre. Precisamente vamos en dirección contraria”… Lord Highrump, famoso cazador inglés, les mostró a sus visitantes la piel de oso negro que había puesto como alfombra en la sala. “A esta bestia feroz –narró con acento dramático– le di muerte en combate en un bosque canadiense. Apareció de pronto entre los pinos y se lanzó hacia mí. Su ataque fue tan súbito que no me dio lugar a dispararle con mi rifle Magnum, especial para caza mayor. Erguido en toda su estatura –más de 2 metros medía el animal, como ustedes pueden ver por el tamaño de su piel– el oso me tomó entre sus membrudas patas delanteras y me estrechó tan fuertemente que pensé iba a morir en aquel letal abrazo. Por fortuna traía en la cintura mi cuchillo, un Bowie knife americano, y se lo clavé al plantígrado en el corazón. Al punto cayó la fiera mascullando maldiciones en un idioma desconocido para mí. Tuve que matar al oso, amigos míos: éramos él o yo”. Comentó lady Loosebloomers: “Qué bueno que fue él”. “¿Por qué lo dice?” –se extrañó sir Highrump–. Explicó la señora: “Se habría visto usted muy mal de alfombra con las pompas hacia arriba”… La púdica doncella transilvana le dijo en la mañana a su mamá: “Anoche se abrió de pronto la ventana de mi alcoba. Revolaron las cortinas y a través de ellas entró al cuarto un hombre de espeluznante aspecto que se cubría con una amplia capa negra con semejanza de alas de murciélago. Creo que era Drácula”. Preguntó la señora: “¿Qué te hizo?”. La cándida joven describió en detalle lo que el siniestro visitante le había hecho. Al punto dictaminó la madre: “No era Drácula”… FIN.