Andrés Timoteo
Columnista

DÍA 40: EL VIRUS Y LA PRENSA
La última vez que visité la sede matriz de Reporteros Sin Fronteras (RSF) en la pintoresca calle Vivienne del barrio 2 de París – con la debida disculpa por recurrir a la primera persona- había apilados cascos y chalecos antibala que la organización enviaba a naciones del Medio Oriente y África que están en guerra o azotadas por el terrorismo.
Eran componentes de protección para los colegas que hacen su trabajo en medio de los conflictos armados. Me llamó la atención que dicho equipo no llevara inscrita la palabra “PRENSA”, “PRESS” en inglés o “PRESSE” en francés y el motivo es razonable: muchas veces portar esas siglas es colocar una diana a los periodistas, sobre todo en países donde las partes involucradas en la guerra los consideran enemigos por informar.
 Hoy, imagino que en lugar de cascos y chalecos protectores debe haber mascarillas, trajes impermeables, guantes y gafas porque al quehacer de la prensa se sumó una amenaza más: el Coronavirus. El periodismo es una actividad esencial para el mundo y los reporteros cubren la noticia ya sea bajo la lluvia de balas o expuestos al contagio de la gripe. Ellos siguen en la calle yendo donde se genere la noticia.
 La documentan ya sea en un hospital, una funeraria, en la vía pública atestada de cadáveres -como en Guayaquil, Ecuador- o los geriátricos que devinieron en pabellones de la muerte. La prensa debe informar y eso implica riesgo de ir donde el peligro pues no todo se reduce al comunicado oficial o la declaración del funcionario. Esta calamidad como tantas otras hay que reportearla en in situ.
 Muchos compañeros están en esa línea de batalla, aunque no es algo nuevo en la actividad reporteril. Empero, este quehacer y en general la libertad de expresión pagan una cuota negativa en estos momentos pues la plaga de gripe da pretexto a gobiernos autoritarios para limitarla. Por ende, no es extraño que los periodistas se vuelvan incómodos en tiempos de la pandemia cuando no se tragan el relato oficial.
 “Los gobiernos autoritarios ven en la crisis sanitaria la oportunidad de aplicar la famosa ‘doctrina del shock’: aprovechar la interrupción de la vida política, la consternación de la población y el debilitamiento de los movimientos sociales, para imponer medidas que sería imposible adoptar en condiciones normales”, señala Christophe Deloire, secretario general de RSF.
 Ayer, la organización con sede en París hizo público el reporte anual llamado “Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa” en el que resalta que la pandemia ha dado pie a regímenes gubernamentales autocráticos -como los de China, Irán, Irak y Hungría- para limitar esa libertad, censurar información y hostigar medios informativos. En México, que también tiene un absolutista en palacio nacional, poco faltó para que lincharan al conductor Javier Alatorre por una opinión discrepante del discurso oficial.
 
TESTIGO SOLVENTE
 Pues bien, de acuerdo con el reporte de RSF la pandemia del Covid-19 incide en el ejercicio periodístico y la organización alerta para no permitir que el inicio de esta década sea catastrófico para la libertad de prensa y llama a defender al periodismo para que éste pueda cumplir su papel de “testigo solvente” o sea creíble, lo que es un bien invaluable para la sociedad: que la prensa informe y que la gente les crea.
En la clasificación 2020 de RSF sobre la calidad de la libertad de expresión, México ocupa el lugar 143 de 180 países -o está entre los cincuenta peores- y se mantiene como el país más peligroso para el ejercicio periodístico en el continente americano. La dichosa “cuarta transformación” no ha hecho nada para atenuar el salvajismo y los asesinatos contra la prensa.
 “El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador no ha logrado frenar la espiral de violencia contra los periodistas ni poner fin a la impunidad en que permanecen los crímenes cometidos contra ellos. En este país –como sucede con sus vecinos centroamericanos– persiste la colusión de políticos corruptos y autoridades (sobre todo locales) con el crimen organizado, que va más allá del ámbito político, lo que amenaza gravemente la seguridad de los actores de la información”, expone.
Ya antes, en su Informe 2019, Reporteros Sin Fronteras había ubicado a México junto con Siria como los dos países “más mortíferos para los periodistas” pues ambos acumularon diez reporteros asesinados en ese año, seguidos por Pakistán con cuatro y Somalia con tres. Veracruz aportó uno de esos reporteros muertos y fue Jorge Celestino Ruiz Vázquez asesinado el 3 de agosto en Actopan. La entidad también se ubica entre las cinco más peligrosas del país para el ejercicio reporteril.
En resumen, la violencia contra la prensa en México y en Veracruz no ha amainado ni con el cambio de gobierno. Tampoco lo hará con la pandemia del Coronavirus en este 2020. Los colegas siguen cayendo. Veracruz ya inició su conteo fatídico con el asesinato de la periodista papanteca María Elena Ferral el pasado 30 de marzo.
 
PETROLAZO
 El desplome del precio internacional del petróleo cuya cotización llegó a niveles de basura -hasta 2.37 dólares en negativo- que se podría agravar y además perdurar, también abortó la intención del tabasqueño Andrés Manuel López Obrador para “petrolizar” la economía, su vieja añoranza setentera, y hará rodar varios de sus proyectos sexenales comenzando por la refinería de Dos Bocas, en Tabasco, la cual solo podrá continuarla forzando al despilfarro faraónico en medio de la miseria.
 Y el petrolazo también demolerá proyectos electorales. El primero es el de la zacatecana Rocío Nahle, actual secretaria de Energía, quien apostaba a que Dos Bocas fuera su trampolín para la candidatura al gobierno de Veracruz en el 2024. Su clan se viene abajo porque la crisis petrolera también tumbará las aspiraciones de sus incondicionales.
 Debilitada la madrina, se esfuman las aspiraciones del rústico secretario de Gobierno, Patrocinio Cisneros y las de la horda de allegados que en el sur de la entidad se preparaban para ir por las alcaldías y diputaciones en el 2021. Los incrédulos deben comenzar a creer porque, sin rezarle, San Petróleo Caído librará a Veracruz de otra plaga: la peste nahlínica.