CATÓN
columnista

“Atrás quedaron para mí los deleites de la carne –suspiró pesaroso don Añilio-. Ahora disfruto solamente los placeres de la mesa. Ya hice poner un espejo en el techo del comedor”… El inspector escolar, severo y solemne funcionario, quiso probar la inteligencia de los niños del salón. “A ver, Juanito –le pidió al primero-. Adivíneme usted esta adivinanza: ‘Para bailar me pongo la capa. Para bailar me quito la capa. Porque sin la capa no puedo bailar. Porque con la capa no puedo bailar”. “¡El trompo!” –se adelantó a responder Pepito. “A usted no le pregunté, niño” –se molestó el inspector. Y siguió: “A ver Rosilita: ‘En medio del cielo estoy. No soy luna ni soy sol’”. “¡La letra e!” –volvió a adelantarse Pepito. Le indicó irritado el visitante: “No conteste si no se le pregunta, niño”. Y continuó: “Dígame, Jaimito: ‘Si no la tengo te la doy. Si la tengo no te la doy’. ¿Qué es?”. “¡La razón!” –se adelantó de nuevo Pepito. El inspector decidió sacarlo del salón. Le dijo: “Se me levanta y se me sale”. Pepito creyó que era una adivinanza y también la contestó… Otra vez el cabrón Trump –perdón por la altísona palabra, pero es mucho el coraje- ha vuelto a usar a México y a los mexicanos como tema para congraciarse con sus electores racistas y xenófobos. De nada sirvieron las zalemas y genuflexiones de López Obrador ante el zafio magnate que ocupa todavía la Casa Blanca, de la cual espero que saldrá pronto, pues sólo la locura colectiva o la estupidez generalizada podrían explicar que el barbaján fuera reelecto después de sus desatinos y torpezas. Las encuestas indican que Trump será vencido y que deberá volver a la cloaca de donde salió, pero por si las dudas le tengo encendida una vela a San Onofre anacoreta, santo que por ser poco conocido está poco ocupado y puede por tanto oír mi rogativa mejor que otros santitos y santitas más solicitados. San Onofre vivió a fines del siglo V. Era hijo del rey de Hungría, pero despreció las pompas y vanidades del mundo –las vanidades como quiera- y se fue a vivir en el desierto, bajo una palmera que le daba su sombra y su alimento diario, el cual dejaba caer a lo largo de todo el año puntualmente a la hora de la comida. San Onofre no llevaba vestido alguno; se cubría con su barba por delante y con su cabellera por atrás. Así aparece en una estampa que vi años ha en la catedral de Barcelona. Si ese piloso santo me hace el milagro de que Trump pierda la elección le daré una limosna -Deo volente- el día de su fiesta, que es el 12 de junio, y desaparecida la pandemia gozaré a su salud el lumberjack’s breakfast en el Denny’s de Port Isabel, más sustancioso y de mejor sabor que la comida que al santo daba la palmera… No eran uno ni dos, ni tres ni cuatro. Eran cinco los hombres con los que doña Cunegunda se estaba refocilando en el lecho conyugal cuando llegó su esposo. Haré un flashback –iré hacia atrás, en lenguaje cinematográfico-, y diré que don Coronato, el marido de doña Cunegunda, había invitado a cenar en su casa a algunos de sus antiguos compañeros del Colegio Colegial. Se retrasó por un detalle de última hora –quebró la compañía donde trabajaba-, de modo que llamó por teléfono a su esposa para avisarle de su demora. Cuando llegó a su casa se sorprendió al no ver en la sala ni a su señora ni a sus amigos. En eso oyó risas y jadeos en el segundo piso. Se dirigió a la alcoba, y fue entonces cuando se vio frente a aquel espectáculo de carácter erótico-sensual. Antes de que el atónito marido pudiera articular palabra le explicó doña Cunegunda: “Acuérdate, Coronato: me dijiste que entretuviera a tus amigos mientras llegabas”… FIN.