Por Arnoldo Kraus

 

Hace pocos días leí una entrevista que le hicieron a Martha C. Nussbaum, quien recibirá en los próximos días el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012. “Una de las cosas que me abrió los ojos a la realidad fue un viaje de intercambio estudiantil que hice, un verano, en el que estuve viviendo con una familia obrera, en Swansea, en el sur de Gales. Aprendí lo que es de verdad vivir en la pobreza. No me pareció ni romántico ni atractivo. Estaba siempre triste y aquello tenía poco que ver con mis sueños, porque la pobreza mata las aspiraciones y te quita las ganas de vivir”.

En abril 2012 el mundo fue testigo, entre una miríada de situaciones similares, aunque no tan dramáticas, del suicidio, por medio de un tiro en la sien, frente al Parlamento griego, de Dimitri Christoulas, farmacéutico de 77 años, asfixiado por las deudas. Su testamento fue y es contundente: “Soy jubilado. No puedo vivir en estas condiciones. Me niego a buscar comida en la basura. Lo mío no es un suicidio, es un asesinato”.

El 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud. Ese día se inscribe, como tantos otros, en el calendario de la conciencia de quienes rigen el destino del mundo, y en el calendario de quienes no rigen el mundo pero desconfían, como yo, de la mayoría de las personas que de distintas formas, muchas veces en contra de principios éticos elementales, detentan el poder. Así como sobran días oficiales llenos de buenas intenciones falla la realidad. Las intenciones no bastan. Ya lo dijeron los estudiantes franceses en 1968 por medio de un grafiti: “Basta de promesas, queremos realidades”.

No dudo de las buenas intenciones de incontables personas que detrás de los “días obligados” intentan mejorar las condiciones del mundo y de los seres humanos. Tampoco dudo del fracaso de muchos de esos días. Casi no sobran días en el calendario: Día Mundial contra la Violencia, Día Internacional contra la Homofobia, Día Mundial del Agua, Día Internacional de Apoyo contra las Víctimas de la Tortura, Día Internacional contra la Discriminación Racial… y puntos suspensivos: quedan pocos días vacíos en el calendario para ocupar y reflexionar acerca de las viejas lacras y las nuevas plagas.

El Día Mundial de la Salud Mental invita a reflexionar en la trascendencia de algunas enfermedades, entre ellas la depresión, enfermedad que, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud ocupa, después de padecimientos respiratorios y gastrointestinales (diarreas), el tercer lugar en la población mundial. Según las predicciones de la OMS, la depresión será, en 2030, el mayor problema de salud. Hoy la depresión es un problema acuciante, mal tratado y mal enfrentado, no por culpa de los médicos, sino por las razones sociales de ella.

No se requiere ser médico para entender que la depresión tiene dos grandes orígenes. El primero, médico, ligado a alteraciones químicas y tropiezos en la historia de la arquitectura personal; el segundo, global, vinculado con pobreza, ya sea para quienes nacen endeudados in útero, o caen en ella, por motivos personales o por haber sido víctima de políticos y/o banqueros.

La “depresión social” —ignoro si existe el término— crece sin cesar. Llamarla epidemia sería adecuado. Llamarla así para entenderla de otra forma y comprender su irreductible y brutal vínculo con la pobreza. La miseria siembra depresión y la depresión genera miseria. Sin empleo, sin salud, sin servicios públicos adecuados, sin posibilidades de futuro, con sueldos que detienen la muerte pero impiden vivir sólo es posible sobrevivir, no más. El vínculo entre depresión y miseria no tiene entrada ni salida. Al igual que la pobreza es fuente de depresión, las personas atrapadas en esa patología funcionan mal o no funcionan: dejan de trabajar, no se cuidan, no cumplen con sus obligaciones, no se asean, ingieren alcohol y un largo etcétera.

La instauración de los Días Contra y Por, es, desde la perspectiva moral, adecuada; desde la perspectiva real, aunque de algo sirven esos días, requiere otros enfoques. En el caso de la “depresión social” el único giro terapéutico es imposible: requiere distribuir mejor la riqueza, instaurar justicia, acabar con políticos y banqueros ladrones, ofrecer salud, abatir la corrupción y algo así como refundar el mundo.

La miseria subsume a las personas en el día e impide pensar en el futuro. Para muchos la lucha es por la supervivencia cotidiana. Existe el tiempo hoy, no existe el tiempo mañana. “…la pobreza mata las aspiraciones y te quita las ganas de vivir”, afirma Nussbaum. “Me niego a buscar comida en la basura”, aseguró Christoulas. Tanto la pobreza como la “depresión social” son demonios. Ambos son productos humanos. La crisis económica global que nos atenaza augura nuevos y peores demonios.