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Deslices de la mente

Superiberia

Por: Gilberto Nieto Aguilar   / columnista

El conocimiento no es garantía de buen comportamiento, pero la ignorancia sí lo es de un comportamiento errático.

En días pasados escribí un artículo sobre la estupidez humana. Comprobé que el tema además de ser tabú para muchos, causa escozor en otros. Pero es una situación que se debe estudiar junto con las manifestaciones de la inteligencia, puesto que se da a la par de ella, dentro de ella y entre hechos brillantes. Entonces no hay nada que temer para reflexionar este fenómeno del comportamiento que ha aquejado a la humanidad desde que el hombre es homo sapiens.

Una de las muchas razones por las que se comprende mal la estupidez es que, con frecuencia, la astucia se confunde con la inteligencia. Se supone que por un lado está la gente “lista” y, por el otro, los tontos que se dejan explotar. Se les aplaude a unos la astucia y se les critica a los otros su ingenua credulidad, lo que a todas luces evidencia un problema de ética. En un spot de las pasadas Elecciones Municipales, un líder partidista sugiere “que se coman la carnada, pero que no se enganchen en el anzuelo”, en un intento de revertir el juego de los “listos”, pero haciendo de lado el fondo ético del asunto, que se olvida en una sociedad que menosprecia los valores. 

Cuando se acepta esta forma de pensar -comenta Giancarlo Livraghi–, la humanidad queda dividida en dos categorías: los listos y los tontos. Esto es algo terrible que se practica diariamente, pero pocos son los que lo admiten. La estupidez (simpleza, necedad, sandez, tontería, vacuidad, fantochada, disparate, torpeza, etcétera) de cada ser humano de manera particular y entre iguales, es en sí un problema; imaginemos ahora la estupidez de las personas con algún grado de poder, cuyo impacto puede influir sobre la vida y bienestar de otras personas.

Las manifestaciones de prepotencia, insensibilidad, discriminación, intolerancia y egoísmo en el comportamiento y forma de pensar de alguien que ejerce un poder sin límites, nos hace reconocer que debería existir el menor poder posible en una persona y que los poseedores de cualquier poder deberían estar sometidos al control del resto de la gente. Caso contrario, señala Erich Fromm, son relativamente pocas las personas que desean la libertad y la disfrutan cumpliendo con una participación responsable. Existe el miedo a la libertad porque la responsabilidad es una carga.

Así como comentamos que los más inteligentes también realizan tonterías, este fenómeno se repite en todos los estratos y en todos los grupos sociales, gente común y prestigiada, gente famosa y oscuros personajes. Nadie se salva. Mientras las personas responsables y generosas están conscientes de su comportamiento, las malintencionadas y desagradables saben lo que hacen, los más frágiles y desvalidos igualmente se dan cuenta de que algo no funciona bien. Las tonterías generalmente no son conscientes y en ello estriba su peligrosidad.

Es imposible, desde el punto de vista humano, no cometer errores, pues el aprendizaje jamás tiene fin. Siempre hay una actitud que mejorar, un enfoque que cambiar, algo nuevo que aprender y algo viejo que desaprender. Entre los espacios que generan estas acciones está agazapada la estupidez humana, esperando el descuido, la indolencia, la seguridad infundada, el menosprecio hacia los demás.

gilnieto2012@gmail.com

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