Tan errada la demagógica puntada del gobernador Miguel Barbosa el 25 de marzo con aquello de que “si ustedes son ricos, están en riesgo. Los pobres no, los pobres estamos inmunes”, como la receta presidencial, articulada ayer sin amuletos, estampitas ni fetiches para librar la pandemia: “Sana distancia. Mantener sana distancia, el aseo, el lavado de las manos, básicamente; la alimentación, comer saludable, no comer productos chatarra, y estar bien con nuestra conciencia: no mentir, no robar, no traicionar, eso ayuda mucho para que no dé el Coronavirus…”.

El problema con las afirmaciones irreflexivas de los gobernantes es que se corre el riesgo de ser tomadas en serio por amplias capas de gobernados (adictos o no a sus banderas políticas), pero se vuelven de carcajada si se les da continuidad lógica: en Puebla, con datos hasta el jueves 4 de junio, las 548 personas que han muerto eran tan pudientes como las tres mil 452 contagiadas de COVID-19. Sí, Chucha.

Las premisas planteadas en Palenque por el presidente López Obrador llevan a conclusiones también descabelladas: no todos los 12 mil 545 fallecidos que hasta el miércoles habían sido contabilizados ni los 105 mil 680 positivos todavía vivos dejaron de precaverse manteniendo la sana distancia, el aseo y el lavado de manos, como tampoco fueron o son glotones de productos chatarra ni tenían o tienen mala conciencia, mintieron, robaron o traicionaron.

Afirmaciones como las de Barbosa y López Obrador ofenden la inteligencia, sobre todo, ultrajan la memoria de los difuntos, agravian a los enfermos del nuevo coronavirus y constituyen una burla que se añade al dolor de los deudos y las familias devastadas por la pandemia.

Malabarista de cifras, estadísticas, proporciones y pronósticos, el subsecretario Hugo El Declamador López-Gatell ha llevado al Presidente a un callejón que se antoja sin salida… a menos que ambos reconozcan los errores que han venido cometiendo y, sin patalear, asuman que los saldos de su estrategia, con sus propios datos, desmienten que el problema esté “domado”; que admitan que ha sido un lamentable ejemplo el del viaje al sureste mientras se alerta contra la movilidad y de hoy en adelante no anden sin cubrebocas, y vayan de una vez previniendo que 11 de cada 100 van a morir, para que a nadie sorprenda cuando se alcancen las 22 o 35 mil defunciones (como dice ahora LG) y traten de justificarse diciendo que son “ajustes” de cuentas actualizadas.

Lo relativo de todo, menos la muerte, hace que México esté en el lugar que se prefiera respecto a los demás países, y lo que menos importa es que ocupe el lugar siete, 15 o 20 en el concierto mundial, según se mida por cada millón de habitantes o por ingreso per cápita, índice de bienestar o felicidad.

Total (ya lo he recordado aquí), como en toda guerra, la que se da hoy contra el bicho se mide por el número de bajas. Y en el juego de los números, como dice el narrador en Palinuro de México (Fernando del Paso), los muertos durarán muertos una eternidad, como promedio…