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Caperucita Roja se compuso el vestidito, se arregló la despeinada cabellera y le dijo luego al Lobo Feroz: “¡Qué susto me diste! ¡Creí que habías dicho que me ibas a comer!”

 La curvilínea chica le informó a don Algón, rico y salaz ejecutivo, pilar de su comunidad: “Estoy escribiendo mi diario. De usted depende aparecer en él como ‘X’ o con su nombre y apellidos”

 Ya conocemos a Capronio: es un hombre grosero y desconsiderado. El juez local lo hizo comparecer ante él y lo increpó: “La señora aquí presente se queja de que usted le dijo ‘víbora’. ¿Es cierto?”. Mal de su grado el tal Capronio hubo de reconocer su culpa. Sentenció el juzgador: “Pague una multa de 500 pesos”. Pagó el majadero, y en seguida dijo: “Señor juez: ahora ya sé que no debo llamar ‘víbora’ a una señora. Pero ¿puedo llamar ‘señora’ a una víbora?”. “Supongo que sí” –respondió el letrado, confuso por lo extraño de la pregunta–. Entonces Capronio se despidió de la mujer: “Adiós, señora”

 Yo doy siempre buen ejemplo, aunque sólo cuando hay público presente. El presidente López Obrador da mal ejemplo a los ojos del País entero. Con terquedad de acémila hace su voluntad aunque literalmente llueva, truene y relampaguee. Se va de gira en los días en que la pandemia está en su punto álgido. Nunca usa tapaboca, no obstante que es quien más debería usarlo. Cansa en verdad tener que hablar todos los días de AMLO, pero él lo induce, quizá deliberadamente, con sus cotidianas ocurrencias. La última –o penúltima, o antepenúltima– fue su exhortación a no comer “comidas exóticas”, entendiendo por tales todas las que no tengan por ingrediente principal el arroz, los frijoles o el maíz. ¿Nos estará preparando desde ahora para alguna escasez alimentaria? Todo puede esperarse de quien se aparta de las normas que él mismo y sus voceros dictan. Y ya no digo más. Prometo no hablar mañana de López Obrador. A menos que

 La ingenua chica fue con su flamante novio al cine. Exhibían la película “Escuela de enamorados”. Le preguntó a su galán: “¿Crees que podré aprender algo acerca del amor?”. “Naturalmente –respondió él–. Si no te distraes con la película”… Una corista le preguntó a otra: “La primera vez que lo hiciste ¿fue por amor o por dinero?”. “Supongo que fue por amor –respondió la otra–. Me dio 14 pesos”

 El jugador estrella de futbol americano iba a salir de la universidad por haber reprobado el examen de matemáticas. El coach del equipo habló con el director de la escuela: sin ese elemento sería imposible ganar el campeonato. El director llamó al maestro de la materia. Le pidió que le pusiera otro examen al muchacho y le dio a entender sin lugar a dudas que debía aprobarlo. El profesor no quiso arriesgar su puesto en la universidad, pues le faltaban solamente 25 años para jubilarse. Así, en presencia del coach examinó de nueva cuenta al muchacho. Le dijo: “Te haré una sola pregunta: ¿cuántas son 3 por 3?”. Después de pensar un largo rato contestó, vacilante, el jugador: “Nueve”. El coach, angustiado, profirió: “¡El muchacho está nervioso, maestro! ¡Por eso se equivocó! ¡Déle otra oportunidad!”

 Aquel matrimonio se estaba yendo a pique. La señora le sugirió a su esposo: “Si tuviéramos un hijo quizá se salvaría nuestra relación”. Replicó el hombre: “Ya tenemos tres hijos”. Precisó la señora: “Sí, pero yo digo uno tuyo”

 Noche de bodas. Por primera vez el enamorado Leovigildo vio al natural a su novia Floribel. Extasiado en la contemplación de su belleza exclamó con arrobo: “¡Qué ojos! ¡Qué labios! ¡Qué cuello! ¡Qué hombros! ¡Qué senos! ¡Qué cintura! ¡Qué

”. La muchacha lo detuvo, impaciente: “A lo que venimos, Leo. Después haces el inventario”

 FIN.

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