Andrés Timoteo
Columnista

DÍA 25: LOS NEGACIONISTAS

Durante semanas minimizó la pandemia. No decretó con prontitud el estado de emergencia sanitaria y retardó lo más posible el aislamiento domiciliario de la población. Es más, como euroescéptico e impulsor del Brexit -la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea- reducía la epidemia a un complot globalista.

 Boris Johnson, el primer ministro inglés, fue más allá al defender junto a sus homólogos de Holanda y Suecia la teoría de la “inmunización colectiva” dejando a la población que se infectara y desarrollara por sí misma anticuerpos contra la gripe provocada por la cepa Covid-19.  Después, en la última semana de marzo, varió su posición y ordenó que la población se quedara en casa y el cierre de establecimientos no esenciales.

 El 27 de marzo se confirmó que él mismo estaba contagiado del Coronavirus y se aisló en la residencia oficial. Díez días más tarde, el domingo, fue ingresado al Hospital San Tomás de la capital inglesa. Todo está bajo control y el canciller está consciente y sigue a cargo del gobierno, informó Downing Street, la sede gubernamental, pero la noche del lunes fue ingresado a la unidad de cuidados intensivos, aunque la noticia se supo ayer.

 Y Gran Bretaña se sacudió. El líder anti globalista, euroescéptico, pastor del Brexit y férreo resistente a reconocer el peligro del Covid-19 fue tocado por el virus. Anoche se hablaba de colocarle un respirador artificial –‘entubarlo’ como se le conoce- y el político de 55 años lucha por su vida. La primera magistratura de Reino Unido fue asumida provisionalmente por Dominic Raab, ministro de Relaciones Exteriores.

 En tanto, el país se convulsiona, ya suma 5 mil 400 fallecidos, con días de hasta 500 muertos diarios, y 52 mil contagiados. En Gran Bretaña se padece la consecuencia de que su gobernante minimizó la amenaza y fue tardío para adoptar medidas para el resguardo de la población y atajar la cadena de contagio.

 En negación similar continúan otros dos gobernantes europeos. Uno es el primer ministro de Holanda, Mark Rutte, también euroescéptico y pro nacionalista que defiende la “inmunidad gregaria” y asegura que su país prefiere “el confinamiento inteligente” que consiste en dejar al libre albedrío de cada holandés guardarse o no.

 Otro negacionista es Stefan Löfven, primer ministro de Suecia, partidario igualmente de la libre decisión de los pobladores para quedarse en casa o no. En Suecia la gente sigue yendo al trabajo, el transporte público labora normal, las piscinas, gimnasios y otros negocios siguen abiertos. Solo se han prohibido reuniones de más de 500 personas y se suspendieron clases en preescolar, primera y secundaria, para los menores de 16 años.

 “El país no se puede detener ni ante una epidemia” afirma Löfven, el argumento predilecto de los negacionistas. “Brasil no puede parar”, ha dicho a su vez el conservador derechista, Jair Bolsonaro quien define a la pandemia como “una gripita” y llama a los brasileños a no quedarse en casa sino a seguir el ritmo normal. Bolsonaro no ha cancelado su agenda de reuniones y actos públicos, algunos masivos, y ha lanzado campañas mediáticas para rebatir las advertencias de su propio ministerio de Salud.

 Aleksander Lukashenko, presidente de Bielorrusia, también duda de la pandemia y hasta hace bromas. Dice que la terapia para prevenirla y curarla es “jugar hockey, beber vodka, tomar saunas y trabajar con un tractor en el campo”. Mientras tanto, su homólogo de Turkmenistán, Gurbanguly Berdimuhamedovn ordenó que se eliminara la palabra coronavirus del vocabulario oficial turcomano, alegando que el virus es parte de una conspiración global a la que no se le debe dar juego.

 Si la prensa utiliza esa palabra en sus reportes será sancionada por el Estado, denunció la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF). El presidente Berdimuhamedovn, que en todo documento, discurso y evento oficiales se autonombra “Padre Protector de la Nación”, dispuso como única medida preventiva la fumigación de sitios públicos con una infusión de la harmala o ruda de Siria, una planta de la medicina tradicional turca.

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

 En la lista de los negacionistas del Coronavirus estaba el norteamericano Donald Trump quien al principio fanfarroneaba con la amenaza, aseguraba que no llegaría a su país y si lo hacía la controlarían inmediatamente. En un par de semanas modificó el discurso, decretó a Estados Unidos en emergencia sanitaria, clausuró fronteras, mandó a la gente a encerrarse y ahora pronostica “días peores” que la Segunda Guerra Mundial y estima hasta en un cuarto de millón los muertos que dejará la gripe.

La nación estadounidense está a punto de convertirse en el epicentro de la pandemia como resultado de las tardías medidas gubernamentales. Pero quien corona a esa octava de negacionistas en el mundo es el mexicano Andrés Manuel López Obrador quien no solo ve en la epidemia un complot neoliberal sino hasta aventura que detrás están sus enemigos políticos a los que ya comenzó a llamar ‘zopilotes’ y ‘cuenta-muertos’.

 Retardó lo que quiso el decreto de emergencia nacional, hasta finales de marzo, y mientras tanto se burló de quienes alertaban sobre la epidemia. Llamó a salir a comer, comprar y pasear. A seguirse besando y abrazando. “Hay que abrazarse, no pasa nada”, arengaba. No ha suspendido sus giras por el país ni sus actos público. Cuando ya se registraban los primeros contagiados recomendó portar estampillas religiosas y recitar la oración “detente enemigo que el Corazón de Jesús está conmigo”. Seguía riendo.

 Ahora que ya los enfermos y muertos suben como espuma, que la economía se desploma y el panorama es negro en todos los ámbitos, no deja de provocar. El tabasqueño asegura que la pandemia cayó “como anillo al dedo”, es decir que es conveniente. ¿A qué país le conviene que su gente enferme y muera, que millones pierdan empleos, que las empresas cierren y que se dispare la pobreza? En México sigue sin haber un plan para enfrentar la pandemia y tratar de paliar sus efectos secundarios.

 Un estadista se mide por la forma en que conduce a su pueblo en medio de la calamidad. Se le juzga sobre los hechos, no las suposiciones. El negacionismo puede ser mortal en la persona que lo practica a título individual, pero en un jefe de Estado adquiere rasgos de genocidio. La banalización de la pandemia es sinónimo del extermino de la población. Que los mexicanos juzguen al rey de los negacionistas, al Señor de los Anillos.