Andrés Timoteo
Columnista

LA CORTE DE LOS ILUSOS
Lo que hoy pasa en México no es algo nuevo sino un reciclaje. La nación vive lo mismo que hace dos siglos, aunque con personajes, colores y nombres diferentes. No obstante, las circunstancias, ínfulas y ambiciones no cambian. Hoy se cumplen dos años del triunfo de Andrés Manuel López Obrador que llegó al poder arropado por 30 millones de votos y la esperanza de todo el país. Y a dos años de la epopeya, el tabasqueño no ha honrado ni a sus votantes ni al resto de los esperanzados.
Ha quedado a deber mucho de lo prometido, ha traicionado otros tantos ideales y a él, a colaboradores y a su gestión – a la que llama pomposamente la “cuarta transformación”-, le sucedió lo advertido por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche: tanto lucharon contra los monstruos que se convirtieron en ellos. Pero más allá de lo logrado y lo faltante, el tema es histórico y para entender al México lopezobradorista hay que leer “La corte de los ilusos”, de Rosa Beltrán.
En ese libro, la escritora da cuenta de los entresijos en el breve imperio de Agustín de Iturbide -de solo diez meses, de marzo de 1822 a mayo de 1823- y parece que está describiendo a la “cuarta transformación” del tabasqueño. Vaya, los párrafos iniciales son una alegoría atinadísima del gobierno lopezobradorista que se erigió como la “esperanza de México” y el “cambio verdadero”, igual que el régimen iturbidista hace doscientos años tras la independencia de la Corona Española. 
El texto inicial relata que, apurada por que se acerca la ceremonia de entronización, las damas reales, encabezadas por la emperatriz Ana María Huarte, prepara los ropajes que llevarían a ese acto solemne, pero que serían sencillos, austeros y simbólicos del cambio que había llegado a México. Sin embargo, entra al quite la costurera francesa, Madame Henriette, quien se hizo confidente de la emperatriz y de la princesa Nicolasa, hermana de Iturbide, para que cambiaran de planes.
La modista las convence que vestirse austeramente era una ofensa para la grandeza de la nación y tenían que estar a la altura de trono. Debían vestir con finura y esplendor, con lujo pues, y así lo hicieron. Y los Iturbide, con ese minúsculo acto de superficialidad y mimetismo, marcaron todo el imperio. La familia real se vistió a la usanza de las cortes europeas, se sintió de la realeza y embarcó en una vorágine de frivolidad similar a la del régimen que combatió. Es lo mismo que le pasó a la “cuarta transformación”.
El emperador Iturbide también se peleó con todos, ahuyentó las grandes fortunas, encarceló a disidentes y en un arranque de despotismo disolvió el parlamento de la época, llamada Asamblea Constituyente, sacando a punta de bayoneta a los 145 diputados porque consideraba que su trabajo era utópico e inservible a su proyecto. O sea, también mandó al diablo a las instituciones igual que el tabasqueño de ahora.
Por supuesto que tampoco cumplió nada de lo que se comprometió para hacer de México una potencia mundial. No llegó la prosperidad ni la paz. Los mismos líderes sobrevivientes de la Guerra de Independencia se alzaron en su contra y lo calificaron de tirano. Hasta uno de sus consentidos, Antonio López de Santa Ana, a quién hizo gobernador de Veracruz y le tenía aprecio -fue amante de su hermana, la princesa Nicolasa, descrita por Montero como una ninfómana incontrolable-, se levantó en armas para derrotarlo.
Al final fue echado del poder y desde Veracruz partió al exilio en Italia a bordo del buque inglés “Rowllins”, el 9 de mayo de 1923. Un año después, el 19 de julio de 1924 lo fusilaron en Tamaulipas, luego de ser apresado en la frontera con Estados Unidos por donde pretendía ingresar clandestinamente al país para, según él, reconquistar el trono que le habían arrebatado. De esta manera terminó un gobierno fallido, lleno de pretensiosos que se creyeron portadores del cambio, la verdad y la transformación.
La de Iturbide fue la corte de ilusos porque se dijeron que gobernaban por designio divino y resultaron una gran farsa. Hoy en México hay una segunda tanda de ampulosos. Es el lopezobradorismo y su parafernalia morenista que prometieron lo mismo que el iturbidismo y que, igualmente, resultaron una decepción a tan solo dos años de haberse alzado con la victoria el primero de julio del 2018. Y no, López Obrador no se parece a Benito Juárez ni a Francisco I. Madero ni a Lázaro Cárdenas, a los que llama próceres de cabecera.
Es semejante, sí y por mucho, a su alteza serenísima y primer caballero de la Orden Imperial de Guadalupe, Don Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu o Agustín I de México. Y los morenistas incrustados en su gabinete y en el resto de los cargos públicos son, obviamente, la nueva corte de los ilusos que piensan que gobernarán por los siglos y de los siglos. Hay que leer a Rosa Beltrán, ella magistralmente relata lo que pasó hace dos siglos y que se está repitiendo.
 
FRANCIA, EL ESCARMIENTO
La democracia se abre paso, aun cuando las opciones se reduzcan y por un tiempo se piense que no hay más ruta alterna que la presente. No es cierto y Francia acaba de dar varias lecciones sobre ello el domingo pasado durante la celebración de las votaciones en segunda vuelta para renovar sus alcaldías. Los galos le dieron un primer escarmiento al presidente Emmanuel Macron y su partido La República en Marcha (LREM), y a la vez desahogaron parte del enojo popular acumulado durante los últimos tres años.
Contrario a lo previsto, el partido oficial LREM fue barrido espectro municipal. Solo unas cuantas comunas serán gobernadas por los “marchistas” que, como señalan los titulares mediáticos de ayer lunes, “mordieron el polvo por todos lados y casi todos”. París, la capital, es el ejemplo más evidente de ese “veredicto cruel” que dictó la ciudadanía, como lo admitió la vocería del partido macronista.
La socialista Anne Hidalgo fue reelecta por un periodo más al frente de la alcaldía parisina superando a la derechista Rachida Dati y, en tercer lugar, con apenas el 13 por ciento de votos quedó la candidata de LREM y ex ministra de Salud, Agnès Buzyn, respaldada con todo por el gobierno federal. Los electores la mandaron al tercer sitio e incluso, el partido presidencial solo ocupará entre 6 y 9 asientos de 163 en el consejo municipal. También de las veinte alcaldías distritales -les llaman ‘arrondissements’ o barrios- solo uno será gobernado por LREM.
Creado en el 2016 por el mismo Macron, el partido La República en Marcha enamoró a los franceses decepcionados de los partidos tradicionales, especialmente del Partido Socialista y el derechista Los Republicanos (LR) que se habían turnado la silla presidencial en los últimos quinquenios. Macron se mostró como la alternativa y prometió sentar las bases para la “Sexta República” próspera, progresista, moderna, global y democrática -¿no les suena a la engañifa de la “cuarta transformación”?-. 
Así ganó los comicios presidenciales del 2017 y su popularidad era tanta que en muchos países quisieron imitarla. En México, el experredista Armando Ríos Piter y hasta el priista José Antonio Meade se hicieron llamar “los macrones mexicanos” -risas-, pero quien fue adorado ahora es odiado. Tres años bastaron para que los franceses repudiaran al macronismo y castigaran a su partido. Y no solo fue por el manejo de la crisis sanitaria por el Covid-19 sino que el enojo popular viene de atrás.
No se olviden de las reyertas callejeras que durante dos años realizó la organización “Los Chalecos Amarillos” por el aumento en el precio de los combustibles que luego amplió su catálogo de reclamos sociales. Antes, hubo protestas por la reforma laboral impuesta por decreto y que incluyó el aumento en la edad de jubilación. La olla de presión tuvo su primera fuga de vapor hirviente en las elecciones del domingo y todo promete que saltará por los aires en los comicios presidenciales del 2022.
Hay que  resaltar es que cuando todos daban por “muertos” a los partidos tradicionales, ahora frente al fracaso de la propuesta presidencial éstos conservaron sus bastiones gobernados, incluyendo París, la joya de la corona, y en muchos lugares donde la gente no quiso votar por los mismos de siempre se dio un fenómeno que ya bautizaron como el “tsunami verde” porque le dio el voto masivamente al partido Europa Ecologista-Los Verdes (EELV) que arrebató sedes emblemáticas como Lyon, Estrasburgo y Burdeos.
En muchos lugares, la izquierda se alió al partido ecologista y venció. Claro, en Francia y Europa, los partidos verdes o ecologistas no son como los mercenarios del PVEM que se alquilan al poder y sobreviven parasitariamente. Por cierto, los “verdes mexicanos” ya son los nuevos aliados del morenismo. Vaya cosa. Pero regresando al tema, ¿qué otra cosa lee con los resultados del domingo? -y ahí otra lección- la confirmación de que en política no existen los “muertos” y las derrotas y triunfos nunca son para siempre.
Aplicado a México, la oposición que según el presidente López Obrador está “derrotada moralmente” le pude dar un susto en el 2021, el 2022 y el 2024. A Emmanuel Macron lo alabaron hasta la hartura y tres años más tarde ya no ven para cuando se vaya de la presidencia. Está en sus peores etapas de aceptación ciudadana. Entonces, las victorias no son eternas sino muy efímeras. El lopezobradorismo, que ya va en picada popular, debe verse en ese espejo. La gente está decepcionada y enojada.