Andrés Timoteo
Columnista

SALVAR LA GENERACIÓN
¡Días tan extraños! Las condiciones actuales generadas por la pandemia de Coronavirus no sólo hicieron valorar a los médicos, enfermeras y demás personal sanitario sino también a los profesores. El inicio del ciclo escolar en México es inédito: clases en línea, el aula fue sustituida por la casa mientras que el pizarrón y hasta el maestro por una pantalla electrónica.  ¡Qué tiempos aquellos de asistir al salón de clases, sentarse en un mesabanco, ver cara a cara a los compañeros y disfrutar la hora del recreo!
Nostalgia total, pero es lo que hay. Ahora, la web es la ruta para salvar el año escolar, aunque no es suficiente y en cierta medida deriva en un problema que requiere la ayuda de todos para superarlo, no sólo de los maestros o de las autoridades. Considerando que la escuela a distancia o en línea es una solución y a la vez un problema mayúsculo, el reto es un asunto muy delicado pues involucra el futuro de toda una generación.
Lo primero -que es una solución- porque ayuda a evitar el contacto físico y estar en un espacio cerrado que puede ser un foco de infección de la Covid-19. Lo segundo -que es un problema- por las condiciones socioeconómicas y la enorme brecha digital en la mayoría de la población. El reporte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) indica que el 46 por ciento de la población no tiene acceso a la Internet.
Entonces, si hay en el país 30 millones de estudiantes casi 14 millones no tendrían la posibilidad de tomar clases en línea. Hay varias alternativas, aunque todas exiguas. Una, las clases por televisión abierta que sería la que ofrece más alcance demográfico. Otra, el uso de dispositivos móviles -teléfonos celulares y tabletas-, aunque estos son costosos y consumen datos -el pago de tiempo de conexión a la red- o necesitan conectarse a una WiFi abierta.
Esto empeora en las zonas rurales y se convierte en calamidad en las étnicas donde no llega la señal de Internet y muchos hogares ni siquiera tienen un aparato de televisión e incluso electricidad. ¿Cómo le harán los estudiantes de estas regiones para seguir las clases? Un remedio es la transmisión por la radio pública, ¿pero si no hay energía eléctrica? Pues a conseguir un aparato que utilice
baterías como en el siglo pasado. ¡Vaya complicación!
Otro apuro es que las clases vía web o televisión son en español y en México hay 68 lenguas y diez millones de hablantes, aparte del castellano, ¿cómo las van a entender? Así, la pandemia de Coronavirus no sólo desnudó la catástrofe que hay en el sistema sanitario del país sino también en el sistema educativo.
Las secuelas de esto serán muy severas para la nación ya que  algunos pronósticos de consultoras educativas e instituciones universitarias estiman que entre 1 y 4 alumnos, de cada 10, podrían abandonar la escuela por estas complicaciones y en el mejor de los escenarios sólo un 10 por ciento de los desertores regresaría al próximo ciclo escolar, el 2021-2022.
¿Qué significa? Que México podría perder una generación completa. Asunto muy grave porque la educación es, hoy por hoy, la última escalera para la movilidad social luego de que los trabajos para personas sin formación académica tienen salarios tan bajos que dejaron de ser la vía para elevar el nivel económico y alcanzar el bienestar
social.
México no se puede permitir que toda una generación de niños y jóvenes se aleje de la escuela porque además ellos serían el semillero para el crimen organizado. Jóvenes analfabetas y desempleados engrosarían las filas del sicariato y del tráfico de drogas. Hay que salvar a esta generación y eso requiere la participación de todos.
Ya hay algunos gestos de empatía y solidaridad. Algunas empresas -restaurantes, talleres, fábricas y hoteles- abrirán sus redes de WiFi para que los estudiantes de sus cercanías se puedan conectar, pero ¿y los que están en zonas inaccesibles? Ahí se necesita la ayuda colectiva, no sólo del gobierno -es más ni siquiera hay que esperarlo porque todos saben lo negligentes y hasta indolentes que son los funcionarios-.
Por supuesto hacen falta televisores, teléfonos celulares, tabletas, baterías y vaya, hasta
conexión eléctrica en zonas paupérrimas. Suena algo enorme, casi imposible, pero habrá que hacerlo posible de algún modo. Los estudiantes no deben dejar de serlo porque las consecuencias las pagará toda la sociedad. Hoy, esos alumnos son un problema para sus familias que no encuentran la solución para que continúen el curso escolar, pero mañana serán un problema para el Estado, es decir para todos.
Lo que no se haga hoy por esos alumnos en desamparo tecnológico será problema social cuando sean analfabetas, desempleados o delincuentes. Hay que evitar la ‘generación perdida’ y eso solo es viable con la generosidad de todos. No hay otra opción.  La otra vertiente son los padres de familia que tuvieron que cambiar sus ocupaciones para estar al pendiente de que los hijos tomen las clases, hagan las tareas, envíen las fotografías o PDF de éstas y cumplan con las demás reglas de esa educación a distancia.
Es más trabajo, obviamente. Es sacrificio, sin duda. Pero tampoco se tienen otras opciones mientras continúe la emergencia pandémica. Ahora es cuando los niños y adolescentes necesitan del cuidado y rigor paternal que es, al mismo tiempo, una forma de demostrarles que los aman. Claro, suena a algo romántico y hasta utópico en tiempos en los que es común hablar -o sufrir- de la disfuncionalidad familiar, pero así son estos días y retos pandémicos: extraños y extremos.
 
CABALLO BLANCO
Se cumplió un año de la masacre de 32 personas en el bar “Caballo Blanco” en Coatzacoalcos cometida por el crimen organizado. Fue la segunda más numerosa y cruel del actual sexenio, tanto estatal como federal, y que además continúa sin justicia para las víctimas ni castigo para los responsables. No hay un solo detenido.
El gobierno cuitlahuista además de indolente y omiso también es fallido. No le importan las víctimas ni la ‘ola’ de violencia ni la persistente impunidad. No le importa nada. Es como si Veracruz no tuviera autoridad y la gente está abandonada a su suerte frente a los
criminales.
Durante los días siguientes aquel fatídico 27 de agosto del 2019 desde Palacio de Gobierno intentaron echarle nuevamente la culpa al oaxaqueño Jorge Winckler que todavía estaba al frente de la Fiscalía General del estado, pero unos días después, a principios de septiembre lo destituyeron y nombraron a una encargada de despacho, Verónica Hernández, quien ya fue hasta ratificada en el cargo, aunque el expediente sigue sin
desahogarse.
Lo anterior a pesar de que se dijo hasta el cansancio que la nueva fiscal enderezaría todos los entuertos de Winckler y que las cosas serían distintas en materia de impartición de justicia. Los familiares de las víctimas afirman que hubo dos detenidos, pero estos fueron liberados por falta de pruebas porque la Fiscalía hizo tan mal su trabajo que no pudieron vincularlos al proceso judicial.
También denuncian que se les regatean la información sobre las pesquisas y lo que han sabido es a través de terceras personas y de forma parcial. “No hay justicia, no investigan, no hacen nada” acusaron ayer durante la marcha que realizaron en Coatzacoalcos. Los dolientes encendieron veladoras frente al local que fue incendiado hace un año. A ellos no les queda más que rezar, porque de las autoridades estatales ya no esperan nada.
 
¿OYEN EL SILENCIO?
“Entendez-vous ? C’est le silence” – “¿Escuchan? Es el silencio”-, es una frase del escritor francés Edgar Quinet que muchos se han apropiado en el último par de siglos. Aunque suene a pleonasmo, la sentencia es una joya expresiva pues sirve perfectamente para mostrar la incongruencia humana ante determinados hechos históricos -sobre todo agravios- y exhibir aquellos que los callan cuando deberían gritarlos.
La frase encaja al dedillo con lo que sucede en Veracruz donde es sorprendente el mutismo de las supuestas defensoras de los derechos de las mujeres ante la ‘ola’ de feminicidios y agresiones. El mes que corre ha sido especialmente mortífero porque al menos una docena de mujeres han sido blanco de secuestros, torturas, asesinatos y mutilación.  Algunos cuerpos los arrojan en parajes como si fueran basura. Otras víctimas están simplemente desaparecidas y con poca posibilidad de ser
localizadas.
Y el enmudecimiento de las activistas abruma. Ni una sola palabra, ni un solo reclamo a los responsables de la seguridad pública y la impartición de justicia. También hay un silencio ignominioso sobre del caso de una mujer que fue golpeada salvajemente por su pareja sentimental, Manuel González, funcionario de la Secretaría de Educación de Veracruz (SEV) y primo del titular de la misma, Zenyazen Escobar García, quien movió influencias para que fuera liberado por la policía y lo sacó del estado para evitar que sea llevado a tribunales.
La noticia fue atajada a nivel local, pero salió en el noticiero estadounidense “Primer Impacto” que exhibió un video en el que González grita: “¡Zenyazen… Zenyazen!, el nombre de su pariente para que acudiera a liberarlo y así fue: una llamada del secretario cuitlahuista y todo se resolvió para su primo golpeador.
También pasaron las imágenes de la joven molida a golpes. ¿Se acuerdan de aquella mujer que fue castigada a puñetazos, arrastrada y pateada a orillas de la carretera a Huatusco por el ex alcalde de Fortín de la Flores, Armed Cid de León en el 2015? Pues esta damisela también quedó como ‘Santo Cristo’ tras la tunda que le propinó su pareja sentimental y todo apunta a que el agresor tampoco será castigado como sucedió con el ex edil abusivo de Fortín de las Flores.
¿Lo escuchan? Es el silencio mortal de las feministas orgánicas que callan para no incomodar a sus patrones sin importar que una congénere haya estado a punto de ser asesinada y que su agresor, un potencial feminicida protegido por el secretario de Educación, salga impune.