• Por Andrés Timoteo / columnista

MEMORIA INCOMPLETA

Hoy se cumplen 52 años de la masacre de estudiantes en Tlatelolco, un episodio vergonzoso para la nación que sigue calando. Sin embargo, a la distancia la represión gubernamental también continúa en la impunidad. No hubo y no hay un solo ex funcionario, militar o policía enjuiciado por aquel acto de lesa humanidad, es más, ni siquiera se sabe el número exacto de los asesinados y desaparecidos.
La bruma del tiempo ha cubierto aquel suceso pese a que en México se ondea como muestra icónica de aquella época en la que se persiguió con todo el aparato del Estado las ideas y los luchadores de izquierda. Es cierto, todavía viven muchos que sufrieron la cárcel, la tortura y la persecución en esos años y que tratan de mantener vigente el recuerdo, pero la memoria histórica sigue incompleta en ambas vertientes.
Por un lado, nunca hubo justicia reparadora pues -como se citaba línea arriba- a nadie llevaron ante los tribunales para que respondiera por la matanza. La mayoría de los responsables directos que en ese entonces estaban encumbrados en el poder político, policíaco y militar murieron tranquilamente, casi todos en plácida vejez y otros por circunstancias ajenas a un castigo o siquiera a la catarsis por lo que hicieron.
La contradicción más pasmosa es que el ex presidente Luis Echeverría Álvarez, sucesor de otro genocida Gustavo Díaz Ordaz -y de quien era su secretario de Gobernación- languidece de viejo encerrado en una casona porfiriana de la Ciudad de México como si fuera un longevo monarca en retiro. Nunca prosperó el intento para enjuiciarlo.
Por otra parte, el paradero de los desparecidos, la lista real de los asesinados y el total de las víctimas de la represión de aquella época, que no se dedujo únicamente al 68 sino que se gestó en años previos y continuó en los posteriores -recuerden que el propio Echeverría ordenó la matanza de Corpus Christi del 10 de junio de 1971 utilizando grupos paramilitares que asesinaron a 120 estudiantes en la Ciudad de México- es un misterio. Por ende, hay una memoria histórica no concluida.
Es cierto, durante el sexenio de Ernesto Zedillo se autorizó -en 1998- que el Congreso de la Unión abriera una investigación sobre lo sucedido en 1968, pero nada ocurrió porque el aparato priista la obstaculizó y además maniobró para que los archivos de inteligencia continuaran encriptados. Y quién lo iba a decir, el panista Vicente Fox es quien ha hecho más cosas a favor de la verdad sobre la masacre estudiantil que todos los ocupantes de palacio nacional, incluyendo el actual.
Fox ordenó en el 2001 la apertura de los archivos clasificados y un año después creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) para investigar la llamada “guerra sucia” de los años sesenta y setenta nombrando al jurista Ignacio Carrillo Prieto a cargo de la misma. Éste logró acusar al ex presidente Echeverría Álvarez por el delito de genocidio en el 2006 por lo que fue sometido a arresto domiciliario, empero la maquinaria judicial controlada por el pasado priista lo exoneró en el 2009. Desde entonces, Echeverría pasa su vejez en plena tranquilidad.
A 52 años de aquel genocidio no se ha avanzado en la justicia restauradora y la ironía es que el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador, quien se dice de izquierda y su llegada a la presidencia es resultado de un largo proceso de lucha política con raíces que se extienden hasta 1968, tampoco ha hecho algo para completar la memoria histórica y acercar justicia a las víctimas.
Vaya, López Obrador está más preocupado por lo sucedido con la conquista española de hace cinco siglos -y hasta exige una disculpa pública al gobierno ibérico- que por contribuir a que las masacres estudiantiles de 1968 y 1971 por fin sean esclarecidas y se juzgue a los responsables, aunque sea  ‘post mortem’ pues en este tipo de ejercicios memorísticos es válido hacerlo, no para que los imputados purguen penas de cárcel sino para que queden inscritos en la historia oficial como los responsables.  
Así, en México está inacabada la tan necesaria memoria histórica. Las generaciones actuales y las que vengan deben saber que acontecido en el 68 y 71, es un deber patrio mantenerlos al tanto porque si no se resuelve el pasado tampoco se podrá procesar las masacres y genocidios que actualmente se viven en el país. Desde la de Ayotzinapa hasta las otras perpetradas en esa desquiciada guerra contra el narco.
Debido a las restricciones sanitarias por la pandemia de Coronavirus, el Comité Organizador del 89 anunció que no habrá marcha oficial para conmemorar la masacre estudiantil. No obstante, la reacción ciudadana no se detuvo y ya otros convocaron a la “No Marcha por el 68” que se realizará en la capital del estado y seguramente se replicará en muchas ciudades del interior del país. El virus no vence al recuerdo, pues.
 
NEPOTISMO EN LA CÚSPIDE
No hay que dejar de leer ni escuchar al periodista Rafael Loret de Mola quien en los últimos treinta años ha documentado andanzas, excesos, corrupción y escándalos de alcoba de las castas en el poder. Ahora, acaba de revelar – bueno de hacer público periodísticamente- que la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum fue pareja sentimental de Andrés López Beltrán, uno de los hijos del presidente.
“Hay que decirlo claramente, tuvo sus amoríos con Andy López Beltrán, el hijo del presidente López Obrador quien es el abuelo del hijo menor de Claudia, así de fácil para que vean ustedes las conexiones y las razones por las cuales se van dando las candidaturas. Hay quienes me dicen que no me debo meter con la vida privada, pero si la vida privada tiene consecuencias en la vida pública, tengo el deber de señalarlo como informador y para entender por qué se dan las cosas en el ámbito político”, sostiene.
(https://youtu.be/Z0tbrIvj1iY, minuto 02.20).
Entonces, el tabasqueño tiene a la nuera gobernando la capital del país y en el 2024 buscará heredarle la silla presidencial -si no se le atraviesa Marcelo Ebrard o Ricardo Monreal-. Vaya nepotismo que hay en la cúspide. No hay que olvidar que el periodista Rafael Loret de Mola destapó en su libro “Los Escándalos” de 1999 asuntos similares de los ex presidentes Miguel Alemán Valdés y Carlos Salinas de Gortari que nunca fueron desmentidos. Al contrario, se han confirmado esas y otras informaciones aparecidas en los más de treinta libros que ha escrito sobre la clase política mexicana.
Del primer ex mandatario reveló que tuvo un amorío con Christian Martel, ex Miss Universo -hoy conocida como Chistiane Magnani- quien ahora es esposa de su hijo, el ex gobernador de Veracruz, Miguel Alemán Velasco. Por eso, el matrimonio con el heredero nunca fue aceptado por la familia. Narra que el ex director de la Lotería Nacional, Tomás Marentes, le “obsequió” al ex presidente una noche de placer con la ex reina de belleza y de ahí surgió el romance. Feliz por tal “regalo”, Alemán Valdés hizo a Marentes gobernador de Yucatán.
Acuérdense en el 2002, cuando Alemán Velasco gobernaba Veracruz, ordenó desaforar y perseguir judicialmente al entonces alcalde de Xalapa, Rafael Hernández Villalpando, en el año 2000 pues éste, enfrentado al gobierno estatal, distribuyó ejemplares del libro “Los Escándalos” lo que se tomó como un agravio contra la entonces presidenta del Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), Christiane Magnani por recordarle el tormentoso episodio de alcoba con el suegro.
De Carlos Salinas de Gortari documentó su relación amorosa con la actriz de Televisa Adela Noriega con quien procreó un niño. Es más, contó el día que la estrella de las telenovelas iba a dar a luz se rentó todo un piso de un hospital privado que quedó bajo la guardia del Estado Mayor Presidencial hasta donde llegó la primera dama, Cecilia Occelli y cacheteó a la parturienta. Nada de lo revelado por el periodista Rafael Loret de Mola ha sido desmentido, se insiste.
 
¡PAREN AL MUNDO…!
Crítico social desde sus lápices, vocero de la clase media y duro cuestionador de los poderosos que conducen al planeta hacia la sinrazón, el magnífico Quino finalmente abandonó el mundo, se bajó de él. El caricaturista argentino murió el miércoles a los 88 años, pero dejó a Mafalda para recordarnos – a los de las generaciones que crecimos leyendo esa historieta y a los de las que vendrán y que tarde o temprano se toparán con ella porque es ya un elemento indispensable en las bibliotecas sean físicas o virtuales- que no debemos dejar de preguntar ni protestar cuando el rumbo de las cosas va mal.
Quino fue maestro de la editorial desde las viñetas y en esa pequeña, Mafalda, retrató a todos los que se angustian por las injusticias, las masacres, la corrupción, el daño a la ecología, la pobreza, los políticos inservibles y hasta la tiranía de los adultos que obligan a los pequeños a ¡comer sopa! Mafalda odia la sopa y sospecha que el caldo es parte de una conjura de los adultos para mantener dominados a los niños.
“El problema de nuestro mundo es que los niños pierden el uso de la razón en la medida que crecen. Ellos olvidan en la escuela eso que aprendieron desde su nacimiento. Se casan sin amor, trabajan por el dinero y ya entrados en la edad adulta se ahogan, no en un vaso de agua sino en un plato de sopa”, le dijo Quino al diario Le Monde en el 2014.
En el 2015, tras el atentado terrorista contra el semanario Charlie Hebdo, el dibujante argentino -quien llegó a publicar en el mismo- expresó su repudio por la masacre de sus colegas franceses. “Mafalda habría sentido una pena terrible”, aseveró en un mensaje en las redes sociales mientras sostenía una pancarta con la leyenda “Je suis Charlie” (Yo soy Charlie).  “Soy un pesimista, siempre lo he sido, pero a pesar de todo tengo la ilusión de que mi trabajo pueda cambiar las cosas”, decía de sí mismo.
Hoy, cuando el orbe está azotado por una pandemia que ya ha matado a más de un millón de personas, cuando el terrorismo siembra la muerte en África, Medio Oriente y en Europa, cuando policías matan gente negra o pobre sin pudor, cuando arden los bosques y las selvas por culpa de la ambición y el calentamiento global, cuando hay más miserables sin futuro y muriendo de hambre, cuando son millones los desplazados sin hogar en tierra ajena y cuando países latinoamericanos como México están postrados por la violencia y el crimen, más que nunca nos acordamos de aquella viñeta en la que Mafalda grita: ¡Paren al mundo que me quiero bajar!