La Navidad
  • Por Andrés Timoteo

LA HORA DEL IMPERIO
Hasta el cierre de esta columna -con la hora de Europa- en Estados Unidos continuaba el recuento de la votación que ayer emitieron sus ciudadanos para renovar la presidencia.  Transcurría el conteo que tenía literalmente a todos en el borde del sillón ya que la renovación o reafirmación del ocupante de la Casa Blanca involucra al orbe completo porque la nación continúa como la más poderosa aun con el auge reciente de Rusia en lo bélico y China en lo económico. Ya no se diga a México, el vecino inmediato y maltratado.
Es verdad lo dicho por los geopolitólogos de que los comicios norteamericanos son una suerte de plebiscito sobre el populismo mundial ya que el trumpismo es un faro guiador de todos los líderes de derecha y ultraderecha, del nacionalismo extremo, de la supremacía blanca y del predominio de la ganancia del mercado por encima de todo: la ecología, las minorías, los derechos humanos, la cultura y el futuro mismo de la humanidad. De ahí que la hora del imperio involucra a todo el planeta.
Por supuesto, tampoco hay que caer en los pronósticos apocalípticos. Una reelección de Donald Trump es negativa, pero tampoco significa el final de los tiempos. Al autócrata -si es reelecto- se le tendrá que lidiar como ya se lo ha hecho en estos casi cuatro años.  Es más, hay que recurrir a la filosofía consoladora que el cineasta Michael Moore dijo en noviembre del 2004 cuando el republicano George W. Bush logró la reelección a pesar de la intensa campaña mediática de muchos sectores progresistas para evitarlo.
Al contrario de Trump -y paradójicamente- Bush fue un presidente belicista y genocida, responsable de la campaña internacional contra el terrorismo y responsable de las invasiones y guerras de Afganistán e Irak que cobraron miles de muertos. Pues en aquel momento, Moore quien fue uno de los promotores más activos del voto “anti-Bush” aseguró que el único consuelo de los norteamericanos y el mundo ante el triunfo del republicano era que solo podría reelegirse una vez más, que lo aguantarían cuatro años y después lo arrojarían al basurero de la historia.
Por otro lado, la llegada a la Casa Blanca del demócrata Joe Biden tampoco significa una victoria para el planeta porque lleva la carga de ser el representante del ‘establishment’ estadounidense, el reacomodo del Estado profundo nuevamente en el liderazgo de ese país y la continuidad de la política económica y bélica que ha caracterizado al imperio. Por supuesto, siempre será mejor o menos peor que Trump, según los pronósticos de los especialistas en observar al imperio, y eso ya es ganancia para todos.
Entonces, habrá que esperar el final del recuento de votos, casi cardiaco y con escenarios que pondrían a prueba la resistencia de la democracia estadounidense que continúa usando el viejo esquema de los colegios electorales en lugar del sufragio efectivo para elegir a sus líderes. Es decir, el que acumula la mayoría de los votos no necesariamente gana los comicios.
Fue, obviamente, una elección cerrada con todos los ingredientes para un posible conflicto poselectoral:  los resultados no estarían listos el mismo día -o sea anoche-, la zozobra de quién fue el ganador y el amago de Trump para no reconocer una victoria de su rival tal como sucede en los países del tercer mundo donde la incertidumbre comicial es algo común.
Tampoco lo anterior es algo nuevo. Recuerden que en los comicios del año 2000 cuando compitió por vez primera George W. Bush, éste ganó con un margen muy cerrado por los votos electorales del estado de Florida, a pesar de haber obtenido 540 mil sufragios menos en lo general frente al demócrata Al Gore. En aquella ocasión, el resultado oficial de los comicios se dio hasta el día siguiente y el triunfo en Florida fue decido por los tribunales. Anoche se hablaba nuevamente de la disputa a tarascadas en ese mismo estado como hace veinte años cuyos votos decidieron al ganador de la presidencia.
En aquella ocasión hubo denuncias de fraude cometidas por el candidato republicano lo que sulfuró la incertidumbre general y generó la burla de terceros pues hasta el entonces presidente vitalicio de Cuba, Fidel Castro acusó mordazmente que Estados Unidos “se parecía un país bananero” con el conflicto postelectoral. Así que nada debe sorprender sobre lo que pase en el vecino país, será (fue) una noche larga en espera de los resultados y de ls reacciones para conocer -tal vez ya se sepa cuando este ejemplar esté en las manos de los lectores – quién es el nuevo mandamás del imperio.
 
LA LEGIÓN
En este 2020 hubo una fiesta de Todos Santos diferente a la de otros años, aunque un ingrediente sí fue el mismo: el miedo. La pandemia de Coronavirus modificó el ritual de la visita a los cementerios para llevar flores, cánticos, rezos y hasta comida a los difuntos. El miedo al contagio de la gripe hizo restringir los aforos de personas y en algunos panteones hasta los impidieron totalmente cerrando los accesos.
Pero como el miedo genera adrenalina y deriva en una experiencia placentera, muchos desafiaron las restricciones para aventurarse a las tumbas a pesar del peligro del contagio o el riesgo de ser multados o sacados por la policía. El miedo como placer también hizo que grupos de jóvenes convocaran a las ‘fiestas Covid’ con el pretexto de celebrar el Halloween. Si contraen la peste no morirán, dicen, porque son jóvenes.
Pero la última palabra sobre las consecuencias la tiene el virus. Tal vez no caigan ellos, pero sí los que infectarán sean sus padres, abuelos o vecinos. También es de miedo lo que vendrá con los mercados, templos, restaurantes, caferías, bares y plazas públicas abiertos y repletos. La soltura en estos días se traducirá en miles de infectados por la Covid-19.
No hay que olvidar que ya sucedió en las fiestas patrias de septiembre cuando se ignoró las recomendaciones sanitarias y a pesar de que las ceremonias oficiales fueron suspendidas sí hubo festejos particulares, jolgorio, aglomeraciones y relajo sin protección dando como resultado un aumento exponencial de contagios en los días posteriores. De ahí que posiblemente esta fiesta de los fieles difuntos haga honor a su nombre y termine en una historia de terror: muchos de los que ahora caminan entre los vivos pronto formarán parte de la legión de muertos.
 
OXIMETRÍA CASERA
El nuevo vocabulario por la Covid-19 va creciendo conforme avanza la peste. Al catalogo lexicológico común se suman términos como oximetría, pulsometría, hipoxia e hipoxemia. La primera palabra significa la medición de la cantidad de oxígeno en la sangre de las personas. Una infección por el SARS-CoV-2 ataca los pulmones y los inflama provocando una incapacidad para oxigenar la sangre y en la mayoría de las veces es la causa principal de los decesos: la asfixia.
Y de ahí vienen los dos últimos términos. La hipoxemia que es la falta de oxígeno en el flujo sanguíneo y la hipoxia que es la escasez de aire silenciosa, la que se eleva poco a poco sin que la persona afectada la detecte claramente. Es decir, el ligero ahogo que comienza a sentir y que regularmente lo confunde con cualquier otra cosa: una agitación repentina, un susto, un desasosiego por alguna preocupación, en realidad es una patología muy peligrosa en estos tiempos pandémicos.
La pulsometría es la práctica de medir las condiciones del cuerpo por medio de catar el pulso para conocer desde la presión arterial hasta el ritmo respiratorio, y por ende el posible nivel de oxigenación. Pues bien, ahora hay un furor en Europa por los oxímetros que son aparatos electrónicos para medir el nivel de oxígeno en la sangre y que se están convirtiendo en aparatos necesarios en el hogar como lo son los termómetros para la temperatura corporal y los dispositivos para mediar la glucosa o para conocer la presión arterial.
En farmacias y tiendas en línea hay compras de pánico de estos aparatos que se cotizan entre los 45 y los 120 euros -mil 200 y 3 mil pesos- y la oximetría casera se convirtió en un punto de partida para determinar si son fundadas o no las sospechas de un contagio por Coronavirus. De acuerdo con los médicos, si el oxímetro marca un nivel superior al 96 por ciento no hay que preocuparse, si está por debajo del 95 por ciento hay que hablarle al médico y si llega al 92 por ciento se debe correr al hospital.
El aparato no requiere pinchar la piel ni tener contacto directo con la sangre, sino que funciona por medio de celdas de foto detección, es decir se emite una luz infrarroja para conocer la coloración de los tejidos y en base a eso se detecta el nivel de oxígeno, por eso la importancia de que las uñas de las manos y pies no tengan esmalte a la hora de colocar el aparato. También se puede medir testando el lóbulo de la oreja.
Sin embargo, los especialistas alertan sobre lecturas no exactas y diagnósticos equivocados que se pueden derivar en la sicosis del paciente. El nivel de oxigeno en la piel -donde la “mide” el oxímetro- puede variar a lo largo del día y una lectura baja podría desatar situaciones de pánico entre las personas. Lo mejor es un chequeo medico y un test molecular para detectar el virus epidémico.
Aun así, Amazon, la mayor tienda ‘on line’ del mundo, reporta desde hace varias semanas al oxímetro como el aparato médico más vendido en Europa y poco a poco este utensilio de medición corporal se ha ganado un lugar en el botiquín casero gracias a la pandemia junto con el gel desinfectante y las mascarillas que ya también son parte infaltable de ese dispensario hogareño.