DEBATE Y CONSULTA

 El tema de la ampliación de la zona portuaria de Veracruz, hoy en suspenso por el amparo indirecto concedido por un juez federal a un grupo de ecologistas, no es menor ni ajeno a todos los que habitan la conurbación ni al estado entero. Desde 1994, el gobierno de Ernesto Zedillo, se inició la primera etapa para ampliar muelles, zonas de bodegas y demás infraestructura de la terminal marítima y en ese entonces, los activistas alertaron sobre las secuelas que habría para el entorno ecológico y para la población.

 Las mismas ya se están viviendo en la zona costera pues el daño tremendo a la zona arrecifal. Un sólo botón de muestra basta, aunque muchos lo minimicen es un asunto tremendamente peligroso, y son  las cientos de toneladas de desechos polvosos llamados “coque” que se almacena en el recinto y que, con cada viento del norte, vuelan por toda la ciudad y municipios vecinos.  Es un material ferroso, metálico, que al ser arrastrado por las ventiscas se introducen al sistema respiratorio de los seres vivos.

 En todo el mundo hay casos documentados del daño pulmonar en los humanos al respirar polvo de coque pues a largo plazo termina provocando neumoconiosis y en casos severos, fibrosis pulmonar. A eso están expuestos no sólo los obreros portuarios sino todos los habitantes de la conurbación. A largo plazo, sus pulmones serán similares a los mineros que laboran bajo suelo, respirando polvos minerales. Entonces no sólo es un asunto de empleos, inversiones o desarrollo sino también de salud pública, y tan sólo tomando una consecuencia indirecta de la actividad portuaria.

 Hay que valorar también la alteración en el sistema coralino, que tardó miles de años en formarse, su influencia en la temperatura, en el llamado micro-clima, la afectación a corrientes submarinas y la desaparición de fauna subacuática. Por eso vale la pena replantear si es conveniente el sacrificio de la diversidad biológica por más planchas de cemento para que atraquen barcos. Es verdad que hay derrama económica pero a 18 años de que se inició la primera etapa de la ampliación portuaria, ¿los porteños y los habitantes del resto del estado  gozan de buena salud financiera por este hecho o sólo son unos cuantos, los concesionarios portuarios los que vieron los beneficios directos?.

 La mayoría de los operadores portuarios están ligados a empresas extranjeras a cuyos países va a parar la mayoría de las utilidades financieras y son los menos aquellos inversionistas locales. Aún así, también es justa su petición para que se realice la modernización portuaria aunque no a costa de matar los arrecifes como sostuvo el ignorante dirigente de la Cámara Nacional de Comercio (Canaco) en el puerto, Erick Suárez- ese que está acusado de fraudulento, contrabandista y evasor fiscal por las autoridades federales, y por lo cual estuvo encarcelado en meses pasado-, al pregonar que los ecologistas “se pelean un pinche pedazo de arrecife muerto o moribundo”.

 Qué desagradable resulta leer estas expresiones, no por la descalificación a los opositores al proyecto portuario sino por el bajísimo nivel en el que ha caído la representación empresarial. El finísimo líder de los comerciantes es muestra de la degradación moral en la vida pública, su dicho define a todos sus representados: empresarios voraces y analfabetas. Pero no engaña a nadie pues la vida humana depende del equilibrio de la naturaleza, si hoy destruimos una parte del ecosistema, la factura se la cobrarán a los hijos, nietos y bisnietos, no solo de los que viven en la zona costera sino de toda la entidad y del país.

 Por eso es importante mantener el debate sobre el tema de la ampliación portuaria, no recurrir a la imposición ni al argumento único – e insuficiente- de que se abre paso al progreso o al desarrollo económico voraz. Eso es falacia y en  este tema vital no se pueden permitir baladronadas como la del señor Suárez y otros que satanizan a quienes defienden la salud comunitaria y el equilibrio natural. No solo los funcionarios o los empresarios deben hablar, también tienen derecho los ambientalistas y la población en general.

 La consulta pública es, pues, un instrumento que debe ser usado en este tipo de casos. La ley lo prevé y sobre todo, el gobierno estatal ya dio, en el año que está concluyendo, una muestra de que puede ser benevolente con estas causas como fue en el caso del proyecto minero Caballo Blanco. Ahora tiene la oportunidad de ratificar su decisión de estar al lado de la ciudadanía, no bloqueando el proyecto portuario sino exigiendo una consulta pública para escuchar a todos.

 

CIERRE DOLOROSO 

Está agonizando el año y muchos mexicanos siguen perdidos. Hay más de 25 mil personas en calidad de desaparecidas que dejó el sexenio del panista Felipe Calderón, como bien documenta el reportaje del semanario Proceso en su edición de esta semana. “Son 25 mil 276 seres humanos que oficialmente no están vivos ni muertos, simplemente no están”. Esa fue una de las herencias ominosas, consecuencia de la guerra contra el crimen a la que Calderón metió a todos los mexicanos y con la que bañó de sangre al país.

 Claro, también  hay miles de muertos – algunos dicen que 60 mil, otros que 90 mil y otros que más de cien mil- que se lloran por todas partes pero en muchos casos, cuando se les identificó, sus deudos por lo menos tienen el consuelo de saber su destino. ¿Y los que no aparecen?. Habrá familias que los seguirán buscando por años, por décadas, y muchos morirán con la angustia de no haberlos encontrado.

 Ya lo dijo el poeta Javier Sicilia, tarde o temprano deberá integrarse una Comisión de la Verdad porque estas personas no pueden echarlas al olvido. Alguien debe buscarlas. Tal vez la búsqueda duré  años pero no hacerlo significará que la sociedad se coloca al mismo nivel de los responsables de su desaparición o de las autoridades omisas. Estos números dan un cierre doloroso al 2012, similar a los últimos años del sexenio fatídico.

 

PARABIENES

El 2012 ya se diluye, rápidamente para unos y  a cuenta gotas para otros, y es buen momento para hacer un balance sobre nuestras acciones y afectos. 

No es ocasión para el arrepentimiento sino para el razonamiento sobre lo que se hizo y lo que se omitió: si hubiera visitado a esa persona, si le hubiera dicho que la aprecio, si hubiera contestado esa llamada o ese correo, si hubiera acudido a esa cita, si hubiera atendido ese consejo, si hubiera destinado más tiempo a mis amigos, a mi familia, a mis vecinos o en su caso: si no hubiera dicho esa palabra, si no me hubiera alejado, si no hubiera lastimado y si no hubiera desistido.

 Algunos dicen que el “hubiera” no existe pero si algunas decisiones pasadas se hubieran tomado con mayor calma y análisis tal vez otra realidad estuviéramos contando. 

El “hubiera” no sirve para resolver el pasado ni el presente pero si para tratar de  mejorar el futuro.  Quizá ya no esté mucha gente con la que cometimos omisiones y olvidos pero hay otras personas que siguen en nuestro entorno y con ellas debemos evitar que se repitan.

 Hace tiempo el cantautor argentino Diego Verdaguer preguntó en una canción: “¿Usted qué haría… si en esta vida nos dieran otra oportunidad… si se pudiera parar el tiempo y volverlo atrás…si se pudiera con experiencia recomenzar… y si se pudieran borrar las cosas que hicimos mal?”. Con esta reflexión despedimos el año deseando a todos los lectores un festejo agradable en la Noche Vieja y lo mejor para el 2013. ¡Felicidades!