Por  CATÓN / columnista

Pepito trepó a lo más alto de un alto árbol. Lo vio ahí su papá, señor algo cultero, y temeroso de que su hijo cayera desde esa altura le ordenó: “Baja de ese árbol in continenti, o sea inmediatamente”. En igual forma culterana respondió Pepito: “Bajaré motu proprio, o sea cuando me dé mi retiznada gana”… Empédocles Etílez, el borrachín del pueblo, se corrió una de sus habituales farras. Ebrio completo, en la oscuridad  de la noche extravió el camino de regreso a casa y fue a dar al panteón municipal. Cayó en una tumba recién abierta y en ella se quedó dormido. Amaneció la luz del nuevo día; el temulento abrió los ojos y se miró en el fondo de la fosa. “Que no cunda la alrma –dijo con tartajosa voz-. Analicemos bien la situación. Vamos por pasos. Si estoy vivo ¿por qué me veo en esta tumba? Y si estoy muerto ¿por qué tengo tantas ganas de mear?”… Alguien le preguntó a Babalucas: “¿Dónde está el píloro?”. Respondió el badulaque: “Ignórolo”… Cierto individuo se consiguió una carta de recomendación de un político importante –era el tiempo en que  aún había políticos importantes-, y con ella se presentó a una oficina pública a pedir empleo. El encargado de la dependencia vio la carta y quedó impresionado: tanta era la importancia de quien la firmaba que no podía desatender la recomendación. Al punto le indicó al solicitante: “Cuente usted con el empleo. Preséntese mañana mismo a ocupar el puesto que le asignaré. Su horario de trabajo será de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Bienvenido”. Dijo le tipo: “Se lo agradezco mucho. Antes, sin embargo, debo decirle que obra en mí una circunstancia muy particular, y quiero hacerla de su conocimiento desde ahora, no sea que constituya impedimento para desempeñar el cargo, y deba luego renunciar a él”. “No lo creo –replicó el jefe del despacho-, pero, en fin, dígame usted qué circunstancia es ésa”. “Sucede –manifestó el sujeto- que no tengo testículos. En un desdichado accidente los perdí. Soy hombre, ejerzo como tal, pero me falta ese doble atributo del varón. No sé si tal carencia me inhabilite para trabajar aquí”. “De ninguna manera –contestó sin vacilar el superior-. Ya está decidido: el empleo es suyo, y lo esperamos aquí a partir de mañana, como le dije antes. Eso sí: hay un pequeño cambio”. “¿En qué consiste?” –se inquietó el recomendado. Dijo el jefe: “En vez de que venga usted de 8 de la mañana a 3 de la tarde, como le indiqué, vendrá de 11 de la mañana a 3 de la tarde”. “¿Por qué?” –preguntó el tipo. Respondió el otro: “Mire usted: en esta oficina nos pasamos de 8 a 11 de la mañana rascándonos ésos que a usted le faltan. No tiene caso que venga en ese horario”… FIN…

Nota: Mis cuatro lectores, avisados y avispados como son, habrán observado que este día los cuentos que he narrado son inanes, fútiles, insustanciales y anodinos, faltos de interés y de sabor. ¿Por qué? ¡Porque en ellos no hay presencia de mujer! ¡Ni una sola aparece en los relatos! Sucede que mis personajes femeninos se unieron al paro que las mujeres harán hoy, y con su ausencia en esta columna apoyan  las justas demandas planteadas en dicho paro y en la marcha celebrada ayer. Sé muy bien que algunos sectores feministas rechazan en estos casos el apoyo del varón, pero yo expreso el mío con la mayor buena voluntad, y reitero una vez más mi sincera contrición por las acciones y actitudes machistas en que haya incurrido en el pasado, y mi firmísimo propósito de enmienda para evitarlas en lo porvenir. Mejores tiempos son éstos que los míos, y quiero estar en correspondencia con ellos. Muchas gracias.