Por Andrés Timoteo  / columnista

Se cumplió un siglo de la muerte de El Caudillo del Sur, el General Campesino y el Atila Mexicano, los sobrenombres dados a Emiliano Zapata, el líder campesino por antonomasia y el protagonista más auténtico de la Revolución Mexicana. Fue asesinado en Chinameca, Morelos el 10 de abril del 1911 y no lo mató el régimen contra el que luchó, el porfirista, sino los que fueron sus aliados en la guerra civil. Lo traicionaron y emboscaron.

Gobernaba el norteño Venustiano Carranza y el incipiente régimen necesitaba eliminar todos caudillos que, aun con armas depuestas, mantenían la exigencia de que los postulados revolucionarios se convirtieran en políticas públicas. A Zapata lo asesinaron igual que a Pancho Villa, con ayuda de traidores y celadas, en una limpia de próceres que eran queridos y seguidos por el pueblo.

La Revolución Mexicana fue una guerra campesina y está comprobado históricamente que las exigencias que de Zapata fueron pioneras en el mundo en cuanto a la defensa de los derechos agrarios. El Plan de Ayala, proclamado el 28 de noviembre del 1911 es un documento de avanzada, al que ubican a la par de los manifiestos de la Revolución Bolchevique en Rusia, iniciada siete años después de la mexicana, en octubre de 1917.

La diferencia es que los postulados rusos se centraban en los obreros y los zapatistas en el campesinado. El Plan de Ayala es un compendio político que ha inspirado luchas en todo el mundo. Fue Zapata quien lo proclamó, pero su elaboración fue producto de la colaboración del magisterio. Zapata no era un hombre ignorante ni pretensioso, se hizo rodear de maestros rurales para materializar las ideas de justicia agraria.

Quienes han documentado la vida del morelense recogieron testimonios en los que se asumía como un hombre no letrado, pero que necesitaba hablar en el idioma de los letrados, de ahí que echó mano de los maestros -siempre presentes en la historia de México- y lo que hizo con ellos fue hablarle a la historia.

Zapata tuvo una personalidad muy particular, no se engolosinó  con el poder. Ni siquiera se quiso sentar en la silla presidencial cuando su ejército junto con el de Villa entraron a Ciudad de México el 6 de diciembre de 1914. No era su lugar, dijo, y justificó: la silla está embrujada, pierde a los que en ella se sientan, cuenta la leyenda. Pancho Villa era diferente y sin empacho se apoltronó en la embrujada silla, según testimoniaron las fotografías del momento.

El Caudillo del Sur fue -y es- amado por el pueblo, porque no lo vendió ni claudicó en sus ideas. En su momento desconoció a Francisco I. Madero, acusándolo de traicionar la Revolución al igual que desconoció a Victoriano Huerta cuando asesinó al presidente Madero y no aceptó la oferta que le transmitió Pascual Orozco de unirse al huertismo y convertirse en un acaudalado beneficiario.

No, al contrario, les declaró la guerra como en su momento lo hizo con Carranza cuando se desvío de los postulados revolucionarios. Eso lo llevó a la muerte por emboscada, ordenada por el régimen y perpetrada por traidores. A largo de siglo transcurrido, la figura y el legado de Zapata siguen vigentes para muchos, incluyendo aquellos que lo instrumentalizan para engatusar al pueblo.

Fue utilizado, por ejemplo, por el farsante Subcomandante Marcos para revestir el llamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) que en 1994 inició una guerra de papel contra el gobierno salinista. Su nombre también ha sido usado por organizaciones seudo campesinas y políticas que no aportan nada al campo más que explotación, despojo y vileza.

Hoy, para la “Cuarta Transformación”, Zapata es un personaje incómodo y por eso fue excluido del logotipo oficial del gobierno que encabeza Andrés Manuel López Obrador. El mandatario en funciones no quiere a Zapata porque en su momento acusó a Madero de traidor, y el derechista y aristócrata Madero es uno de los santos de la devoción del tabasqueño. Ya metidos en el revisionismo histórico, ¿por qué López Obrador no pide a los descendientes de Madero que ofrezcan una disculpa pública a los mexicanos porque su ancestro traicionó la Revolución Mexicana?

Y los herederos del zapatismo no quieren a López Obrador, por eso el tabasqueño no pudo acudir a Cuautla, donde está la tumba del caudillo, porque iban a protestar en su contra. Los lugareños y los descendientes de El Caudillo del Sur lo acusan de traicionar al campesinado. A 100 años de su asesinato, la paradoja es que la izquierda está en el poder, pero no representa los ideales de Zapata.