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Era el diácono

Superiberia

Por Catón  /  columnista

“¿Quién es este hombre?”. Tal pregunta le hizo lord Feebledick a su esposa, lady Loosebloomers, cuando al regresar de la carrera de Ascot la sorprendió en el lecho conyugal en brazos de un desconocido. Respondió ella: “No sé quién es. No hemos sido presentados”. En eso entró en la alcoba el mayordomo de la casa. Le llevaba a su señor el té y el London Times. “Ahora no, James –le dijo Feebledick-. Como ves, no es el mejor momento”. Hizo una reverencia el fiel sirviente, y antes de retirarse preguntó: “¿Puedo hacer el crucigrama del periódico mientras milord se desocupa?”. “By Jove! –profirió con impaciencia el lord-. Haz lo que te dé la gana, bellaco, pero sal de aquí”. Se inclinó de nuevo el mayordomo y salió del aposento. Iba pensando en la decadencia moral de la alta sociedad, efecto seguramente del liberalismo.

Él era socialista. Feebledick, entonces, amonestó a su esposa: “¿Y sin previa presentación tienes consorcio con este hombre?”. “¿Qué otra cosa podía hacer? –se defendió lady Loosebloomers-. El señor vino a preguntar por ti. Le dije que no estabas y le ofrecí una taza de té. Pero tardaste tanto en llegar que se nos agotaron los temas de conversación y el té se enfrió. En algo tenía que entretener a la visita”. Al oír el razonamiento de su esposa lord Feebledick no pudo menos que recordar una frase de mister Bernard Shaw: “La lógica femenina es irrazonable, irritable, irresponsable… e irrefutable”. Le preguntó, severo, a su mujer: “¿Y por qué no lo invitaste a jugar whist?”.

En este punto intervino el individuo. “Caballero –le dijo a lord Feebledick-. Soy el nuevo diácono de Boredom Chapel. En mi calidad de ministro del Señor me está vedado participar en entretenimientos mundanales como los juegos de cartas. También tengo prohibidos los bailes, la lectura de novelas, las representaciones teatrales y el acordeón. Como puede usted ver, mi margen de distracciones es sumamente estrecho. Eso explica el trance en que nos encontró”. “Su argumentación me parece poco sólida, reverendo –opuso Feebledick-. ¿Por qué no colecciona usted timbres postales o cabezas reducidas por los indios jíbaros? La lectura, la jardinería y la pintura a la acuarela son igualmente entretenimientos provechosos. Usted, sin embargo, parece gustar más de los placeres de la carne”. Explicó el diácono bajando la cabeza: “A eso me arrastra la locura que padezco”. “¿Locura?” –se impresionó el lord. “Sí –confirmó el reverendo-.

Las mujeres me vuelven loco”. “No lo culpo –dijo el marido, aliviado-. Yo también conocí en mi juventud esa proclividad hacia las damas. Los dos años que estuve al mando del Cuarto Regimiento de Calcuta extrañé mucho el trato con el sexo opuesto. Ya le estaba viendo ojos bonitos al sargento. Ahora, en cambio, disfruto más la cacería de la zorra”. Se volvió Feebledick hacia su esposa y le dijo: “No offense, my dear”. Lady Loosebloomers agradeció la cortesía con una inclinación de cabeza. Preguntó el reverendo sinceramente interesado: “Dígame, milord: ¿en qué época tuvo usted a su cargo aquel famoso regimiento?”.

“Cuando la insurrección en Delhi –respondió orgulloso el anfitrión-. Pero, por favor, querido amigo, vístase y vayamos a la biblioteca. Ahí conversaremos más a gusto acerca de mis campañas en la India. ¿Le gusta a usted el whiskey o prefiere una copa de port?”. En seguida le indicó a lady Loosebloomers: “Y tú, mujer, procura en lo posible no hacer esto con extraños”. “Tiene razón milord –sentenció el diácono-, sobre todo tomando en cuenta que la próxima semana llegará el nuevo recaudador de rentas y seguramente también vendrá a la casa”… FIN.

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