Por Andrés Timoteo  / columnista

 Cuando el 22 de enero del 2006, Juan Evo Morales Ayma, sindicalista cocalero de la etnia aimara se sentó en la silla presidencial de Bolivia el cubano Fidel Castro celebró que en Latinoamérica por fin había un “presidente indígena”. El primero del continente , festinó. Obvio, hubo quien le corrigió la plana a Castro porque siglo y medio atrás, en 1858 a 1872, el zapoteca Benito Pablo Juárez García fue mandatario de México.

 Hace 13 años se hablaba de una revolución en Bolivia con la llegada de Morales al poder y claro que lo fue porque en sus dos primeros periodos de gobierno el País andino corrigió muchos rezagos históricos y se convirtió en un ejemplo mundial. Con Evo Morales se empoderó al indigenismo y a la mujer, Bolivia aparece en los primeros lugares del mundo que ha logrado la paridad de género en la actividad política.

Hubo crecimiento económico y se favoreció a las clases desprotegidas. Se cuidó al medio ambiente pues Bolivia junto con Ecuador -durante el gobierno del izquierdista Rafael Correa- incorporaron a sus constituciones los derechos de cuarta generación, especialmente los de la tierra -la Pachamama (madre tierra) entró a las leyes nacionales- y sus ecosistemas. Los rubros judicial y educativo tuvieron avances históricos.

 En salud, logró disminuir la mortalidad infantil a la mitad y la desnutrición general en un 15 por ciento, cifras reconocidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Todo ese legado pudo haber convertido a Evo Morales en un referente de buen gobernante tanto en su país como en el resto América Latina. Lo único que tenía que hacer es retirarse a tiempo. No quiso hacerlo, se perdió en la borrachera del poder.

 En el 2009 buscó reelegirse y ganó con 1.2 millones de votos más que su oponente, el militar y derechista Manfred Reyes. El pueblo lo apoyo, pero en el 2014 debió irse como los grandes estadistas y tampoco quiso, reformó la constitución de su País y armó un tribunal supremo a modo para calificar las elecciones de ese año, las que ganó con casi 2 millones de votos más que su oponente más cercano, el empresario Samuel Doria.

Para ese entonces ya tenía aceitada la maquinaria electoral y arrasó a sus contrincantes. Y en este 2019 se empecinó en ir tras su cuarto mandato, pero aun con las instituciones judiciales y electorales a modo el pueblo lo rechazó y los comicios terminaron en un cochinero para hacerlo ganar a la fuerza. Vaya, hasta se reeditó la ‘caída del sistema’ que en 1988 operó en México Manuel Bartlett para imponer a Carlos Salinas.

 Con un apagón en el cómputo de votos el día de la elección, el 21 de octubre pasado, se dio por ganador a Morales pese a que en la tendencia iba a la par de su contrincante, el periodista, historiador y expresidente del país, Carlos de Mesa Gisbert, y entonces el pueblo se levantó. Ya todos saben cómo terminó el asunto: tras veinte días de revuelta popular la cúpula del ejército boliviano le dio la espalda a Morales y le sugirió renunciar. Evo obedeció porque de lo contrario lo echaban con las armas.

 Nadie se debe de confundir, lo que sucedió en Bolivia no fue un Golpe de Estado sino un golpe del pueblo. Evo Morales cosechó lo que sembró, prefirió encabezar una ‘democradura’ que dejar el poder con honores y pasar a la historia como un referente del poder ejercido por un indígena, campesino y progresista. Así terminan los borrachos de poder con ínfulas de autócratas. Lección para el engolosinado, hoy acomedido asilante de Evo.