por:  Andrés Timoteo /  columnista

HACE 8 AÑOS…

Ya se ha dicho, EL BUEN TONO nació a contracorriente. Algunos le auguraron una vida efímera y otros que terminaría siendo más de lo mismo. Hoy, el periódico ha demostrado que se equivocaron porque no solo ha resistido las consecuencias de informar con la mayor veracidad posible sino también ha mostrado que se puede hacer un periodismo diferente al que se acostumbraba en la zona Centro.

El pasado fin de semana, EL BUEN TONO cumplió ocho años de circular entre los cordobeses, orizabeños, fortinenses y demás lectores de los municipios de la región. Ha servido de contrapeso y de comparación frente a otras opciones periodísticas, lo que enriquece la variedad informativa en beneficio de todos.

En un mes más, el 6 de noviembre de 2011, también se cumplirán ocho años de que periódico fue objeto de un atentado criminal cuando un grupo de sicarios irrumpió en las instalaciones para incendiarlas. Desde aquella noche han pasado tres gobernadores y cuatro procuradores de justicia, pero el ataque sigue sin ser castigado a pesar de que se conoce la identidad de los autores materiales e intelectuales.

Lo anterior es síntoma de la complicidad o al menos de la tolerancia oficial con aquellos a los que les incomoda la verdad. No obstante, aun con las vicisitudes que acarrea el quehacer periodístico y las resistencias de los que estaban acostumbrados a las sombras y al silencio, EL BUEN TONO sigue en la faena y al servicio de la sociedad.

Felicidades en este octavo aniversario a sus editores, reporteros, directivos, redactores, personal administrativo, voceadores y fundadores. Por supuesto, también la gratitud a los lectores por su confianza y credibilidad.

HACE 20 AÑOS…

Entre el 4 y 7 de octubre del 1999, una depresión tropical estuvo estacionada en aguas del Golfo de México. No era un ciclón ni traía vientos huracanados pero la cantidad de lluvia que generó trajo un saldo de magnitud similar o peor ya que inundó casi todo el Estado y especialmente dejó a la zona Norte en situación de desastre.

Decenas de ríos se desbordaron desde las zonas altas de Veracruz, Puebla e Hidalgo arrastrando todo a su paso, desde personas hasta casas, vehículos, arboles e infraestructura pública.  Más de cien municipios registraron daños superiores: puentes caídos, carreteras destrozadas, caminos desaparecidos, todo tipo de comunicación suspendida, casas destruidas y hasta templos y otros edificios públicos vulnerados.

Al menos una decena de poblados en la región totonaca fueron declarados como “desaparecidos”, no porque hubieran sido destruidos sino porque desde el aire los que realizaron la inspección en helicópteros no lograban verlos ya que habían sido cubiertos totalmente por las aguas desbordadas de los ríos. Fue de tal fuerza la corriente que sobre casas de dos o tres pisos aparecieron arboles arrancados de raíz y postes de luz que aun siendo de cemento los quebró como si fueran palillos.

Arriba era el agua y abajo el lodo que anegó todo incluidos muchos hogares donde quedaron atrapados sus moradores. La inundación fue de noche y muchos no alcanzaron a ponerse a salvo. Hubo, por supuesto, escenas dantescas. Los cadáveres de una pareja fueron rescatados del lodo ya sedimentado días después. Ambos no alcanzaron más que a abrazarse antes de morir ahogados por el lodo.

En otras partes se hallaron cuerpos sin vida enredados en los cables de energía eléctrica o en ramas de árboles donde quedaron atrapados mientras eran arrastrados por la corriente. Y en otros sitios tuvieron que remover toneladas de escombros que quedaron acumulados en campos porque entre ellos había gente fallecida.

La costa veracruzana fue el destino de las barrancadas que iniciaron en la serranía. En la playa fueron a parar los cadáveres, pero la catástrofe humana se dio en la parte alta. Hasta la fecha sigue en duda la cifra real de perecidos. El gobierno de Miguel Alemán Velasco aseguró que fueron ochenta, pero las versiones de autoridades municipales y de asociaciones civiles hablaban de cientos.

Es más, a finales de octubre de aquel 1999, hubo la versión de una enorme fosa clandestina que había sido excavada para depositar cadáveres -y por supuesto de ocultarlos- a fin de bajar la cifra de muertos. La versión nunca se pudo corroborar, pero hasta la fecha sigue comentándose entre lugareños de la zona Norte. Las fosas clandestinas de Alemán Velasco siguen como una leyenda urbana y de acuerdo con la misma, el exgobernador habría sido el primer desaparecedor masivo de personas.

FRIVOLIDAD ES SU NOMBRE

Los periodistas que cubrieron el desastre dieron cuenta de la frivolidad y la indolencia de Alemán Velasco durante la tragedia. Al exmandatario no le importaban los muertos ni la desgracia sino la afectación al Festival Cumbre Tajín que se realizaría los últimos días de diciembre del 2009 a fin de inaugurar el milenio con un espectáculo sobre las pirámides prehispánicas.

Las inundaciones que también afectaron la zona arqueológica de El Tajín, en Papantla, le arruinaron sus planes lúdicos. Durante semanas negó ayuda a poblaciones de la serranía papanteca y trató de aislar mediáticamente la región a fin de ocultar a la opinión pública las afectaciones en la sierra totonaca pese a que los cadáveres que aparecían en la costa venían de allí.

Decenas de poblados quedaron aislados, sin acceso a comida ni agua potable ni mucho menos medicinas y ante la orden gubernamental de ignorarlos, fue la sociedad civil la que se organizó para rescatar gente o allegarles ayuda. En el parque central de Papantla se estableció un campamento de activistas para acopiar alimentos, agua y medicinas, y se organizaban en brigadas para distribuirlos.

Fueron la Alianza Cívica Papanteca y el ayuntamiento de Papantla, en ese tiempo gobernado por el perredista Bonifacio Castillo, los que desafiaron la orden alemanista de ocultar la tragedia, y salieron al quite para ayudar a las víctimas. Finalmente, la realidad se impuso y Miguel Alemán no pudo ocultar la catástrofe. Acorralado, tuvo que mover la fecha de su festival para marzo del siguiente año, reconocer el daño en los altos del Totonacapan y permitir que fluyeran los apoyos. Sin embargo, todavía se recuerda cuando una noche antes de un recorrido de autoridades federarles en el hospital regional de Papantla ordenó el desalojo de decenas de pacientes bajo el pretexto de que había un brote de dengue, aunque la finalidad era mostrar a la prensa de que no había personas internadas víctimas de las inundaciones.

De ese tamaño era su indolencia y frivolidad. Tampoco hay que olvidar que los integrantes del Consejo Supremo de Ancianos lo maldijeron y declararon persona no grata en el suelo totonaca, lo que les valió la persecución gubernamental que los marginó y creó una organización paralela y hechiza con un felón al frente, Juan Zimbrón, aplaudidor hasta su muerte del alemanismo y el priismo.